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- 10/08/2026 00:00
Ironía frente a un masoquismo climático global
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Agrega La Estrella en Google ↗️En los tiempos que corren, hay una nueva liturgia que se repite en medios internacionales, foros multilaterales, burocracias europeas y ONGs: “el clima” ha pasado a ser una “divinidad”, ante la que expiamos pecados climáticos mediante impuestos, prohibiciones, subsidios, permisos, formularios y mucha angustia. A esta divinidad la llamo “masoquismo climático global”.
Esa divinidad no consiste en discutir seriamente la protección ambiental, la contaminación o la necesidad de prepararse ante fenómenos naturales. Consiste, más bien, en una obsesión por consumir de forma casi obsesiva y humillante, todo tipo de noticias, reportes, informes, o estadísticas catastróficas sobre fenómenos climáticos como prueba definitiva de un apocalipsis. Si llueve, es un “diluvio”. Si hace calor, es una “iola infernal”. Si hay incendios, “el planeta se quema”. Si nieva, se trata de un “frente glaciar”. Si hace frío, es una “catástrofe climática”. No hay verano: es “infierno”. No hay invierno: es “congelación mortal”. No hay lluvia intensa: es “dana”. No hay sequía: es “desertificación”.
Esta nueva comunicación climática ha sustituido la información por un diccionario de adjetivos hiperbólicos: “devastador”, “extremo”, “sin precedentes”, “desolador”, “letal”, “irreversible”, “catastrófico”. Todo es extremo salvo la prudencia que, irónicamente, ha desaparecido del discurso. Con esta fórmula se toma un fenómeno meteorológico cualquiera, -tormenta, huracán, sequía, nevada, incendio-, se le atribuye a una causa única y universal, eliminando cualquier contexto histórico, geográfico o de gestión pública, y se concluye que la solución inevitable ante el calificado “fenómeno climático” es entregar más poder al Estado, ya sea a organismos supranacionales, nacionales, comités técnicos o burocracias a todo nivel.
Por supuesto, nadie niega que el clima cambia. El clima ha cambiado siempre. Han habido sequías, inundaciones, olas polares, incendios, ciclones, huracanes o temporadas anómalas, antes de que existieran redes sociales, Agenda 2030 o cumbres internacionales con miles de delegados, -viajando, por cierto, en avión-, para advertirnos, irónicamente, sobre la contaminación ajena. La pregunta razonable no es si debemos ignorar los riesgos ambientales, sino aceptar, sin discusión ni debate, una “narrativa religiosa” que reduce toda alteración climática a una culpa humana colectiva y a una exigencia de obediencia y sumisión política y social.
Cuando se registran altas temperaturas, por ejemplo, el discurso suele insinuar que el calor “mata” indiscriminadamente por sí solo, olvidando riesgos de salud como la edad, las enfermedades, la falta de acceso a agua, la precariedad habitacional o la ausencia de atención médica entre otros. En vez de fortalecer sistemas de salud, mejorar ciudades, ampliar áreas verdes, garantizar agua o proteger a los grupos más vulnerables, muchos expertos prefieren el titular dramático y la prédica moral.
Otro ejemplo podrían ser los incendios donde ocurre algo parecido. Sin duda, el clima puede influir frente a un evento así. Pero pretender que casi todo incendio se explica por “el cambio climático” es una manera muy conveniente de ocultar malas políticas de manejo forestal, abandono rural, falta de limpieza preventiva, reforestación, burocracia, incapacidad estatal o prohibiciones que impiden a comunidades y productores gestionar adecuadamente su entorno. Resulta más fácil culpar y castigar al ciudadano que revisar muchas decisiones burocráticas.
En Occidente este fenómeno ha alcanzado niveles sofisticados. Desde muchas capitales, se exige austeridad energética, restricciones agrícolas, transición obligatoria o nuevas cargas regulatorias, mientras, irónicamente, se ofrece a los ciudadanos renunciar a cuotas de libertad, capacidad productiva o bienestar material, a cambio de “expiar pecados climáticos” para salvar al mundo.
Para afianzar esta agenda, la herramienta de gobierno es, irónicamente, el miedo. Una sociedad asustada acepta con facilidad que le dicten qué automóvil usar, qué fuente de energía consumir, qué debe producir el agricultor, cuánto pagar por contaminar o hasta qué hábitos cotidianos deben ser moralmente permitidos. Primero se magnifica el peligro; después se presenta la regulación como única salvación y quien se atreva a plantear preguntas incómodas, recibe el sacramento moderno de la descalificación: “negacionista climático”. No importa si reconoce que existen problemas ambientales. No importa si propone adaptación, innovación tecnológica, energías más eficientes, mejores infraestructuras o gestión responsable de los recursos. Si no repite el “catecismo del colapso inminente”, es apartado de la conversación respetable.
El asunto se vuelve todavía más irónico cuando observamos el mapa mundial de emisiones y producción industrial. Mientras Occidente impone sobre sus ciudadanos y economías normas cada vez más severas, China y Rusia, -de los mayores emisores, en términos absolutos, de gases altamente contaminantes-, mantienen una enorme capacidad industrial basada, en buena medida, en combustibles fósiles. Irónicamente, las conferencias internacionales, los compromisos solemnes, o los discursos de emergencia parecen aplicarse con mucho más rigor al pequeño productor, al consumidor occidental, -o a países en desarrollo como Panamá-, que a estas potencias capaces de alterar decisivamente cualquier balance global.
Frente a este escenario, se debe actuar con pragmatismo. Todo país es vulnerable a eventos naturales y hay que cuidar bosques, fauna, ríos, costas o fuentes de agua. Sin duda!. Pero cuidar no es arrodillarse ante esta nueva divinidad. Proteger el medio ambiente no necesita aceptar imposiciones ideológicas. Lo que necesita son políticas públicas realistas y no pánico administrado; ciencia y no fatalismo científico; adaptación, infraestructura, prevención, innovación y responsabilidad individual y no una ciudadanía infantilizada, paralizada, culpable por existir y dependiente de una burocracia maltratadora que le ordene como vivir. El clima merece respeto, sí, pero frente a un “obsesión politizada”, convertida en “religión climática” prefiero , -al menos yo-, una buena dosis de ironía.