• 05/04/2026 00:00

El costo invisible de vivir en Panamá

Hace unos días tuvimos la oportunidad de ver un video en redes sociales que, sin proponérselo, retrata una verdad del país.

Una señora, suponemos por la voz, increpaba a dos funcionarios de la policía de tránsito en la vía hacia Panamá Oeste. Llevaban más de media hora, según señalaba la señora, detenidos en un carril, mientras el otro fluía libremente. No solo era una queja, era frustración acumulada.

“¿Qué es lo que pasa? ¿Ustedes no se ponen en consciencia?”, reclamaba, señalando lo que consideraba una actuación irresponsable. Pero lo más potente no fue la pregunta. Fue la frase que vino después. Directa, puntual, demoledora, y profundamente reveladora de su realidad: “Nosotros tenemos familia, somos del west y sufrimos desde temprano”.

La reacción al video fue masiva, más de novecientos comentarios, más de cinco mil “me gusta” y más de dos mil veces compartido. Pero más allá de los números, lo que realmente se multiplicó fue la identificación. Porque esa frase no era solo de ella, era de muchos ciudadanos, en distintas circunstancias.

Hay un cansancio, un hastío, que no sale en ningún lado. Pero está ahí. Se acumula. Se siente. Los ciudadanos lo van cargando en silencio. Observan. Registran. Aunque muchos crean que no importa, son precisamente esas pequeñas acciones las que terminan construyendo el imaginario social. Las que, poco a poco, dictan pautas y establecen reglas invisibles sobre lo que se permite, lo que se tolera y lo que deja de indignar.

En la última encuesta Vea Panamá, publicada en enero de 2026 por La Estrella de Panamá, cuando se consultó a los entrevistados: “Actualmente, ¿cuál es su estado de ánimo ante la situación del país?”, el sentimiento mayoritario fue la preocupación, con 26.2%. Es decir, uno de cada cuatro panameños se siente preocupado por el rumbo del país. A esto se suman emociones como molestia (14.1%) y frustración (12.2%).

Cuando los ciudadanos comienzan a definirse más por la preocupación, la molestia o la frustración que, por la esperanza, lo que está en juego no es solo la percepción, es la estabilidad emocional de todo un país. Eso lo vimos reflejado, con total claridad, en el reclamo de la señora que solo pedía algo básico, poder avanzar para llegar a su hogar.

Ese clima no aparece de la nada. Se construye en lo cotidiano. En el tráfico que no se resuelve y lleva años esperando soluciones y genera esa sensación persistente de que las cosas no están funcionando como los ciudadanos esperan. Es, precisamente, ese costo invisible el que termina moldeando cómo la gente piensa, siente y actúa.

Pero también es ahí donde está la oportunidad. Porque, así como ese desgaste se construye día a día, también puede empezar a revertirse desde lo cotidiano, con pequeñas decisiones que funcionen, con respuestas oportunas, con señales claras de que sí se está escuchando.

En las próximas semanas, una nueva medición nos permitirá observar si ese sentir se mantiene o comienza a transformarse. Será una oportunidad no solo para medir cifras, sino para comprender con mayor profundidad los sentimientos y percepciones de los ciudadanos, y sobre todo, el estado de ánimo que hoy define a nuestra sociedad.

* El autor es director de Prodigious Consulting
Lo Nuevo