• 17/10/2026 00:00

Cuando pase el miedo

Hay momentos que nos marcan para siempre. El terremoto del viernes 9 de octubre, aunque duró apenas unos segundos, será uno de esos episodios que quedan grabados en la memoria colectiva de los panameños, como lo fue la invasión estadounidense del 20 de diciembre de 1989 o los atentados del 11 de septiembre de 2001. Quienes vivimos aquellos acontecimientos recordamos dónde estábamos y qué hacíamos cuando sucedieron. Dentro de unos años, también podremos decir dónde estábamos y qué hacíamos el 9 de octubre de 2026. Porque hay días que no terminan cuando el reloj avanza: se quedan viviendo en nuestra memoria y, sobre todo, en nuestro cuerpo.

El terremoto de magnitud 7.7 pasará a formar parte de nuestra historia, pero su huella va mucho más allá de los registros y las crónicas. Alteró nuestra rutina y nos arrebató, al menos por un instante, esa sensación de seguridad con la que solemos transitar la vida, convencidos de que el suelo bajo nuestros pies permanecerá firme. Bastaron unos segundos para recordarnos nuestra fragilidad. Desde entonces, cada réplica nos devuelve inevitablemente a aquel viernes; cada vibración, cada movimiento inesperado, despierta el recuerdo de ese instante en el que la tierra dejó de ser el refugio seguro que creíamos conocer.

Y el miedo se instala. A veces llega con el anuncio de una nueva réplica. Otras, ni siquiera necesita una advertencia. Basta una vibración leve, un movimiento imperceptible o el ruido de un camión cargado de contenedores que pasa por nuestras calles para que el cuerpo reaccione antes que la razón. Nos detenemos, miramos alrededor, buscamos señales. Por un instante, volvemos al viernes. Es como vivir bajo una espada de Damocles, esperando que algo vuelva a suceder, sin saber cuándo ni dónde. La mente intenta convencernos de que todo está bien, pero el cuerpo todavía no termina de creerlo.

Porque el miedo también tiene memoria. Y aunque la tierra recupere su aparente quietud, nosotros necesitamos tiempo para recuperar la nuestra. Sin embargo, en medio de la incertidumbre, Panamá nos ha recordado algo que ninguna sacudida puede destruir: la extraordinaria capacidad de su gente para acompañarse en los momentos difíciles.

En los centros de acopio, entre cajas, bolsas, alimentos y artículos de primera necesidad, aparecen las sonrisas, las manos dispuestas y esa solidaridad que no necesita discursos para hacerse visible. Personas que llevan lo que pueden, que organizan, clasifican, cargan y entregan. Algunas aportan mucho; otras, apenas un poco. Pero todas comprenden que, cuando un hermano necesita ayuda, lo importante no es cuánto tenemos para dar, sino la voluntad de compartirlo.

Cada donación lleva algo más que su contenido. Lleva un mensaje silencioso: no estás solo. Hay alguien que piensa en ti, que se preocupa por tu familia, que quiere ayudarte a recuperar aquello que el miedo y la emergencia pusieron en pausa.

En esos gestos sencillos reconocemos el calor de nuestro pueblo. Descubrimos que, más allá de nuestras diferencias, de las discusiones cotidianas y de las distancias que a veces levantamos entre nosotros, seguimos siendo capaces de encontrarnos en lo esencial: la humanidad que nos une.

También hay razones para mirar a nuestro alrededor y reconocer la fortaleza que hemos construido. Nuestra ciudad capital permanece en pie, y en ello cabe reconocer el valor de la ingeniería, la pericia de quienes construyen y la importancia de cumplir las normas de construcción. Nuestro Canal, particularmente su ampliación, realizada con manos y talento panameños, representa también el orgullo de una obra que continúa al servicio del mundo. Son recordatorios de lo que somos capaces de hacer cuando el conocimiento, la responsabilidad y el esfuerzo se unen. Quizá durante algún tiempo sigamos sobresaltándonos con el paso de un camión, buscando con la mirada alguna señal o conteniendo la respiración ante una nueva réplica. Es natural. La tierra tendrá que recuperar su quietud, pero nosotros también necesitaremos tiempo para recuperar la nuestra. Mientras tanto, que no se nos olvide lo que descubrimos en medio de la incertidumbre: que nuestras manos pueden ayudar, que nuestros brazos pueden sostener y que, cuando la adversidad nos golpea, siempre hay alguien dispuesto a tendernos la mano para levantarnos.

El viernes, la tierra nos puso de rodillas por unos instantes. Pero no nos quedamos allí. Seguimos construyendo, trabajando, abrazando, soñando; y eso también es una forma de resistencia. Posiblemente aún no podamos decir que el miedo ha pasado. Pero sí podemos decidir que no será él quien escriba nuestra historia. Y cuando finalmente pase el miedo, y volvamos a caminar sin sobresaltos y las risas recuperen su ritmo natural, miremos atrás y recordemos que, aun en nuestros momentos de mayor fragilidad, supimos cuidarnos, acompañarnos y creer en el mañana. Porque la tierra podrá volver a temblar, pero mientras permanezcamos unidos, siempre tendremos razones para levantarnos. Y siempre, siempre, habrá un mañana por construir.

Si la meta no te asusta, estas soñando muy pequeño

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