• 09/08/2026 00:00

El ecosistema nacional de capacidades: la verdadera riqueza de las naciones

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La semana pasada sostuve en estas páginas que la verdadera soberanía no consiste únicamente en poseer recursos estratégicos, sino en desarrollar las capacidades nacionales para administrarlos con transparencia, conocimiento y visión de largo plazo. La pregunta que sigue es inevitable: ¿cómo construyen los países esas capacidades?

La experiencia internacional muestra que ninguna nación las desarrolla por generación espontánea. Tampoco son el resultado de una sola ley, una institución o un gobierno. Las capacidades nacionales se construyen deliberadamente, durante décadas, mediante políticas de Estado, inversiones sostenidas y una estrecha colaboración entre múltiples actores. En otras palabras, se construyen creando un verdadero ecosistema nacional de capacidades.

En este sentido, un ecosistema nacional de capacidades es el conjunto articulado de instituciones, personas, organizaciones y conocimientos que permiten a un país administrar sus recursos estratégicos, resolver problemas complejos y generar bienestar para las generaciones presentes y futuras. El desarrollo de un país depende de la interacción permanente entre el Estado, las universidades, los centros de investigación, las empresas, los organismos reguladores, la sociedad civil y la cooperación internacional.

Todo comienza con una visión compartida de futuro que incorpore la construcción de acuerdos nacionales sobre los grandes objetivos del país y alinee las políticas públicas, las instituciones y las inversiones con esa visión de largo plazo. Las capacidades nacionales nacen mucho antes de que aparezcan sus resultados.

Pero una visión, por sí sola, no produce capacidades. También es necesario invertir en ellas. Ninguna sociedad forma científicos, ingenieros, docentes, investigadores o servidores públicos altamente competentes sin destinar recursos suficientes y sostenidos a la educación, la ciencia, la innovación y el fortalecimiento institucional. Estas inversiones suelen ser las primeras en cuestionarse cuando surgen dificultades fiscales, cuando en realidad deberían ser las últimas en reducirse, porque constituyen la base del desarrollo futuro.

Sin embargo, el recurso más escaso no siempre es el dinero. Con frecuencia es la capacidad de coordinar esfuerzos. Las capacidades nacionales no pertenecen exclusivamente al Estado ni al sector privado. Son el resultado de la interacción entre múltiples actores que cumplen funciones complementarias.

Al Estado le corresponde formular políticas públicas, garantizar estabilidad institucional, regular con independencia y promover el interés general. Las universidades forman el talento humano y generan conocimiento. Los centros de investigación producen innovación y soluciones a los problemas nacionales. Las empresas transforman ese conocimiento en productividad, empleo y competitividad. Los organismos reguladores garantizan el cumplimiento de las reglas y fortalecen la confianza. La sociedad civil aporta vigilancia, participación y rendición de cuentas. La cooperación internacional facilita el intercambio de experiencias, conocimiento y tecnología. Ninguno de estos actores puede sustituir a los demás; todos son indispensables para que el ecosistema funcione.

Existe además una razón poderosa para actuar ahora. El mundo atraviesa una profunda transformación impulsada por la digitalización, la inteligencia artificial, la transición energética, el cambio climático y una competencia cada vez más intensa por el talento y el conocimiento. En este nuevo escenario, la ventaja comparativa de las naciones ya no dependerá únicamente de sus recursos naturales o de su ubicación geográfica, sino de la rapidez con que sean capaces de generar conocimiento, incorporarlo a sus procesos productivos, traducirlo en bienestar para su población y aprovechar las oportunidades del siglo XXI.

Ese ecosistema también debe protegerse. Las capacidades nacionales requieren tiempo para construirse, pero pueden deteriorarse rápidamente cuando las instituciones pierden independencia, cuando el mérito cede espacio al clientelismo o cuando cada cambio de gobierno implica abandonar políticas que apenas comenzaban a dar resultados. La continuidad institucional significa preservar aquello que funciona mientras se mejora aquello que debe cambiar.

Finalmente, las capacidades deben renovarse permanentemente. El mundo cambia con rapidez. Surgen nuevas tecnologías, aparecen nuevos desafíos ambientales, cambian los mercados y evolucionan las formas de producir conocimiento. Los países que prosperan no son necesariamente los que poseen más recursos naturales, sino los que aprenden más rápido, innovan con mayor frecuencia y adaptan continuamente sus instituciones y competencias a las nuevas realidades.

Panamá ya demostró, con la recuperación y administración del Canal, que puede construir instituciones de excelencia cuando existe una visión compartida, estabilidad institucional y una apuesta sostenida por el talento, el conocimiento y la excelencia institucional. Esa experiencia confirma que desarrollar capacidades nacionales no es una aspiración teórica; es una posibilidad real cuando el país decide convertirla en una política de Estado.

Hoy tenemos la oportunidad de aplicar esa misma lógica a otros recursos estratégicos y a otros desafíos nacionales. La minería es uno de ellos, pero no el único. También lo son el agua, la biodiversidad, la transición energética, la logística, la economía del conocimiento, la transformación del sistema de salud y el envejecimiento de la población. Todos ellos exigirán mucho más que recursos financieros. Exigirán instituciones competentes, conocimiento, innovación, coordinación y una ciudadanía comprometida con el bien común.

El verdadero desafío para Panamá ya no consiste únicamente en administrar mejor sus recursos estratégicos. Consiste en construir el ecosistema nacional de capacidades que permita transformar esos recursos en oportunidades de desarrollo para las generaciones presentes y futuras. Porque la mayor riqueza de una nación no reside en lo que extrae de la naturaleza, sino en lo que es capaz de construir con el conocimiento, el talento y la fortaleza de sus instituciones.

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