El acuerdo alcanzado entre el Gobierno y Chiquita , firmado en Brasilia, representa un alivio para la provincia de Bocas del Toro, golpeada tras las protestas de mayo y junio. No se puede pasar por alto que la reanudación de las operaciones bananeras significa esperanza de empleo para miles de familias y el inicio de un proceso de reorganización de un sector que ha estado marcado por la incertidumbre. En tiempos en que la confianza económica necesita señales claras, este memorando de entendimiento es, al menos, un primer paso. Sin embargo, más allá del anuncio oficial, persisten preguntas que merecen ser respondidas con precisión. La transparencia en este tipo de acuerdos no es solo un deber político, sino una garantía de confianza para los trabajadores, las comunidades y la sociedad en general. Resulta fundamental entender a quiénes se refiere la información, emitida en el comunicado de prensa de Chiquita, cuando habla de “terceros” que operarán las nuevas asociaciones agrícolas. Si ni la empresa ni el Gobierno serán los responsables directos, ¿quiénes estarán al frente de la gestión productiva? Y, sobre todo, ¿bajo qué condiciones legales y sociales? Otro punto sensible es el llamado “nuevo modelo de operación”. Sin explicaciones concretas, el concepto corre el riesgo de quedarse en un eslogan. El país necesita saber si se trata de una transformación en la manera de administrar las fincas, de un cambio en la relación laboral o de una reestructuración profunda que impactará en la dinámica sindical y comunitaria. La pregunta sobre los tiempos tampoco es menor. ¿Cuándo arrancará la primera fase de limpieza y recuperación agrícola? Cada día de espera aumenta la ansiedad de las comunidades que dependen del banano como sustento. Y finalmente, el asunto laboral. ¿Qué pasará con Sitiribana?. Hay que reconocer que el presidente Mulino ha dado un paso importante al encabezar personalmente esta negociación. Pero un acuerdo sólido no se mide solo en la foto de la firma, sino en la solidez de las respuestas que acompañen cada pregunta que hoy queda abierta. La reactivación bananera puede convertirse en un motor de desarrollo regional, pero para que eso ocurra debe construirse sobre cimientos de transparencia, inclusión y sostenibilidad.

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