• 19/02/2026 00:00

Las lágrimas de la alcaldesa

¿Quién no se ha sentido frustrado al punto de que las lágrimas broten como un débil caudal? Permítame responder esa pregunta por usted: todos. Todos, como seres humanos hechos de carne, sentimientos y razón, en ciertas ocasiones nos hemos visto sobrepasados por una situación que nos sobrecoge y nos emociona. En esos momentos no es extraño que las lágrimas aparezcan, pues constituyen una respuesta biológica destinada a liberar el exceso de energía emocional y a restablecer el equilibrio interno. Llorar no es un signo ni un sinónimo de debilidad; es un proceso biológico complejo que ayuda a procesar sentimientos abrumadores, aliviar el estrés y conectar con otros, tanto en momentos de pena como de profunda alegría, demostrando así la riqueza de nuestra vida emocional.

Y, eso es exactamente lo que le ocurrió a la alcaldesa Hernández, del populoso distrito de San Miguelito, cuando en días pasados rompió en llanto al denunciar la intervención del Ejecutivo y su exclusión del plan de recolección de basura del distrito, el cual pasará ahora a estar a cargo de la Autoridad de Aseo Urbano y Domiciliario de Panamá. La alcaldesa afirmó, con clara frustración, que esta medida le arrebató la oportunidad de implementar un sistema moderno que transformara el servicio y beneficiara a los vecinos.

Y es que debe ser difícil desempeñar un cargo en el que se le exige demasiado a una persona, pero no se le brinda el respaldo necesario. Pareciera que, mientras un político en Panamá no cuente con el apoyo de un partido político, los rencores, las inmadureces y los egos inflados de actores que, a juicio de muchos, durante años abusaron de sus posiciones, buscan mil y una formas de obstaculizar la labor de las figuras independientes que resultaron electas tras los comicios de 2024. Sin embargo, no busco defender ciegamente la figura de la alcaldesa.

Sería un error obviar que quien aspira a gobernar también debe estar preparado para enfrentar resistencia, conflicto y desgaste, especialmente en una alcaldía tan compleja. La alcaldesa no puede ser una espectadora pasiva de los acontecimientos: ella libremente decidió asumir un cargo público, y esto implica entender las reglas —formales e informales— del poder, anticipar los choques que indudablemente iban a suceder y actuar con la firmeza, la estrategia y la capacidad política necesarias para sostener su proyecto. La indignación y la emotividad humanizan su discurso; su frustración es entendible, pero ello no sustituye la obligación de construir alianzas, ejercer presión institucional y defender la autonomía y la viabilidad de sus propuestas.

Ella ha caído, en parte, en la trampa de muchos independientes que durante la campaña se presentaron como una panacea universal capaz de transformar rápidamente un sistema político que por años se ha sostenido sobre el nepotismo, los favores, la palanca y el juega vivo. Se prometió un giro de 180 grados para desprenderse de un modelo enfermo y contaminado, generando altísimas expectativas en la población. Lo cierto es que un cambio tan profundo no se logra en una sola elección: es un proceso largo, tedioso y, sobre todo, generacional. Y subrayo lo de generacional, porque no podemos esperar que quienes fueron formados durante décadas en el “arte del juega vivo” logren —o incluso deseen— impulsar avances reales en materia de transparencia y eficiencia.

El tema de la recolección de basura, por tanto, no debería centrarse en una pugna política, sino en quién está realmente en capacidad de prestar un mejor servicio. Aunque la AAUD —una institución que por años ha evidenciado su incapacidad tanto en el mantenimiento de su flota vehicular como en la gestión de licitaciones, además de arrastrar una crónica crisis económica y recurrentes episodios de acumulación de desechos en la ciudad capital— difícilmente puede presentarse como la mejor opción. Es necesario dejar de lado las pugnas infantiles y los egos inflados, y centrarse en soluciones modernas y eficientes, que al final del día es lo que la ciudadanía exige y merece.

Sin embargo, el problema no se limita únicamente a determinar quién recoge la basura o quién deja de hacerlo. El verdadero trasfondo es el drama político, el irrespeto institucional, la imposición de decisiones y la vulneración de la autonomía municipal. También está en juego cuánto tiempo, como ciudadanía, hemos normalizado el desorden, reaccionando solo cuando el conflicto ya ha escalado y la basura se acumula en montículos asquerosos, pero rara vez sosteniendo la indignación cuando corresponde exigir seguimiento, fiscalización y sobretodo participación.

Al final, este episodio es una prueba más de que la política criolla no trata de lágrimas ni de gestos públicos, sino de poder, decisiones y consecuencias. Gobernar implica asumir costos, respetar la institucionalidad y rendir cuentas por cada acto, incluso cuando se decide imponer. Pero mientras el Ejecutivo interviene, las alcaldías protestan y los políticos se frustran, hay un actor que siempre queda atrapado en medio del drama: el ciudadano. Porque somos nosotros —y no ellos— quienes terminamos ahogándonos en cerros de basura acumulada, al desorden normalizado y a la certeza de que, una vez más, los conflictos de poder se resuelven lejos de la acera sucia por la que caminamos diariamente, una vez más en política, las decisiones mal tomadas solo pasan factura al electorado que tristemente le toca llorar.

*El autor es comunicador social y estudiante de Derecho
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