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El Casco Antiguo vuelve a arder. Y cada llamarada no solo consume paredes viejas, techos vencidos y balcones de madera: también devora la tranquilidad de quienes aún lo habitan y la memoria de una ciudad que parece acostumbrarse a perderse en silencio. Dos incendios en menos de una semana no pueden despacharse como una desgracia más. El fuego que comenzó en un caserón de la calle Veraguas y se extendió a otras estructuras, incluida una bodega de pirotecnia que jamás debió estar allí, obliga a mirar de frente una realidad incómoda: el abandono también mata, aunque esta vez no haya dejado heridos. Más de 120 personas han quedado a la intemperie entre los siniestros de San Felipe y Santa Ana. No son cifras. Son familias. Son niños, adultos mayores, trabajadores, vecinos que vieron su vida reducida a cenizas mientras el patrimonio histórico se desmorona entre permisos, silencios y responsabilidades que nadie termina de asumir. El desarrollo comercial del Casco es necesario. La inversión privada puede recuperar belleza, movimiento y valor. Pero nada de eso puede sostenerse sobre la desidia ni sobre la expulsión silenciosa de quienes han mantenido viva esa comunidad. Panamá necesita una investigación seria, transparente y sin componendas. El Casco Antiguo no puede ser solo una postal para turistas ni una vitrina inmobiliaria. Debe ser, ante todo, un lugar seguro y un patrimonio del país.

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