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Panamá regresa sin haber marcado un gol, pero con algo que no siempre cabe en el marcador: dignidad, estrategia y entrega. Esta selección se fue vacía de celebraciones, sí, pero no de argumentos. Sobre la cancha hubo orden, lectura, disciplina y un equipo que entendió que competir también es resistir, corregir, levantarse y no regalar nunca el orgullo. No fue una participación perfecta. Ninguna lo es. Hubo errores, momentos de desgaste y partidos en los que faltó ese golpe final que cambia la historia. Pero reducir este camino a la ausencia del gol sería injusto y miope. Panamá jugó bien, aprendió de sus fallas y dejó una señal clara: este proceso tiene forma, tiene carácter y tiene un entrenador que merece respaldo. Thomas Christiansen ha construido una selección con identidad, una idea reconocible y una ambición que ya no parece prestada. También ganó el país. Porque durante estos días la selección nos volvió a juntar alrededor de una misma bandera. En Toronto y en Nueva York, la fanaticada panameña dio una lección de alegría, respeto y pertenencia. Mostró lo que somos como gente: un país pequeño en territorio, pero inmenso cuando se reconoce en sus colores. Volvemos con la frente en alto. Sin goles, pero con alma. Sin avanzar, pero sin achicarnos. Panamá dejó su nombre bien parado y demostró que el camino no se abandona por un resultado. Se corrige, se trabaja y se sigue. Porque esta selección no terminó: está aprendiendo a crecer.

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