Moisés Cohen, presidente del Consejo de Servicios Internacionales de Panamá, desglosa la importancia de la Ley de Sustancia Económica como la llave para...
- 05/04/2012 02:00
Jesús de Nazaret
El papa Benedicto XVI escribe Jesús de Nazaret, rey de amor y perdón. Su poder reside en la paz, el hijo de Dios sufre y ofrece su vida para la salvación del mundo.
La Semana Santa desgarra el alma, vivimos un profundo duelo, sentimos inmenso dolor, una indescriptible sensación de desamparo, hasta la resurrección.
En la Semana Mayor revivimos acontecimientos decisivos de la vida del Hijo de Dios Padre, centro de nuestras vidas, de nuestra fe, su amor incondicional y bondad.
En Jueves Santo recordamos la traición de Judas, recorremos el doloroso Vía Crucis, el calvario, el escarnio que sufrió Jesús, las torturas a las que fue sometido, la crueldad de su pasión y muerte como reconciliación, salvación, expiación de nuestros pecados.
El Santo Padre hace énfasis en el significado teológico de la purificación del templo.
La purificación del templo es una respuesta contra los abusos al templo sagrado, lugar destinado para la adoración y conocimiento de Dios. Jesús echó a los mercaderes, por convertir la casa de Dios en una cueva de ladrones, esta acción precipitó su muerte.
Esta es una Interpretación político-revolucionaria de carácter apocalíptico.
Esta obra describe cómo el Nazareno curaba a ciegos y tullidos con su bondad sanadora, y la fuerza del amor.
El nuevo templo es Jesús, que es la Torá en persona.
Todo en Jesús, desde las tentaciones en el desierto, su bautismo en el Jordán, el Sermón de la Montaña, el amor a los enemigos, se opone a la insurrección violenta.
La Cruz y Resurrección atesoran el nuevo culto sellado con el sacramento de la Eucaristía, su Pasión redentora es el nuevo templo de la Humanidad.
Jesús celebraba las fiestas judías. La última tarde con sus discípulos, prestó un servicio propio de esclavos, el lavatorio de los pies. Se despojó de su rango.
El sufrimiento de Jesús, su agonía, perdura hasta el fin del mundo.
Jesús nos amó hasta el extremo, nos redime y purifica.
Para entrar en comunión con Dios debemos estar puros. En todas las religiones existen ritos de purificación, la fe purifica el corazón, Dios desciende hasta nosotros, nos hace puros y nuevos.
La curación del alma y el cuerpo están detrás del sacramento de la penitencia, del perdón de los pecados, en el fondo nos salva de los sentimientos de culpa, que no deben seguir supurando y envenenando el alma. A través de la confesión nos limpiamos del pecado, preparándonos para la comunión.
El hombre encuentra la vida eterna a través la oración y la comunión, uniéndose a lo inmortal.
Jesús es el sumo sacerdote en el día de la Expiación, su cruz, exaltación y muerte atesoran la reconciliación de Dios con todos los hombres. Mediante el rito de la expiación se transforma en plegaria, se santifica a sí mismo y a los suyos. En Jesús, Dios se ha hecho hombre.
El ser tocado por el amor de Dios, transforma.
En Judas presenciamos el peligro que atraviesa todos los tiempos, la infidelidad en apariencia intrascendente.
El poder de Dios es diferente. La Última Cena es la despedida, Cristo se entrega a sí mismo como cordero pascual. Transforma su muerte violenta en un acto libre, de entrega y amor.
Sufre por todos los males de la Humanidad, con fidelidad incondicional, vive y muere por todos. En la Eucaristía nace la Iglesia, se deriva de la Última Cena.
En la noche del jueves arrestaron a Jesús, en el monte de los Olivos experimenta la última soledad, se estremeció ante la muerte eminente, el beso del traidor, los discípulos le abandonaron.
Acepta la voluntad del Padre, se entristece y angustia. El martirio es superado por la oración. Experimenta el miedo, se somete al Padre, se estremece ante la muerte. El pavor que le hace sudar gotas de sangre, ve el poder del pecado en un choque frontal entre la luz y las tinieblas, se abandona a la voluntad divina.
PSICÓLOGA Y DOCENTE UNIVERSITARIA.