• 09/06/2014 02:01

Los hijos del pecado

El dicho de que todos los extremos son malos, también se puede aplicar a la religión

El dicho de que todos los extremos son malos, también se puede aplicar a la religión. En nombre de la Iglesia Católica se organizaron invasiones al Medio Oriente conocidas como las cruzadas, explicadas históricamente por las potencias occidentales como la nobleza de caballeros poseídos de espíritu aventurero, heroico y romántico. Mientras los sacerdotes como Montesinos y Las Casas abogaban por un tratamiento humanista y cristiano de los indígenas americanos, los conquistadores los diezmaban a sangre y fuego y los sometían a trabajos infames, como la encomienda y la mita. Para entender al Medioevo y la conquista hay que tener en cuenta que la inquisición y el esclavismo formaban parte de la cultura de esas épocas.

A pesar de que en la ultracatólica Irlanda chocaron las corrientes católicas y protestantes alrededor de la independencia del Reino Unido, es más fácil comprender la violencia por un idealismo, que los hechos delictivos cometidos en conventos irlandeses por sacerdotes y monjas, que precisamente estaban a cargo de la protección cristiana de niños inocentes. Los tabúes sexuales que han prevalecido durante siglos y de los cuales aún vemos dolorosos coletazos, establecían que las madres solteras tenían que ingresar en conventos junto con los frutos de su acción pecaminosa, para trabajar generalmente en un régimen de explotación, en lavanderías clandestinas regentadas por esos conventos.

El caso de Philomena Lee, fue llevado al cine en una película que lleva como título su nombre de pila. El film narra la historia real de una madre a la que le arrebataron su hijo para darlo en adopción a una familia norteamericana. El chico creció creyendo que su madre lo había abandonado a las dos semanas de nacido, pero no obstante, cuando se hizo abogado al servicio del presidente George Bush padre, viajó a Irlanda para averiguar el paradero de su madre y le dijeron que lo desconocían, a pesar de que ella había acudido varias veces al convento a preguntar si sabían cómo podía volver a encontrarse con su hijo.

Cuando estaba a punto de morir, Michael Hess, que así se llamaba el hijo de Philomena, entregó un generoso donativo para que enterrasen sus cenizas en el patio del convento. La lápida lleva esta inscripción: ‘Michael Hess, un hombre de dos naciones y muchos talentos’. A su madre nunca le dijeron que su hijo estaba allí enterrado, hasta que supo toda la verdad gracias a los esfuerzos de un excelente periodista.

Recientemente, han aparecido en el jardín de un convento en Irlanda, los cadáveres de ochocientos niños, que murieron de enfermedades y desnutrición entre los años cincuenta y setenta. Fueron enterrados en una fosa común fuera del cementerio ni se celebraron honras fúnebres, porque no habían sido bautizados al ser hijos del pecado. Irlanda está abochornada de que en una nación de profundos sentimientos cristianos, se hubiesen producido estas muertes clandestinas y no declaradas que las autoridades investigan.

La moraleja de este triste suceso de la vida real, debería consistir en que nuestras autoridades educativas, los docentes, padres de familia y la sociedad civil, se preocupasen de que se impartiese en los colegios panameños una adecuada educación sexual, que según indican psicólogos especializados en la materia, debe comenzar temprano, para que los niños aprendan a decir que no con firmeza y cuenten a sus padres o maestros las tentativas de un posible delito de abuso contra menores.

Para ello, tendremos que superar viejos prejuicios y atavismos que todavía existen en nuestro medio en contra de la educación sexual, que bien programada, lograría disminuir la estadística que nos indica que en Panamá, día tras día y cada 41 minutos, una adolescente queda embarazada.

Las enseñanzas deberían extenderse a los progenitores, principalmente a las madres, quienes por comprensibles temores, no se atreven a denunciar al padrastro o a un pariente cercano, por las consecuencias económicas y familiares que puedan afectarla.

Mi buen amigo monseñor McGrath, me dijo en una ocasión que Panamá no era un país con niños abandonados, pues siempre había una abuela, una tía y hasta una vecina que los recogía. Creo que esas circunstancias han cambiado y desgraciadamente hay menores que crecen solos, privados del calor de una familia que los quiera.

Con algo de educación y mucha solidaridad cristiana, en este grave problema que afecta a nuestra sociedad, habría más cabida para la esperanza.

ABOGADO

*EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.

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