• 26/11/2013 01:00

Qué pena

La semana pasada nos visitó el vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Un alto honor para muchos, el segundo hombre al man...

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La semana pasada nos visitó el vicepresidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Un alto honor para muchos, el segundo hombre al mando de la principal nación del mundo estuvo aquí por casi tres días. Yo me imagino que en USA habría oído del fenomenal crecimiento económico que ha tenido el país por más de siete años, de la excelente calificación de riesgo de las mejores y más prestigiosas calificadoras, de la transformación que ha sufrido la capital de Panamá con enormes rascacielos, modernos hoteles, un hub aéreo excepcional en la región, un canal administrado por nosotros eficientemente y en medio de una billonaria ampliación. El primer país del área terminando un ramal de metro y cifras de empleo, vivienda, educación, admirables.

No hay dudas de que en el plano material los informes le confirmaban lo bien que va Panamá. Pero las constantes visitas de panameños a USA y visitas a amigos senadores y congresistas, les reportaban un deterioro en la institucionalidad del Estado, un alto grado de corrupción, una concentración peligrosa del poder en el Ejecutivo, una Asamblea Nacional de Diputados y Corte Suprema de Justicia sometidas por el Ejecutivo, un peligro en ciernes frente a las futuras elecciones del 2014, donde inclusive se habla de remover a un magistrado para acomodar uno del oficialismo.

Y vino Biden y confirmó que ambos reportes eran correctos. Los logros del gobierno son reales, pero las denuncias de los opositores también. En medio de la visita, el presidente de la Corte Suprema cuestionado y a los pocos días denuncias formales contra el magistrado Erasmo Pinilla. Pero lo más grave que vio el vicepresidente fue el atraso en la ampliación del Canal. Y una directiva que por años se manejó como un puño y respaldando la administración, ahora por primera vez la voz de una directora hacía señalamientos a lo que aparentemente ha estado pasando en la ACP.

El Canal de Panamá es algo muy especial para el pueblo norteamericano. Siempre lo consideraron de ellos, ellos lo construyeron, ellos lo administraron y era de ellos. Ya en su momento el presidente de la época Teddy Roosevelt escribió ‘Yo me tomé Panamá’ y en sus memorias diría que no lo anexo como estado asociado porque ‘estaba lejos’ y no hacia falta. Cuando por el voto de un senador ganamos la aprobación de los tratados que en 23 años nos devolvía el Canal, muchos norteamericanos protestaron y muchos creen que fue la razón principal para evitar la reelección del presidente Jimmy Carter. Sin embargo, los norteamericanos estaban convencidos de que Panamá mantendría compañías de USA siendo parte del desarrollo de la privatización que vendría con la soberanía del canal.

Cuando licitamos el ferrocarril, sus aspiraciones parecían ir a cumplirse, la Kansas Railroad se hizo cargo. Pero, al licitarse los puertos de Balboa y Cristóbal, se desplomó el sueño, la Hutchinson Whampoa, de la República Popular China y Londres se hizo acreedora a las dos concesiones, creando un clima de preocupación, hoy ya desvanecido, por la presencia asiática en los puertos principales de Panamá y el Canal. No les extrañó más adelante que las obras de ampliación no las ganara una empresa de USA, pero sí que la ACP hubiese dado lo más importante de las obras a una empresa española con graves problemas financieros.

Hoy el vicepresidente ha regresado a USA con un triste informe. La ampliación va seriamente retrasada, hay inclusive dudas de la capacidad del consorcio Unidos por el Canal de poder terminar. Pero, más grave, la crisis de la institucionalidad en el país es evidente y aceptada por los políticos nacionales, que proponen con urgencia la necesidad de reformas constitucionales para devolver la institucionalidad del Estado panameño. Al menos no se llevó dudas de la honestidad y transparencia de las futuras elecciones, todos parecen aprobar de la seriedad del Tribunal Electoral, pero vigilantes a cualquier intento por desestabilizarlo. Las serias dudas de la justicia y la aparente intromisión del Ejecutivo en la misma le dejó preocupaciones adicionales.

La verdad, nuestro país muestra una cara envidiable de desarrollo, desarrollo social, obras y proyectos, pero también muestra una cara de la descomposición de nuestra democracia, con la aparente sumisión de dos poderes al Ejecutivo. No quiero ser eco de las constantes y muchas veces exageradas críticas de los opositores. Siento que al margen de esa generalización que se hace con frecuencia en cuanto a sobreprecios, coimas, corrupción, lo que sí todos, inclusive el presidente Ricardo Martinelli cuando declaró que ‘él sería el último emperador’, admitiendo que la Constitución le permitía absorber todos los poderes del Estado en forma legal.

Ese es el verdadero talón de Aquiles de nuestro desarrollo actual. Siento que el presidente tenía toda la intención de resolver esta crisis con una reforma constitucional que despojaba al Ejecutivo de su centralismo y poder. Pero la dejó pendiente y si ahora percibe que su partido se puede reelegir y mantener el poder, ¿para qué cambiarla ahora? Lástima, sería el final ideal para su gobierno, hechas las obras, hechos los cambios, dejar al país con una constitución que garantice la separación de los tres poderes del Estado, que le permita tener un procurador general y un contralor general designados lejos de compromisos y subordinación política, y que pase a una nueva fase de su vida como asesor y estadista, orgulloso de su legado y no buscando perpetuarse a través de su partido.

INGENIERO INDUSTRIAL Y ANALISTA POLÍTICO.

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