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- 13/06/2011 02:00
Certezas e incertidumbres
S oy un convencido de que todo mal social tiene remedio, por más difícil que sea tomar los correctivos. Toda condición creada por el hombre y que afecta a la especie tiene rectificación: un cambio en su conducta. Parece mentira, pero ante los tantos desaciertos que se han vivido desde que se forjó la vida en sociedad por esa mezquindad arraigada a lo largo de los siglos, los seres humanos tendemos a observar con sospecha —como mecanismo de defensa intrínseco— la política, lo religioso, algunas actividades sociales, el mundo de los negocios, las discusiones sobre el futuro, las ofertas en los semáforos, los baratillos de dos por uno y hasta las discusiones para definir el momento de la guerra para la paz en este complejo escenario global.
Son actitudes del ser humano, que a través de los años se convierten en hábitos de autodefensa, algunas positivas y otras, no tanto. Se deben al condicionamiento psicosocial del individuo que es aprendido, ensayado y asimilado en el seno de los grupos humanos en los cuales se desenvuelve —la familia, el barrio, el colegio, la iglesia y el sitio de trabajo, etc.—. Estos hábitos y actitudes pasan a ser parte esencial de su condición humana. La sospecha, una de las más dañinas en el afán del hombre por vencer los obstáculos del tiempo, empeora por minutos.
En estos tiempos ni la palabra empeñada, la amistad, el cariño, el dinero, la sangre o el respeto son suficientes. Respeto es lo que menos hay. Un político diría lo que sea por un voto y te lo dice sonriendo y cargando un bebé o besando a la abuela. Los ideales y los objetivos comunes son temporales; la condición de socios o copartidarios de una causa no significa nada. Cuando se mueve una minúscula partícula del universo, hasta allí llegaron todos los acuerdos: ante todo: Yo. Mi beneficio por encima del tuyo. Quítate tú pa’ ponerme yo y la confidencialidad compartida anteriormente se desecha. Todo lo que se habló en privado, lo que dijiste tú o el otro en secreto, me importa poco. No vale.
Las interioridades de cómo se llegó a nombrar a la presente ministra de Educación ya es tema conocido. Los famosos Wikileaks han logrado engrosar en los últimos meses ese hábito de la sospecha entre la clase política, que es la que conduce los destinos de la Cosa Pública. Y recordemos que esa clase política está mezclada con personajes de la clase empresarial y de los sectores económicos. Casi todos descalifican los informes de la Embajada estadounidense. Dicen que son bochinches. Pero lo que hacen los reportes de tres embajadores en los últimos 10 años es certificar una imagen que todos conocíamos.
Nuestra mayor desventaja es nuestra cultura del oportunismo. Los que nos lideran han perdido el sentido del compromiso con el futuro y el bien de los que vienen, por la conveniencia de lo que me puede tocar ahora. Estamos superando nuestro propio error de iniciar una campaña electorera antes de lo necesario. Faltan tres largos años y ya estamos en campaña, mientras que el panameño común vive las penurias cotidianas para llevar adelante las exigencias de la vida; comida a la casa o garantizar la educación y esparcimiento de los suyos.
En toda mi vida adulta y de observación política jamás he oído a un oponente político hablar bien de la gestión y de las obras de su contrario; ni cuando acceden al poder y mucho menos cuando están en campaña. Y eso me hace más escéptico cada día: destruir al que nos opone impera como hábito en la estructura social y el que se deja es un inepto, por no decir otra cosa. Se vive en el barrio con las bandas; en los colegios, en los grupos y sindicatos, en los sitios de trabajo y, como dije antes, en la cosa política. Un condicionamiento aprendido que atenta contra nuestro desarrollo y contra nuestra convivencia como grupo humano. Pero, aunque yo crea que haya solución, no es con las personas que nos lideran en este tiempo.
El juegavivo y la corrupción existen en todas las sociedades modernas, en unas más que otras. Pero aquí pareciera estar volviéndose incontrolable por la seguridad de la impunidad y, peor aún, el pocoimporta de la población. Todos sabemos qué nos rige, pero no hay manera de que se establezca un compromiso serio por combatirlo. Si todo mal social tiene remedio, como digo estar convencido, también sé que cada uno es arquitecto de su propio camino. Esta sociedad es responsable del camino que transitamos y no pareciera estar dispuesta en estos momentos a realizar cambios. Con el contexto actual me pregunto: ¿qué será de nosotros y nuestra sociedad dentro de 10, 20 o 30 años?
*COMUNICADOR SOCIAL.