El director de la Lotería Nacional de Beneficencia habla de la lotería clandestina, auditorías internas y su plan para modernizar la institución
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Agrega La Estrella en Google ↗️Durante buena parte de las últimas tres décadas, la economía política internacional señaló, con convicción, que la economía era el gran motor de las relaciones políticas internacionales. La expansión del comercio, la globalización, las cadenas de suministro y la creciente interdependencia entre los mercados parecían reducir el peso de las rivalidades tradicionales entre potencias. Al inicio del siglo XXI, se pensaba que los intereses económicos terminarían moderando conflictos políticos y que el libre mercado consolidaría un orden internacional más estable. Sin embargo, la realidad demuestra un giro profundo, poco más de un cuarto de siglo después. Hoy, la geopolítica ha recuperado el control sobre la economía que ha vuelto a ser un instrumento de poder. Así, sanciones internacionales, guerras comerciales, relocalización de industrias estratégicas, la competencia tecnológica, la seguridad energética o el control de los recursos críticos están determinados, primordialmente, por intereses geopolíticos. Este cambio responde, creo yo, al desafío frontal que representan Rusia y China para el orden internacional, construido después de la Segunda Guerra Mundial, bajo el liderazgo de los Estados Unidos. Ese orden, -aunque imperfecto-, permitió el mayor período de crecimiento económico, innovación, expansión del comercio y fortalecimiento de las democracias liberales entre las que está, -no olvidemos nunca-, Panamá. Estados Unidos ha sido faro de la libertad occidental, principal garante de la seguridad de sus aliados, e impulsor de un sistema basado en el Estado de derecho, las economías de mercado y las libertades individuales.
Frente a ello, Rusia y China representan modelos profundamente distintos. El régimen ruso ha demostrado estar dispuesto a recurrir a la fuerza militar para alterar el equilibrio mundial y desconocer el derecho internacional. China, por su parte, ha utilizado su extraordinario crecimiento económico para proyectar una influencia política y estratégica cada vez mayor, mientras mantiene un sistema autoritario incompatible con las libertades que caracterizan a las democracias occidentales. Ambos regímenes buscan erosionar el liderazgo estadounidense y sustituir un orden, basado en reglas, por otro donde prevalezca la lógica de las esferas de influencia y la fuerza de las grandes potencias.
No deja de resultar paradójico que, mientras estas amenazas se consolidan, la Unión Europea ha perdido claridad estratégica. Europa parece olvidar que fue reconstruida gracias al decisivo liderazgo estadounidense, tras la Segunda Guerra Mundial y, durante décadas, ambos lados del Atlántico conformaron la alianza política, militar y económica más exitosa de la historia moderna. Sin embargo, la creciente burocracia en Bruselas está más interesada en diferenciarse de Washington que en fortalecer una alianza indispensable para su propia supervivencia y la del mundo occidental. Con frecuencia, esa “élite bruseliana” adopta posiciones particularmente severas frente a Estados Unidos, mientras muestra una preocupante complacencia frente a Rusia y una actitud acomodaticia hacia China. El resultado ha sido una Europa dependiente, víctima de regulaciones que frenan su propia competitividad, -cada vez más afectada por China que erosiona, agresivamente, parte importante de su capacidad productiva-, y que también olvida que ningún reglamento, desde Bruselas, podrá sustituir la garantía de seguridad que, históricamente, le ha proporcionado Estados Unidos.
Por su parte, en América Latina la expansión de los populismos de izquierda debilitaron instituciones, erosionando la separación de poderes y deteriorando democracias ya frágiles, al mismo tiempo que Rusia, China y sus aliados regionales encontraron espacios para ampliar su destructiva influencia. El resultado ha sido una región más vulnerable frente a estos proyectos autoritarios que han cuestionado las libertades ciudadanas, la economía de mercado, y el orden democrático liberal que fuera promovido y defendido por Estados Unidos durante más de un siglo. Ante ello, confío que con los nuevos ¨vientos políticos¨ que ya se ven, se consiga reversar tanto daño.
En África, es preocupante que China haya sustituido, progresivamente, a las antiguas metrópolis europeas como principal actor económico, mediante masivas inversiones en todos los sectores, desarrollando una creciente dependencia que ya limita el margen de decisión de numerosos países africanos, reduciendo así la influencia de los principios democráticos occidentales impulsados, históricamente, desde Europa y Estados Unidos.
En Asia, el desafío es aún más evidente. Las reclamaciones territoriales de Pekín sobre amplias zonas marítimas, su creciente presión sobre Taiwán y su acelerada expansión militar, reflejan una estrategia orientada a dominar económicamente la región, e imponer una hegemonía geopolítica que pone en cuestión normas esenciales del derecho internacional y la soberanía de numerosos Estados vecinos.
Al final, ante un mundo donde la geopolítica ha vuelto a gobernar la economía, con potencias autoritarias y corrientes afines que buscan desmantelar el orden internacional, si pensamos en Panamá, nos damos cuenta que estas transformaciones son una dura realidad y un gran reto. Para un país que ocupa una posición geográfica única y administra una infraestructura importante para el comercio mundial y que, como otros actores de la comunidad internacional, ha apelado, históricamente, al “paraguas del multilateralismo”, un esceario internacional como el actual le obligará a ser pragmático y reconocer que ese paraguas no es “refugio” suficiente. En ese sentido, sería prudente recordar que la estabilidad del Canal y su neutralidad permanente, la seguridad del comercio internacional, el fortalecimiento de la soberanía, la democracia y la prosperidad de Panamá, forman parte de una histórica alianza compartida con los Estados Unidos, -la única gran potencia de Occidente-, cuyo fortalecimiento debería entenderse como la mejor herramienta para enfrentar esa dura realidad y ese gran reto de la geopolítica actual.