Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
En estos días celebramos la Semana Santa, un tiempo de reflexión y de introspección. Revivimos el dolor de la crucifixión de Jesús de Nazaret, de una madre que perdió un hijo por el mundo, de la soledad del hombre a pesar de estar acompañado y de la traición de Judas Iscariote.
En una época en la que el mundo quiere ir más rápido de lo que realmente puede, recordar y honrar nuestra fe es un acto casi heroico, que trae consigo reflexiones profundas sobre la realidad que enfrentamos, no solo en Panamá, sino en cada lugar del planeta.
Porque más allá de lo religioso, la Semana Santa nos enfrenta a una verdad incómoda, el ser humano no ha cambiado tanto como creemos.
Seguimos viendo traiciones disfrazadas de lealtad, viendo multitudes que acompañan mientras todo va bien, pero que desaparecen cuando llegan los momentos difíciles, viendo decisiones tomadas desde la presión, el miedo o la conveniencia.
Y, sobre todo, seguimos viendo una sociedad que muchas veces prefiere el ruido antes que el silencio, la inmediatez como forma de vida y la apariencia antes que la verdad.
La historia de la cruz no es solo un hecho del pasado. Es un espejo, es un enfrentamiento con nosotros mismos, con nuestra fragilidad y nuestros sentimientos.
Un espejo que nos obliga a preguntarnos de qué lado estamos cuando es incómodo estar. Si somos capaces de sostener convicciones cuando hacerlo tiene un costo.
Si acompañamos de verdad o solo cuando es fácil.
Quizás por eso la Semana Santa incomoda a muchos. Porque nos baja la velocidad. Porque nos obliga a mirar hacia adentro. Porque nos recuerda que no todo se resuelve con prisa, con discursos o apariencias.
En un mundo que corre sin detenerse, parar es una forma de reencontrarnos.
En estos tiempos donde todo parece negociable, inclusive la fe, que bien entendida, sigue siendo uno de los pocos sentimientos que nos ancla y nos obliga a no olvidar quiénes somos, incluso cuando el entorno empuja en dirección contraria.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de la semana santa, no se trata solo de recordar lo que ocurrió hace siglos, sino de entender lo que sigue ocurriendo hoy.
Estos tiempos complejos exigen guía y claridad y pocas cosas ofrecen más dirección que comprender la historia, esa que nos permite sostener la convicción de que, juntos, podemos avanzar.
A pesar de las dificultades y las diferencias, incluso frente a quienes traicionan a su prójimo, la respuesta no puede ser el abandono, sino la persistencia. Persistir en la fe de que todo es posible. Persistir en la certeza de que, aunque hoy no todo sea visible, estamos caminando en la dirección correcta.
Porque creer no siempre es ver. Muchas veces, creer es decidir seguir adelante aun cuando las circunstancias, o incluso aquellos en quienes confiamos, no actúan como esperamos.
Quizás ahí está el verdadero desafío, no en entender la historia, sino en decidir quiénes somos cuando nos toca vivirla.