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- 17/06/2012 02:00
Mentira piadosa
El engaño misericordioso es oportuno ante el abanico de situaciones que provocan un mal a largo plazo o para salir de un aprieto, frente a una trágica situación. Sostener que alguien se ve más joven, o que la ropa le queda bien, que pesa menos y que todo le va a salir bien. Son halagos oportunistas. Aparecen situaciones de improvisto que debemos apaciguar con engaño o autoengaño compasivo. Nos damos fe sobre cuestiones que están muy lejos de cristalizar y ponemos el empeño emotivo de un resultado eficaz sobre un proyecto de dudosos resultados. Alguien ha dicho que se aviva la llama de la esperanza y el mal tiempo pasa, porque al final, se encuentra un medio de subsistencia y aquella mentira piadosa fructifica.
De repente nos avisan que una conocida está en el hospital en la fase terminal. Ella supo, como nosotros, sobre los riesgos, por aquello de compartir con su pareja por años el espacio vital. Distinguimos al amigo fumador empedernido como el consorte. El desconsiderado adicto al tabaco, prendía un cigarrillo con el otro, inmune a las advertencias médicas y de salud que fueron cercando a la industria, hasta que ya no promocionan eventos deportivos, se impide la fumadera en lugares públicos y los privados que se comparten con otras personas que de manera estoica, reprueban la práctica de llenar los pulmones de veneno.
Las tabacaleras y sucedáneos, se han defendido con el engaño comercial ante la sociedad, ante los ataques a mansalva recibidos, y con la esperanza de recobrar el espacio perdido. Antes les dio por poner a todo color en los envases, fotos y escritos sobre los riegos del cáncer que precisamente él tenía en la garganta y ella en los pulmones, ambos provocados por el reiterado consumo e inhalación del aromático y dañino tabaco. Cómo se hace, si nos dicen los que saben, que no se debe fumar, que no se debe inhalar el humo del tabaco, pero se van habituando primero y luego se hacen adictos a la nociva nicotina. Alrededor del fumador siempre hay quejas, mal olor y sabor, uñas y dientes amarillos, pero qué va, más puede el vicio. Nos decimos mentiras piadosas, como aquello de que ‘mañana lo dejo’.
Nadie se enferma de tabaquismo sin darse cuenta del efecto nocivo. Vamos poco a poco notando cómo nos cansamos con más rapidez al subir una escalera o correr una pequeña distancia; sentimos cómo suena el desafinado acordeón de los pulmones o el inútil esfuerzo para lograr que los tirantes se extienda debidamente en cada respiración, pero todo esto lo ignoramos para seguir fumando.
Cuando visitamos al médico, nos llueven las advertencias, es más, hay una pregunta de cajón que se le hacen al paciente que acude por primera vez al médico sobre aquello de que ‘¿fumas?’. Esta enfermedad ganada, devastadora por cierto, logró postrar en una cama de hospital por largo rato a la mujer de mi amigo antes de matarla. Él demoró un poco más en pagar con la vida tales excesos, porque la medicina hizo y extendió las probabilidades de vida, pero respirando y comiendo por orificios abiertos en la carne viva y en completo silencio, porque también las cuerdas vocales se le murieron primero. A los dos enfermos desahuciados a la hora de la visita le mentimos con aquello de que la medicina está muy adelantada y seguro que le van a encontrar remedio al mal que los aquejaba, pero centímetro a centímetro comprobamos cada día cómo le ganó la enfermedad a la medicina, pero además, participar en esa agonía de no tener acceso al oxígeno que se extrae del aire al respirar, por la presencia de disnea, que no es otra cosa que la dificultad para respirar, acompañada de tos, cianosis o coloración azulada de la piel, respiración superficial y de pie, taquicardia, aparte de la ansiedad, inquietud, confusión, debilidad y edema pulmonar, causado por insuficiencia cardiaca, pero es que los pulmones se llenan de líquido que afecta a los alvéolos y así se interrumpe el movimiento normal del oxígeno y prevalece la dificultad para respirar. A pesar de escuchar el sonido gutural, le decimos que te vas a salvar, reza, la mentira piadosa mientras se pide a Dios la salvación en la Tierra primero.
El derecho de la mayoría muy poco puede hacer entre la voracidad del comercio y la protección de los derechos del hombre sobre lo dañino, pero seguimos con otro ejemplo sobre la mentira piadosa extendida en cada caso particular, como es de ¡Ganarle al casino! Que es uno de los más grandes embustes que aparece en grandes letreros dentro de la propaganda subliminal de luces y colores, que recibe el ludópata en pleno rostro como bálsamo en la angustiada espera en lo ignoto de la recompensa económica, bajo el sonoro traqueteo de las mil máquinas que, atiborradas en cualquier lugar, ladran en su idioma de colores bajo miles de máscaras que atraen al enfermo o enferma, para que desgasten horas de su vida, que destruyen y arruinan.
Nadie en su sano juicio puede creer que le ganará al Casino. Puede ser que gane una o varias partidas, pero estos monstruos se han tragado fortunas que mastican despiadados frente a los angustiosos apostadores alimentados por las mentiras piadosas de que se van a enriquecer de esta manera.
ABOGADO Y PROFESOR UNIVERSITARIO EN DERECHO PROCESAL PENAL.