Moisés Cohen, presidente del Consejo de Servicios Internacionales de Panamá, desglosa la importancia de la Ley de Sustancia Económica como la llave para...
La Asamblea Nacional cierra sus sesiones ordinarias con un saldo que vuelve a evidenciar su desconexión con las urgencias del país. Pese a los discursos de cambio y la aparición de nuevas caras, la administración del panameñista Jorge Herrera termina como una aparente continuación de la gestión de la oficialista Dana Castañeda. Persisten las mismas prácticas de siempre: enormes planillas con opacidad, baja productividad, prioridad a proyectos unipersonales en favor de cálculos electoreros en los circuitos y un rol sumiso ante el Ejecutivo, lejos de las promesas de ejercer un verdadero contrapeso. Esta subordinación debilita aún más el papel fiscalizador que, en teoría, tiene la Asamblea y refuerza la percepción de un Órgano sin autonomía real. Aun cuando aparecieron algunas voces aisladas de diputados que cuestionaron políticas puntuales, el ejercicio legislativo ha sido una enorme decepción. Peor aún ha sido el pobre papel de la Asamblea para asumir una postura firme en cuanto a la defensa de la soberanía nacional, en un contexto de presiones externas de potencias como China y Estados Unidos, donde ha predominado el silencio oportunista por encima de la defensa firme de los intereses del país. El resultado es una Asamblea que legisla poco, fiscaliza menos y no convence: un órgano atrapado en sus propias sombras, repitiendo viejos errores con nuevos nombres. Nos recuerda que no es un problema de figuras individuales de independientes o partidos, sino la urgencia de un cambio estructural que haga del Legislativo un espacio de verdadera representación, participación y democracia.