Hay algo más grave que el robo de un teléfono: que después de ese robo puedan desaparecer cientos de miles de dólares de una cuenta bancaria. Eso es lo que deja sobre la mesa el Caso Cenit. Más de 270 mil dólares fueron sustraídos. Apenas 13 mil han sido recuperados. El resto sigue pendiente, mientras la justicia intenta reconstruir el camino que siguió el dinero. Trece personas han comparecido. Once solicitaron mediación. A dos se les imputaron cargos por delitos financieros y se les impusieron medidas cautelares. Hasta ahí, los hechos conocidos. Pero el asunto no termina en esos nombres. La investigación estima una red de unas 130 personas. Y esa dimensión obliga a mirar el problema desde otro ángulo. No solo hacia quienes recibieron o movieron los fondos, sino hacia las condiciones que permitieron que una operación de esta naturaleza avanzara. Porque la banca no puede ser fuerte para cobrar, eficiente para transferir y lenta para detectar. La seguridad financiera exige algo más que contraseñas, dispositivos y protocolos. Exige capacidad para advertir movimientos anómalos, contenerlos a tiempo y responder cuando el dinero empieza a desaparecer. Y la justicia tiene otra tarea: seguir la ruta de los fondos hasta donde conduzca, sin conformarse con los nombres más fáciles de encontrar. Este caso deja una señal que no debería pasar inadvertida. Los delitos financieros ya no son un asunto menor ni un problema de quienes tienen dinero. Son una prueba para el sistema bancario, para los mecanismos de prevención y para la capacidad del Estado de perseguir el dinero cuando este cambia de manos. Porque el dinero puede moverse en segundos. La justicia no debería tardar años en alcanzarlo.

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