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- 27/10/2013 03:00
El hombre elefante
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Agrega La Estrella en Google ↗️En 1980 David Lynch nos entregó una bien pensada película sobre la belleza, la inteligencia y la nobleza que casi nunca los seres comunes logramos apreciar en las demás personas por grotescas que luzcan. El hombre elefante, además, es una denuncia sobre la explotación del hombre por el hombre (‘el hombre es el lobo del hombre’, escribió Hobbes). Ese mundo dickensiano en que se da la historia real, y la ficticia, de Joseph Merrick no puede ser más elocuente y duro.
Cuando el circo era circo verdadero y no esas fantasías de la gente del Soleil, no había ningún inconveniente en exhibir, sin pudor alguno, tigres y elefantes; cebras y monos. Es más, la mujer barbuda, el enano manco y el hombre con nariz de botella eran la parte emocionante de la función. Encontrarlos en algún oscuro sótano significaba días de bonanza para la compañía y los empresarios. ¡Mientras más monstruoso fuera el espécimen, mejor!
Pero esos eran los tiempos de Dickens, el siglo XIX en la Inglaterra victoriana. El siglo XXI puede jactarse de civilizado, tecnológicamente avanzado y, sobre todo, dueño de una información que se vuelve vieja en un instante. El circo, como el que hoy está aparcado en Chiriquí y pronto por acá en el centro, son cosas del pasado a las que miramos más con desdén que con curiosidad. Sin embargo, los elefantes famélicos han tenido manifestaciones a su favor. Nosotros, los protectores de los animales, nos animamos y protestamos porque el maltrato a esas bestias desaparezca de una vez por todas. Eso es correcto.
Pero... ¿ha desaparecido el circo victoriano? ¿Comprendimos realmente que el hombre elefante es un ser humano sensible al que le debemos respeto? ¿Que lo realmente monstruoso no es el hombre al cual se exhibe, sino nuestro asombro morboso? ¿Que la figura repugnante no es Merrick, sino quien lucra mostrándolo?
El periodismo sensacionalista (¿por casualidad?) es también un aventajado hijo de la era victoriana. Jack el destripador no existiera en la mente colectiva de la humanidad sin su favor, lo mismo que el chupacabras o el hombre del petate, en nuestra localía. Arnold Toynbee (por casualidad, otro inglés nacido bajo el reinado de Victoria) es muy agudo al señalar que 20 años después de promulgarse la Ley Forster de 1870, con la cual se construía el edificio de la educación primaria, se inventaba el periodismo sensacionalista. ‘Un golpe de genio irresponsable que adivinó que la obra de amor del filántropo educador podía aprovecharse para rendir un beneficio magnífico a un lord de la prensa’, apunta.
El siglo XXI, tan informado como digital; tan civilizado como virtual, ha logrado la fusión victoriana decimonónica del circo y el sensacionalismo en la TV. La inanidad cunde, lo banal, lo intrascendente; lo menos importante se brinda a través de las pantallas de una y otra y otra planta, permaneciendo en la superficie, sin profundizar en nada, sin buscar razones, sin iluminar almas y mentes. En el sensacionalismo, la TV nos educa, nos corroe; nos enseña, nos lacera; nos precipita al abismo de la nada, al vacío del espíritu; a la risa sin causa; al asombro por lo accesorio.
‘Yo provoco la noticia’, afirmó Pulitzer. Eso es el sensacionalismo, muy bien expresado a diario por la TV, sobre todo ahora cuando las unidades móviles pueden desplazarse a donde quieran y de repente, sin pudor alguno, nos brindan justo el momento en que un infortunado agoniza dentro de un automóvil accidentado. (¡Pobre Merrick!) Y qué decir de los realities noticiosos. ¡Yo provoco la noticia! No creo que acosar ‘en vivo’ a los padres desesperados de Mónica Serrano ante la posibilidad de su encuentro haya sido motivo para realizar un reality, sin sopesar la posibilidad de que la ‘noticia’ no fuese cierta. Eso lo vimos.
¡Yo hago la noticia!, proclamó W. R. Hearst y se hizo el periodismo amarillo. Hay muchos casos a la vista, el más cruel: el del ‘periodista’ brasileño Wallace Sousa, que mandó a asesinar gente para grabar ‘la primicia’. Con ello, gana rating y, a la postre, una diputación del estado de Amazonas. ‘¡Yo hago la noticia!’.
No creo que entrevistar a un enfermo mental (como lo hizo uno de nuestros noticiarios estelares) tenga nada de noticioso, aunque se haya desvestido en la vía pública y su acto haya sido aireado impúdicamente por la TV una y otra y otra vez, sin que la sociedad que vela mucho por los elefantes famélicos haya protestado airadamente ante los dueños de este otro circo. Eso también lo vimos.
Señor Merrick, don hombre elefante, sigue usted tan vivo como cuando Dickens y Victoria reinaban en Inglaterra; tan vivo en la galaxia Gutenberg, como en la post-marconiana, la galaxia bit. ¡Es una lástima que aún quieran lucrar con su desdicha!
ESCRITOR Y CATEDRÁTICO.