• 15/02/2026 00:00

Panamá bajo presión: cuando el crecimiento no es suficiente

Mientras Panamá se sumerge en el ritmo del carnaval —ese paréntesis necesario donde el país baja la guardia y celebra— vale la pena guardar esta lectura para cuando pase la música y vuelva la calma. Porque entre comparsas y espuma también se esconde una pregunta incómoda sobre el futuro: ¿qué tan preparado está nuestro desarrollo para resistir los tiempos difíciles? Este texto no busca competir con la fiesta, sino acompañar la pausa que llega después, cuando el ruido se apaga y toca pensar, otra vez, hacia dónde vamos.

Con esa pausa en mente, comienzo esta reflexión subrayando algo incómodo: Panamá ha vivido durante años aferrado a una narrativa placentera: la del país que crece, atrae inversión y avanza mientras otros tropiezan. Sin embargo, el más reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre América Latina y el Caribe introduce una advertencia incómoda: el desarrollo en la región está “bajo presión”, y los avances pueden retroceder si no se construyen sociedades resilientes. Leído desde Panamá, el mensaje no es abstracto ni regional. Es profundamente local.

El informe no cuestiona el crecimiento económico en sí mismo; cuestiona su fragilidad. Durante décadas, el país ha logrado cifras macroeconómicas envidiables, pero esa prosperidad convive con desigualdades territoriales persistentes, servicios públicos fragmentados y una confianza ciudadana que parece erosionarse con cada crisis. El resultado es un modelo que luce sólido desde afuera, pero que muestra grietas cuando llegan las tormentas.

El concepto central —el desarrollo humano resiliente— obliga a cambiar la forma en que evaluamos el progreso. Ya no basta con medir ingresos o expansión económica. La pregunta clave es otra: ¿puede una sociedad resistir los shocks sin desmoronarse? Para Panamá, esta interrogante toca fibras sensibles: sequías que impactan la operación del Canal, tensiones sociales recurrentes y dificultades para coordinar políticas públicas complejas.

Quizás la mayor incomodidad del informe es que desmonta una creencia arraigada: que el crecimiento sostenido garantiza estabilidad social. No necesariamente. Un país puede expandirse económicamente y, al mismo tiempo, acumular vulnerabilidades silenciosas. Panamá parece encajar en esa paradoja. Mientras los indicadores macroeconómicos cuentan una historia de éxito, la percepción ciudadana muchas veces refleja incertidumbre y desconfianza.

El PNUD plantea instituciones capaces de adaptarse y una infraestructura que transforme oportunidades. Traducido al contexto panameño, implica revisar cómo se toman decisiones públicas y cómo se coordinan las entidades del Estado. La fragmentación histórica de sectores clave, como el sistema de salud o la gestión del agua, limita la capacidad de respuesta frente a crisis complejas y revela una institucionalidad que aún aprende a reaccionar más que a anticipar.

Además, cualquier discusión sobre resiliencia del desarrollo en Panamá queda incompleta si se ignora el elefante en la sala: la corrupción. El más reciente Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional volvió a ubicar al país en una posición incómoda, con 33 puntos sobre 100 y el puesto 116 entre 182 países, repitiendo la misma calificación del año anterior. Más que un dato aislado, esta cifra refleja un estancamiento que erosiona la capacidad del Estado para responder a crisis y debilita la confianza ciudadana. Sin integridad pública, cualquier estrategia de desarrollo humano corre el riesgo de convertirse en promesa frágil.

Otro punto crítico es la vulnerabilidad de amplios sectores de la población frente a eventos adversos. Aunque Panamá presenta indicadores de ingreso superiores al promedio regional, muchos hogares viven en una frontera difusa entre estabilidad y precariedad. La informalidad laboral y las brechas territoriales amplifican cualquier crisis y explican por qué los avances pueden evaporarse rápidamente cuando falta una red de protección sólida.

Aquí surge una pregunta incómoda para el debate público: ¿qué significa realmente ser un país de ingreso medio alto si la resiliencia social sigue siendo baja? El desarrollo del siglo XXI no se mide solo por cuánto crece una economía, sino por qué tan preparada está para enfrentar incertidumbres cada vez más frecuentes.

Para Panamá, esto implica repensar prioridades. La infraestructura estratégica ya no puede limitarse a megaproyectos; también incluye sistemas de salud integrados, políticas sociales coherentes y mecanismos de participación que reduzcan la polarización. Invertir en cohesión social deja de ser un gasto político para convertirse en una condición de estabilidad económica.

Panamá está, en efecto, bajo presión. Pero esa presión también puede ser una oportunidad. El informe del PNUD ofrece un espejo incómodo que invita a cuestionar certezas y repensar el rumbo. Tal vez la provocación más necesaria sea esta: Panamá no necesita demostrar que puede crecer más rápido que la región; necesita demostrar que puede crecer mejor. Porque en un mundo marcado por la incertidumbre, el desarrollo que no es resiliente deja de ser progreso y se convierte, simplemente, en una promesa frágil.

*El autor es médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud
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