• 07/11/2026 00:00

Ludvik Jahn, Mbappé y el humor

Entre las diversas acepciones del vocablo “humor” el Diccionario de la lengua española registra la siguiente: “modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas”. Posiblemente el formato más popular de expresarse humorísticamente en la actualidad sea el meme, desplazando en cierta forma al chiste convencional. Desde luego, todo chiste es memético en el sentido dawkinsiano de “meme”.

Aunque todos podríamos tener cierto “sentido del humor” como parte de nuestra personalidad, no hay que pasar por alto que, como fenómeno, el humor ocurre en un determinado contexto social, cultural, histórico... En ese sentido, un chiste, una broma, un meme significan lo que significan contextualmente: lo cómico, risueño o ridículo de las cosas es fluctuante, por lo cual –sin pretenderlo– pueden tener consecuencias impredecibles.

Cuando Ludvik Jahn, el personaje de La broma (Kundera, 1967), escribe en la postal dirigida a Marketa: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotsky!”, no avizoró las consecuencias que tal “ingenua” declaración tendría para su vida; para él era una broma, para la dirigencia “aquellas frases tenían una incidencia objetiva”. Tampoco las oteó Mbappé al referirse a su meme preferido, en el cual habla de un dictador chino; aunque el jugador no lo mencione, sabemos que con esa apelación –”dictador chino”– no se está refiriendo precisamente al emperador del cual habla Borges en algunos de sus textos.

Si nuestro mundo fuera lógicamente perspicuo, decir que un dictador (chino o no) es un dictador, sería una trivialidad. Pero no, nuestro mundo nada (o poco) tiene que ver con la lógica: es un mundo para despliegues emocionales, para postureo retórico, para reivindicación de lo “políticamente correcto”, y para la cancelación cuando “nos sentimos” ofendidos, etc.

Hay algunas diferencias y similitudes entre el ficticio caso de Ludvik y el de la estrella del fútbol francés. En el primer caso, es una broma deliberada, dirigida a alguien en particular, una persona conocida (Marketa), con la que se comparte como compañeros o pareja; su alcance –en principio– es de naturaleza privada. En el segundo, no estamos ante una broma, sino ante la respuesta a una pregunta que se formula en el contexto de una entrevista; respuesta que tiene sentido no tanto por las palabras del jugador, sino por el contenido del meme al que se refiere. En este caso, la respuesta es puramente subjetiva: ese meme en particular es el que, por diversas razones, más le gusta al jugador, y tal vez el que más guste a sus seguidores. Pero, a diferencia de Jahn, Mbappé no es una figura anónima, no es una figura desconocida en un mundo (la industria/espectáculo del fútbol) que lo desborda; todo lo contrario, es un actor fundamental en él: su alcance es público. Visto desde la teoría de memes, su entrevista misma podría considerarse un meme: uno metamórfico, persistente, epidémico y global. Esto tiene una importante moraleja: independientemente del cómo y del qué, quién dice las cosas importa, social y mediáticamente.

En ambos casos, las consecuencias derivan de que alguien en particular (los dirigentes estudiantiles, la dirigencia del Partido en el caso de Ludvik; directivos de empresas chinas, representantes del dispositivo del Partido Comunista, etc., en el caso de Mbappé) quiere que tengan tales consecuencias y las ejecuta, tal vez motivado por un acto de supervivencia o de irresistible adoctrinamiento en los que entran en juego creencias individuales sobre casos que comprometen algo que va más allá de lo individual, v.g., el optimismo como condición de posibilidad del socialismo o el irrespeto al pueblo chino al identificar o describir a Mao como dictador, aunque lo haya sido.

En ambos escenarios, los protagonistas pierden algo: Ludvik es condenado en un juicio sumario, lo expulsan del Partido y de la universidad, y es llevado a trabajar en una mina; en cuanto a Mbappé, las consecuencias económicas por temas de patrocinio e imagen han sido de varios millones de dólares (euros), tras la reacción de patrocinadores y dirigentes del Partido Comunista; para ello hay un nombre sofisticado en la actualidad: cancelación, algo en lo cual los iluminados de lo bueno, de lo justo y aceptable, son expertos.

Para Ludvik y para Mbappé disculparse no implica nada; más bien, una estructura totalitaria responde inequívocamente poniendo las cosas en su lugar, obligando a reconocer un error que debe enmendarse, recordando con ello que hay límites que no pueden transgredirse, que las bromas cuestan y que el humor es igualmente objeto de regulación y control; pues el humor, las bromas, los chistes pueden ser formas de disidencia, formas de nihilismo peligroso que todo lo socava. Detrás de esa estructura hay una sociedad que reivindica dogmas santificados, una sociedad para la que ciertas formas de humor llegan al extremo de la sospecha y devienen en una puerta para el escrache social.

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