• 04/04/2026 12:55

Jesús, una contradicción para el sistema

La Semana Santa sigue convocando a millones de cristianos a considerar los hechos fundamentales de la fe. Pero ¿Comprendemos las implicaciones religiosas, sociales y éticas que la vida de Jesús, y sobre todo su muerte en la cruz significan para nuestro presente? Más allá de la piedad, su vida nos sigue interrogando sobre la bondad de Dios y el mal en el mundo, sobre la justicia y la exclusión social, sobre una vida entrega en plenitud y el rechazo interesado de una verdad incómoda.

Los cuatro evangelios nos cuentan que la persona de Jesús fue rechazada “por los suyos” (Jn. 1, 11), que no lograron encajar las enseñanzas, acciones y símbolos que su vida irradiaban. La religiosidad en gran parte de los líderes y maestros se había anquilosado en un modus vivendi que parecía confundir poder y riquezas con la salvación religiosa. Jesús critica el uso de la religión como un poder para imponer cargas pesadas al pueblo (Mt. 23, 4). Jesús señala la mala utilización de la institución visible de la religión judía (el templo) como lugar de negocios y comercio, siendo en realidad la casa de oración (Mt. 21, 12-16).

Por el contrario, Jesús de Nazareth plantea un mensaje que rompe estos esquemas, poniendo al ser humano en el centro del quehacer religioso. “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado” (Mc. 2, 27). Jesús con sus palabras y acciones, va desmontando una estructura religiosa que había cambiado la misericordia de un Dios liberador, por un Dios que cobra sacrificios y diezmos para garantizar algún tipo de favor divino. Era una religión que, en vez de buscar a la oveja perdida, se había vuelto la policía de Dios, para encontrar a quien apedrear, especialmente a los más frágiles de la sociedad como las mujeres (Cf. la mujer adúltera Jn. 8, 1-11).

Un sistema tan cerrado, que había perdido el norte del Dios Vivo, el Dios liberador que escuchó los gritos del pueblo oprimido y que caminó con ellos en medio de desiertos (Ex. 3, 7-8). Ese sistema se vio al descubierto con la vida de Jesús. Y encontró oposición, y a tal punto, que decidieron de todas las maneras buscar de qué acusarlo para desaparecerlo (Mt. 26, 59), al igual que todos los profetas (Mt. 23, 37). Son los paganos, los publicanos y pecadores quienes aceptan el mensaje de Jesús, los cuales a su vez se ven rechazados por los representantes de la religión oficial (Mc. 2, 16).

Esa vida de contradicciones pone el sistema religioso, político y económico ante la libertad y el valor del ser humano, ningún sistema puede justificarse legal o moralmente si atenta contra la vida y la dignidad de las personas y los pueblos. Y precisamente en el culmen de esa vida humana trasparentada por el amor y la generosidad, en la cruz, se evidencia la justicia y la solidaridad con todos los sufrientes y excluidos, la radicalidad de un proyecto que es universal y que, aunque “escandaloso” como dice San Pablo por ser la cruz signo de condena, se convierte en esperanza y resurrección (1 Cor. 1, 23-24). El mismo soldado romano exclama al verlo morir: “En verdad este hombre era Hijo de Dios” (Mc. 15, 39). Así, la cruz de Jesús rompe un sistema idolátrico y opresor y se convierte en vida y esperanza.

El autor es licenciado en Teología Moral y docente
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