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- 07/02/2021 00:00
Influenza vs. SARS-CoV-2
Aunque los virus causantes de la gripe y de la COVID-19 exhiben idéntica ruta de contagio y similar sintomatología respiratoria, estos microbios son bastante distintos en origen, genoma, replicación, manejo, pronóstico y prevención. El virus de influenza procede de una vía zoonótica en animales domésticos (cerdos, aves), mientras el SARS-CoV-2 circula en animales silvestres (murciélagos, pangolines, visones, felinos). El primero tiene un genoma de 14 mil nucléotidos, segmentado en 8 cadenas de ARN y el segundo posee una única gran cadena de ARN de 30 mil nucleótidos. Las proteínas hemaglutinina (H) y neuraminidasa (N) son los componentes más importantes para la infección gripal y la proteína S (espiga) es crucial para el coronavirus. El virus de influenza se divide en 2 cepas muy distintas con potencial para afectar humanos (tipos A y B); el tipo A, a su vez, se subdivide en subtipos, según la composición de la H (18 subtipos posibles) y de la N (11 subtipos posibles), mientras que el tipo B solo varía por sus diferentes linajes geográficos. El SARS-CoV-2, por el contrario, es solo una cepa, con algunas variantes recientes de interés epidemiológico.
Todos los virus ARN desarrollan una alta tasa de mutaciones debido a que la enzima (ARN polimerasa dependiente de ARN o RdRp), que copia el genoma durante la replicación, no puede corregir errores en la formación secuencial de nucleótidos. Como contraste, por ejemplo, la enzima que copia el genoma humano durante la división celular, llamada ADN polimerasa, sí tiene habilidad para corregir dichos yerros, de allí que la tasa de mutaciones en los seres humanos es extremadamente baja y requiere miles a millones de años para que se puedan apreciar transformaciones tangibles en la biología de nuestra especie. A diferencia del virus de influenza, los coronavirus tienen otro complejo de enzimas, denominado editosoma, que parcialmente repara las fallas gruesas de edición, propiciando que estos muten con menor frecuencia e intensidad. Debido al genoma segmentado del virus de la gripe, además, los cambios antigénicos menores (responsables de epidemias anuales) y las mutaciones mayores (responsables de pandemias esporádicas) son más habituales, ya que ocurren rearreglos entre los segmentos cuando los virus de aves, cerdos y humanos se mezclan (cepas de influenza A tipos H3N2, H1N1, H5N1, H7N2, H7N9, etc.).
El tratamiento de la gripe es primordialmente dirigido al uso de los inhibidores de la neuraminidasa del virus de influenza, como el oseltamivir. Aunque el efecto de este medicamento es modesto y requiere ser dado tempranamente (menos de 24-48 horas) desde el comienzo de síntomas, su utilización evita las complicaciones de la enfermedad en personas de alto riesgo. En el caso de la COVID, solo remdesivir, dexametasona y algunos anticuerpos monoclonales han mostrado beneficio terapéutico en ensayos clínicos aleatorios, controlados y ciegos. Otros compuestos, populares a principios de la pandemia, han sido abandonados por no superar el escrutinio de los estudios científicos más rigurosos. La medicina basada en evidencia, afortunadamente, ha ido desplazando a la medicina empírica por razones de seguridad y falsa sensación de protección. Desde el punto de vista pronóstico, el SARS-CoV-2 es, al menos, dos veces más contagioso y diez veces más letal que el virus de influenza, respectivamente. Las secuelas pos-COVID son también más notorias y prolongadas que después de la gripe. A diferencia del virus de influenza, este coronavirus no afecta significativamente a los niños.
Aparte de las medidas no farmacológicas (mascarilla, distanciamiento, limpieza), la mejor prevención de la gripe es a través de la vacunación. Debido a las frecuentes mutaciones del virus de influenza A y B, la inmunización debe ser anual para los individuos de mayor riesgo. Ya contamos, felizmente, con vacunas contra el SARS-CoV-2, cuatro de ellas con publicaciones en revistas de impacto (Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Sputnik V) y otras cuatro en camino (Sinovac, Sinopharm, Novavax y Johnson & Johnson), todas con muy elevada eficacia contra hospitalización y muerte por la COVID y aceptable perfil de seguridad. La protección con una sola dosis de varias de estas vacunas es similar a la eficacia de la vacuna antigripal (50-70 %). Todavía desconocemos si habrá necesidad de refuerzos anuales, aunque los estudios de inmunidad y la menor tasa de mutaciones del coronavirus, podría sugerir una menor periodicidad de administración futura, en caso de que el virus permanezca dentro del repertorio etiológico de las infecciones respiratorias endémicas. Habrá que dar seguimiento a las variantes para valorar la posibilidad de reformular las vacunas actuales, algo en que la ciencia está ciertamente preparada.
Más de 100 millones de personas han sido inmunizadas contra COVID en el mundo, utilizando 6 vacunas diferentes y las noticias sobre eventos adversos graves son notoriamente escasas. Israel, que ha cubierto ya a casi el 60 % de su población, está experimentando la “magia” de la vacunación, registrando descensos significativos en casos, hospitalizaciones y defunciones, particularmente en los grupos prioritarios de riesgo. Será, sin duda, el primer país en controlar la pandemia y, quizás, en evitar la propagación de variantes peligrosas. El mundo debe emular su ejemplo, aunque eso dependa de acceso a múltiples vacunas, aceptación colectiva por encima del 80 %, tecnología digital para la óptima logística de implementación y farmacovigilancia adecuada para registrar las potenciales adversidades. Solidaridad, equidad, transparencia, flexibilidad y confianza en la ciencia, apartándose de ideologías y negocios, son los principios fundamentales para retornar a la normalidad. Para mañana es tarde.