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En los terremotos, en las guerras, en las inundaciones y en los incendios que han golpeado a distintos pueblos del mundo, siempre aparece la misma doble verdad: hay quienes se aprovechan del caos y hay quienes, aun rotos, sostienen la decencia. Venezuela vive hoy esa prueba. Ha pasado más de una semana desde que la tierra sacudió La Guaira y, con cada hora, se desvanece la esperanza de encontrar sobrevivientes. Bajo los escombros ya no solo se buscan vidas; también se buscan cuerpos, recuerdos, documentos, objetos mínimos que ayuden a cerrar una herida. En ese escenario, la detención de cuatro policias señalados por saquear bienes y valores en una zona de tragedia, revela una degradación que ningún terremoto explica. Robar en medio del desastre no es solo un delito: es invadir el último espacio de quien ya perdió casi todo. Pero allí también apareció lo mejor. Ciudadanos sin techo, sin certezas y quizá sin comida suficiente, rompieron frente a un agente los dólares presuntamente hurtados. No los guardaron. No los repartieron. No los aceptaron como compensación torcida. Los destruyeron porque entendieron que aceptar ese dinero era aceptar también la humillación. Ese gesto no pertenece al dinero, sino a la conciencia. Venezuela llora, busca y entierra. Pero entre sus ruinas deja una lección universal: las instituciones pueden fallar; la dignidad de un pueblo, no.

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