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Agrega La Estrella en Google ↗️Instituciones confiables, capital humano calificado, infraestructura tecnológica, capacidad de innovación y reglas estables. Durante décadas, Panamá ha competido por atraer inversión extranjera. Y no sin razón. Nuestra posición geográfica, el Canal, la conectividad logística, la dolarización y una economía abierta nos han permitido construir una plataforma privilegiada para el comercio y los servicios internacionales.
Pero el mundo cambió. Hoy los países ya no compiten principalmente por capital; compiten por talento. Donde existe talento florecen la innovación, la productividad y, finalmente, la inversión. Donde no lo hay, ni los mayores incentivos fiscales logran compensar esa ausencia.
Esta es quizá la principal enseñanza del reciente informe de la CEPAL sobre la inversión extranjera directa en América Latina y el Caribe. Más allá de las cifras, el documento describe un cambio profundo en la economía mundial. Las tensiones geopolíticas, la reorganización de las cadenas globales de suministro, la transición energética y la revolución digital están transformando los criterios con los que las empresas deciden dónde invertir.
Las ventajas tradicionales siguen siendo importantes, pero ya no bastan. Los inversionistas buscan países con instituciones confiables, capital humano calificado, infraestructura tecnológica, capacidad de innovación y reglas estables. Buscan ecosistemas donde sea posible crear valor durante décadas, y no únicamente reducir costos.
Esta transformación plantea una pregunta fundamental: ¿estamos preparando a Panamá para competir en la economía del siglo XXI o seguimos apostando por las ventajas que nos hicieron exitosos en el siglo XX?
No se trata de desconocer nuestros activos. El Canal continuará siendo una de las principales rutas del comercio mundial. Tocumen seguirá conectando al continente. Nuestros puertos mantendrán una posición estratégica y la plataforma logística seguirá siendo una ventaja difícil de igualar.
Pero hoy numerosos países cuentan con modernas zonas logísticas, infraestructura eficiente e incentivos tributarios competitivos. La verdadera diferencia la marcan la calidad de las instituciones, la rapidez de los procesos administrativos, la seguridad jurídica, la capacidad de innovar y, sobre todo, el nivel de preparación de su gente.
En este contexto, la educación adquiere una dimensión distinta. Durante años la hemos concebido principalmente como una política social. Sin dejar de serlo, hoy constituye también una política económica. La economía digital demanda ingenieros, científicos, programadores, técnicos especializados y expertos en inteligencia artificial, logística avanzada y ciberseguridad. Sin ese capital humano será difícil atraer las inversiones que liderarán el crecimiento de las próximas décadas.
Lo mismo ocurre con nuestras instituciones. La confianza de un inversionista no depende únicamente de una ley de incentivos. Depende de la estabilidad de las reglas, de la independencia de la justicia, de la transparencia de las decisiones públicas y de la capacidad técnica del Estado para responder con eficiencia. La seguridad jurídica no se improvisa; se construye.
La productividad completa esta ecuación. Panamá necesita atraer inversiones que incorporen tecnología, desarrollen proveedores nacionales, generen empleos de calidad y eleven el valor agregado de la economía. El objetivo no debe ser simplemente recibir más inversión, sino atraer aquella que contribuya a transformar la estructura productiva del país.
Como señala la CEPAL, la promoción de inversiones ya no puede limitarse a ofrecer incentivos fiscales o promocionar ventajas geográficas. Debe integrarse con políticas de educación, innovación, desarrollo productivo y fortalecimiento institucional.
Panamá posee condiciones excepcionales para avanzar en esa dirección. Su ubicación geográfica seguirá siendo una ventaja estratégica, pero el verdadero salto dependerá de convertir esa posición en una plataforma regional de conocimiento, innovación y servicios de alto valor agregado. El país puede consolidarse como un centro para la economía digital, la logística inteligente, los centros de datos y los servicios especializados.
Para lograrlo será indispensable invertir mucho más en las personas que en los incentivos.
Con frecuencia aspiramos a consolidarnos como el “Hub de las Américas”. Quizá haya llegado el momento de redefinir esa aspiración. El hub del siglo XXI no será únicamente un punto de tránsito para mercancías; será, sobre todo, un espacio donde circulen ideas, conocimiento, innovación y talento.
La mejor política para atraer inversión ya no comienza en las oficinas de promoción comercial. Comienza en las aulas, se fortalece con instituciones públicas profesionales e independientes y se consolida en una economía capaz de innovar y aumentar su productividad.
Durante más de un siglo, la geografía fue el mayor activo estratégico de Panamá. En el siglo XXI, la mayor riqueza de Panamá no será el territorio que ocupa, sino el talento que forme, las instituciones que fortalezca y la productividad que sea capaz de generar. Esa será su verdadera ventaja competitiva.