En el campo, cuando arde el rastrojo de un vecino, nadie pregunta de quién es el monte. Se sale corriendo con el balde, la pala o la rama verde, aunque con ese vecino no se hable desde hace años, aunque el lindero esté en pleito. Nuestros campesinos lo saben: el fuego no respeta cercas, y el que hoy no apaga lo ajeno mañana no tendrá quien le ayude a apagar lo propio.

Toda sociedad necesita sus grupos de presión: gremios, iglesias, colegios profesionales, cámaras empresariales, juntas vecinales así como sindicatos. Montesquieu los llamó poderes intermedios y advirtió que, donde desaparecen, solo queda el despotismo; Tocqueville vio en ellos la escuela donde un pueblo aprende a ser libre. Es decir, son el balde del vecino.

Hoy arde el rastrojo del Suntracs. Medio país, que ya no se acuerda del campo, mira el humo desde el balcón. No asesoro a ese sindicato ni milito en sus organizaciones afines; tampoco comparto parte de sus posiciones ni mucho menos un discurso que, aunque honesto, suele espantar a quienes pretende convencer. No discuto aquí los supuestos delitos que se les imputan a algunos de sus dirigentes. En julio de 2025, el Ministerio de Trabajo pidió a un juez disolver el sindicato. El artículo 68 de la Constitución exige sentencia firme. Esa sentencia no existe. Aun así, la cooperativa ya fue cerrada, las cuentas bloqueadas, los dirigentes presos, procesados o en el exilio. La pena llegó antes que el juicio. Primero te ahorcan; después averiguan.

¿Y los demás? Indiferentes. Total, es el Suntracs. Esa frase ya pasó factura antes. En 1941, una Constitución les quitó la nacionalidad a los hijos de antillanos, chinos e hindúes. Casi nadie protestó: no despertaban simpatías. El 9 de junio de 1971 se llevaron al padre Héctor Gallego, en Santa Fe de Veraguas, por enseñarles a los campesinos a juntarse en cooperativas. Ese silencio lo impuso la Guardia Nacional, pero la costumbre lo sostiene: sus restos siguen sin aparecer. Era la Guerra Fría: bastaba llamar comunista a alguien para que nadie preguntara.

En septiembre de 1979, mientras la Comisión Interamericana recibía denuncias en Buenos Aires, la dictadura repartió calcomanías que decían “Los argentinos somos derechos y humanos”. A los familiares de desaparecidos que hacían fila los silbaron y hasta los escupieron. Ahí el silencio se volvió agresión.

En enero de 1982, Raymond Bonner reveló en el New York Times la masacre salvadoreña de El Mozote, donde según la cifra oficial murieron 978 personas, 553 de ellas niños. El gobierno de Reagan lo tachó de exagerado; el propio Times lo retiró de El Salvador. Es el silencio de los poderosos: no por miedo, sino por conveniencia.

En septiembre de 1985 apareció en suelo costarricense el cuerpo de Hugo Spadafora, torturado y sin cabeza. Hubo condenados, pero nadie ha dicho dónde quedó la cabeza. Es el silencio de los cuarteles, que todavía esconde los restos del padre Gallego y de Floyd Britton, muerto a golpes en Coiba en 1969.

Nada de esto empezó con masacres. Empezó con alguien que miraba el humo desde el balcón y decía: eso no es conmigo. En el plano ético, callar no es abstenerse: es actuar. El derecho penal conoce la comisión por omisión, la de quien pudo evitar el daño y no lo hizo. Ante el atropello ajeno, el que mira también participa.

En el plano político, el silencio es un permiso. El poder no avanza a ciegas: toma la temperatura, prueba con el más antipático, mide la reacción. Los sindicatos alemanes lo aprendieron en 1933: se plegaron al Día del Trabajo nazi; al día siguiente, las SA tomaron sus sedes y asesinaron a varios dirigentes.

En el plano social, la factura no la paga solo la víctima. La pagan las instituciones que caen detrás de ella: la prensa y la palabra que aprenden a callar, la confianza que se rompe entre vecinos, la regla que se tuerce para uno y queda torcida para todos.

De ahí un principio que no admite rebajas: los derechos sociales y democráticos se defienden siempre; con más razón cuando el atropellado no es de tu agrado. Rosa Luxemburgo se lo echó en cara a Lenin cuando los bolcheviques ahogaron las libertades de sus adversarios: la libertad es siempre la libertad del que piensa distinto. Si mañana le cerraran las cuentas a una cámara empresarial sin sentencia firme, ¿te quedarías callado? Si la respuesta es no, ya sabes qué defiendes cuando defiendes al Suntracs: no al sindicato, sino el principio.

Panamá ya tiene tumbas sin cuerpo y otra con un cuerpo sin cabeza. A todas las completó el silencio. No le pongas tú una más. Porque el día que vengan por ti, vas a mirar alrededor buscando a alguien. Vas a encontrar lo que tú mismo dejaste. Nadie dirá nada. Total, eras tú.

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