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- 31/03/2010 02:00
El nuevo “swing” de Terpsícore
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Agrega La Estrella en Google ↗️Los tres chicos bailaban sincrónicamente sobre el escenario. Una coreografía les marcaba los pasos, el movimiento y los ademanes. A cada secuencia, sonreían por la complacencia de que les resultara bien; mientras en el fondo, un sofisticado equipo digital generaba la música que ellos y la audiencia escuchaban.
Lo novedoso es que la música que los animaba, emitida desde la fuente sonora, no imitaba nada de lo conocido. No eran componentes de viento, cuerdas o percusión. Era eso, electrónica que les hacía moverse como robots agitados por el viento de una tarde nublada en la ciudad de San José.
Este detalle lo pude apreciar porque a un lado del escenario, había tres hermosos payasos, algunos en zancos metálicos, que al parecer conocían la notación musical y se movían de manera semejante al trío de bailarines. En un momento, ambos grupos se acercaron entre sí y me percaté que no tenían ninguna diferencia en sus ejecuciones y todos parecían familia del hombre de hojalata del Mago de Oz.
¿Qué pasa con la sinuosidad rítmica, despreciada por los jóvenes de hoy? La danza actual o el baile popular se ha quedado en sonidos computarizados, para lo que es necesario planificar movimientos que los danzantes ejecutan, luego de repetir cada coreografía que en absoluto corresponde a un patrón cultural, a una herencia o cadencias relacionadas con una realidad social. Si no creen esto, miren el “ Pasa Pasa ”.
El candombe uruguayo, el tango argentino, el merengue y la bachata dominicanos, el flamenco andaluz; así como el son cubano, son ritmos que encierran una historia, expresiones populares de una cultura determinada, que tienen sus instrumentos, códigos, tiempos, que las parejas interpretan con una combinación de pasos, movimientos y forma de tomar, engarzarse o pegarse al otro u otra.
Hay una lectura rítmica que evoca a veces una realidad social específica. Tenemos por ejemplo, el congo panameño y la capoeira brasileña, ligados a la visión popular del enfrentamiento social en el contexto de las diferencias étnicas y de clase.
A veces la sensualidad sale por la piel, impulsada por un texto metafórico; “ tú eres la gema que Dios convirtiera en mujer para bien de mi vida ” o “ los aretes le faltan a la luna, los tengo guardados para hacerte un collar ”; o tan lacónico como en “ tú mi delirio ”.
Estos sentimientos son tan extremos en la música que hasta en la religiosidad se expresan, aún desde que Terpsícore, una de las nueve musas, hijas de Zeus, amenizaba y relacionaba a los humanos con la divinidad. Los templos y monasterios a través de la historia han sido talleres de esta construcción musical para los mismos fines.
Hoy, la tecnología ha borrado esa relación, esa emotividad que un rasgar de una cuerda, un repique de unos cueros o el quejumbroso sonido de un instrumento de viento pueden lograr.
Una experiencia que vi en el parque de la Cultura en San José, ilustraría lo que quiero decir. Un joven que ejecutaba un extraño instrumento llamado según él “ hang ”, de origen suizo y que consiste en la unión de dos esferas metálicas en forma de “ wok ” chino, que hacen como un platillo volador con seis hendiduras redondas, y en el centro, en la parte más elevada, un nudo en alto relieve. Al aparato se le pega en las concavidades y nudo; su combinación produce un sonido como de arpa, no tañida, sino percutida y es tan profundo, que llama la atención.
Si bien hay que pensar que cada época tiene expresiones culturales que reflejan la realidad, el imaginario de la sociedad y que a principios de siglo XX, era impensable la evolución rítmica a partir de instrumentos no tradicionales, hoy la tecnología nos ha permitido conocer de formas rítmicas que se generan desde ningún “ aparato ” musical formal, sino electrónicamente.
Y aquí la imaginación no mueve a los jóvenes por alguna codificación. Ese movimiento no corresponde a un código rítmico marcado por la cultura o específicamente la sensación que produce tal ritmo, porque éste no existe y lo que se muestra es un ruido donde la “ armonía ” se consigue por otras formas que obliga a un movimiento diferente al cuerpo.
Uno piensa que la emotividad está relacionada con determinadas sensaciones y éstas son producidas por la velocidad con que el torrente sanguíneo infiltra el corazón. Evidentemente los ritmos alteran este flujo y orientan la manifestación corporal y por tanto la danza.
Si el sentido de ritmo se pierde en una nueva escala sonora, generada por un ordenador, cómo puede el cuerpo moverse en tal o cual sentido. Hay expresiones grupales, como el “ boggie ”, que se ejecutan en las fiestas de los negros y ellas contienen instrucciones y formas rítmicas que los danzantes siguen, pero hay cadencias y compases que divierten al grupo.
Pero la electrónica no crea tal clima rítmico ajustado a patrones humanos. Cuando la tecnología logre avanzar un poco más, seremos testigos de música de este tipo, compuesta para robots, quienes formarán los cuerpos de baile y nosotros desde las sillas veremos el espectáculo y extrañaremos a Rubén Blades, a Gilberto Santa Rosa, a Juan Luis Guerra, a Celine Dion, a Chico Buarque, a Pablo Milanés, o a Joan Manuel Serrat, entre otros.
Ellos generaron una música que nos ponía la piel de gallina, nos humedecía los ojos y nos hacía apretar con firmeza, sensualidad y ternura la mano de la pareja.. En el futuro, su música estará archivada en los grandes centros de acopio de la cultura y museos, como recuerdos lejanos de una vida más rica y sensible.
La nueva “ musicalidad ” tecno no tendrá jamás la capacidad de evocar tales sentimientos.
*Periodista y docente universitario.modestun@yahoo.es