• 08/05/2026 00:00

Telefonito, juegos de antaño

En una época tal vez no tan reciente, cuando la tecnología no era el centro y razón del interés colectivo, hubo una generación que vivió momentos de mucha diversión y aprendizaje sin tener que recurrir a ninguna otra cosa que su imaginación.

No era necesario el WiFi, ni tener un tablet para divertirse. No había que recurrir a la alabada red mundial de información para determinar qué hacer o en qué pensar. Funcionaba nuestro cerebro, y nuestras comunidades tenían que ser completamente presenciales.

Ello implicaba que, para conversar o jugar con alguien, era imperativo estar al alcance de una brazada, literalmente. Y vaya que nos divertíamos. Los deportes no eran llamados de esa manera por los niños. Eran juegos. Y siendo juegos, nos resultaba divertido practicarlos, pues había gozo y solaz en participar de ellos. Eran también una excusa perfecta para pasar más tiempo con amistades, fortaleciendo lazos y aprendiendo a respetar las diferencias de cada persona.

No eran únicamente gratos los juegos deportivos. También había disfrute en juegos con dinámicas que reforzaban habilidades blandas como la escucha activa, empatía, comunicación efectiva y hasta negociación. Mientras jugábamos, aprendíamos a lidiar con cargas sociales que ni siquiera sabíamos que existirían en nuestro futuro.

Juegos como “el escondido”, “la tiene”, “la lata” y “el telefonito” pueden traer recuerdos a alguna parte de la población. Todos requerían de actividad mental, habilidad física y capacidades de comunicación. Era emocionante correr por los patios de las casas correteando o escondiéndonos de nuestros amigos.

El “telefonito” vino a ser una práctica divertida que nos enseñó la importancia de una comunicación efectiva, con el problema adicional de no poder comunicarnos abiertamente. Tenías que poder entender un mensaje secreto, analizarlo y transmitirlo rápidamente según tu propia comprensión a un compañero, vigilando que nadie más escuchara y esperando ver si el grupo era capaz de mantener la integridad de la frase original.

El mensaje final era casi siempre diferentísimo del original, y se generaban carcajadas con el resultado, pues parecía inverosímil que algo terminara de manera tan diferente de cómo había iniciado. Y así la pasábamos.

Regresando a la actualidad, parece que no a todos les resultó tan instructivo el juego del “telefonito” en la infancia. Uno de los mayores problemas que tenemos en la actualidad es la falta de comunicación. Adultos educados, niños en formación académica, no importa la edad, estamos teniendo terribles problemas para poder comunicar una idea o concepto de manera efectiva. Tal vez el abuso de los chats haya mermado nuestra capacidad de generar diálogos enriquecedores, limitando la capacidad de respuesta de nuestra mente a simples monosílabos, o en el peor de los casos, un emoji. Cuesta un trabajo agotador tratar de hacerle entender a otra persona lo que se pretende, tanto en el campo laboral como social. Cada uno tiene una idea preconcebida como respuesta, como un “sticker”.

“¿Vamos a almorzar?” escribe cualquier individuo a un amigo. La respuesta escrita podría tener dos opciones, un sí, o un no. Pero en los tiempos actuales, lo más probable es que el recipiente de la pregunta/invitación responda con un sticker de un sapo bailando, y ello sería indicativo de una respuesta positiva, y hasta de emoción al respecto. Pero deja mucho al criterio de cada uno entender semejante respuesta.

Puede parecerle un ejemplo trivial, amigo lector, pero la pérdida de habilidades comunicativas es un hecho real. La comprensión lectora de las nuevas generaciones está muy por debajo de las generaciones más adultas, aunque no es algo exclusivo de los jóvenes. Conozco personas más vividas para quienes la ortografía y la gramática no significan absolutamente nada.

Gente en puestos de alta jerarquía con capacidades de un niño de primaria para elaborar una nota, o para escribir una indicación. Y de allí surgen problemas mayúsculos que serían completamente prevenibles, mediante una buena explicación.

Sucede tanto en la empresa privada como en la gestión pública, y termina costándoles tiempo y dinero a las personas. Algo tan básico como la puntuación y los acentos hacen una diferencia enorme. Pero para ello hace falta saber escribir y saber comunicarse.

Recuerdo un ejemplo que vi en primaria. Nos presentaban una frase, sin tildes y sin puntuación y había que presentarla, según decidiéramos.

- “Señor muerto esta tarde llegamos

La respuesta era “Señor, muerto está. Tarde llegamos.”

Pero había de todo. Una clásica era “Señor muerto, esta tarde llegamos.”

Del mismo modo, a la luz de los eventos, mucho me temo que no se esté dando la comunicación de manera efectiva en el gobierno.

Así como en “telefonito”, la frase original del área afectada sería “Mucha atención, crisis de agua en Azuero”.

Y aparentemente lo que terminan escuchando en la capital es “Vas bien campeón, tú dale cuero”.

Ver que un ministro de una cartera dice una cosa en la mañana, y en la tarde un ministro de otra cartera dice lo opuesto no hace sino dejarme claro que existen problemas enormes de comunicación, y lo que termina llegando a oídos del ejecutivo no es ni parecido a lo que realmente sucede. Pero ahora no hay nadie riéndose.

Dios nos guíe.

*El autor es ingeniero
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