Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
El terremoto no solo destruyó viviendas: también ha puesto en riesgo el futuro de miles de niños en las provincias centrales. Mientras las familias intentan sobrevivir bajo toldas y en albergues, muchos estudiantes enfrentan otra pérdida devastadora: sus escuelas, el espacio donde deberían encontrar estabilidad y esperanza en medio de la tragedia. ¿Dónde y cuándo volverán a estudiar estos niños? El Ministerio de Educación habla de planteles afectados y medidas, pero falta claridad sobre cómo garantizará la continuidad educativa en las comunidades golpeadas. ¿Dónde recibirán clases estos estudiantes? ¿Cuándo? ¿Con qué recursos? La incertidumbre agrava una tragedia que ya tiene tres golpes para la niñez: la precariedad educativa que padecía antes del sismo, la destrucción provocada por la naturaleza y la falta de una respuesta clara para retomar el aprendizaje. Panamá ya arrastraba profundas deficiencias educativas. Los resultados de PISA evidenciaron serias dificultades en lectura, matemáticas y ciencias, que solo se agravarán tras la crisis. En las zonas rurales, las desigualdades y las carencias históricas hacen todavía más urgente una intervención que evite profundizar el rezago. No basta con promesas de reconstrucción; se necesita un plan de Estado con presupuesto, responsables y plazos que contemple espacios temporales seguros, materiales, transporte y apoyo psicosocial. Cada día sin clases puede ampliar una brecha que el país lleva años sin resolver. Después de perder sus hogares y sus escuelas, nuestros niños no pueden perder también la oportunidad de aprender. El Gobierno debe actuar ahora, con soluciones concretas y plazos definidos. El futuro de la niñez panameña no puede esperar.