Panamá defiende ante China fallo sobre el Canal y la separación de poderes, exigiendo respeto a su soberanía y Constitución ante la OEA
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega La Estrella en Google ↗️Hace unos días se estrenó un documental español sobre un artista de la guitarra flamenca y llamó la atención que en todas las escenas en que el músico interviene, aparecía con un cigarrillo entre los dedos y se lo llevaba a los labios para luego exhalar el humo. La acción era tan repetitiva que no se acertaba a saber si se trataba de exponer información sobre la capacidad del personaje o su adicción hacia el consumo del producto.
A menudo, los medios de comunicación —y en esto se incluye a las redes sociales— tienden a banalizar tal tipo de uso de ciertas drogas y sin querer insertan en la conciencia de la población que tal costumbre es inofensiva y hasta estimulante. “La omnipresencia de las drogas y el alcohol en los medios de comunicación ha sido tema de debate durante muchos años”, afirma el Harmony Ridge Recovery Center en un análisis sobre este problema.
En Panamá, según organismos e instituciones especializadas, la adicción y los trastornos por consumo de drogas representan una creciente preocupación de salud pública. El panorama de sustancias se divide principalmente en drogas lícitas, con un alto predominio del alcohol (vinculado a patrones de consumo perjudiciales en adultos jóvenes) y el tabaco, e ilícitas, donde destacan la marihuana, la cocaína y el crack.
En un trabajo de grado preparado en la Universidad de Panamá, se llegó a establecer que “...más de 100,000 personas en el país consumen alguna sustancia ilícita, afectando principalmente a la población masculina en una proporción de 4 a 1 frente a las mujeres...”.
Según el Consejo Nacional para el Estudio y la Prevención de los Delitos relacionados con Drogas (Conapred) en el país se utilizan para el consumo “...las siguientes sustancias: marihuana, cocaína, pasta base, bazuco o pegón, crispy, éxtasis, sustancias inhalables”, entre las principales.
Esta institución prepara un reporte que indica la magnitud y características del uso de drogas licitas e ilícitas en Panamá para determinar la prevalencia de empleo de sustancias psicoactivas. De acuerdo con ese informe, en cuanto a las “... tasas de consumo... se estiman las siguientes cifras globales de consumidores en cada grupo de edad: 3,7 mil adolescentes de 12 a 17 años, 10,1 mil jóvenes de 18 a 24 años y 5,7 mil en el grupo 25 a 34 años”.
Cifras de Conapred, indican que “Las bebidas alcohólicas constituyen el problema de mayor impacto social; estudios oficiales apuntan a que más de 200,000 personas tienen un consumo de riesgo”. Habría que imaginar el resultado de tal ingesta y los problemas de todo tipo que se originan en esta causa, desde accidentes hasta asesinatos. Es preocupante que los medios y redes sociales influyan directamente en las conductas de consumo, ya que a menudo banalizan, glorifican o normalizan el uso de sustancias. Esto reduce la percepción de riesgo, fomenta la experimentación (especialmente en jóvenes) y puede presentar el empleo drogas como símbolo de estatus, rebeldía o diversión.
El español José Antonio Marina ha publicado un estudio, denominado La vacuna contra la insensatez, que explora el mundo de la adicción al preguntarse: “Si somos tan inteligentes, ¿por qué caemos en tantas estupideces y atrocidades? ¿Por qué nos dejamos manipular por falsas creencias, teorías conspirativas y prejuicios?”
El autor se enfoca en el origen de las adicciones y explora las causas, al resaltar que ellas son una “falsa respuesta”, porque en el origen real de tales contingencias se encuentran diferentes problemas cotidianos. Marina llega a plantear que: “Una peculiaridad humana, tal vez vestigio de un modo de vida mucho más grupal produce que en estado de masa las personas se ‘desindividualicen’, entren en un estado de fervor emocional donde pierden parte del control de sus propios sentimientos”. Este investigador considera las adicciones —tanto a sustancias como comportamentales (redes sociales, consumo, etc.) — como “un secuestro de la voluntad” y propone, por tanto, una “inmunología mental”, que permitiría fortalecer la libertad y educar a las nuevas generaciones contra la vulnerabilidad.
Todo adicto tiene un factor que debilita sus procesos mentales y dicha condición puede deberse a múltiples causas que deben atenderse desde políticas psicosociales para erradicar la propensión “al consumo” como tendencia.