Siguiendo el rastro de Silvio Rodríguez

  • 28/06/2026 00:00
El libro más reciente del fotógrafo argentino Daniel Mordzinski se titula Silvio Rodríguez – diario de un trovador y lo presentó durante Centroamérica Cuenta Panamá 2026

Cuando a Daniel Mordzinski le lanzan un piropo por un retrato que le hizo a un escritor, entiende que le está diciendo cuánto le gustan las obras de ese autor interpretadas por las fotografías de este artista argentino.

El maestro del lente iberoamericano enfocado en las letras presentó en el festival Centroamérica Cuenta Panamá 2026 su libro Silvio Rodríguez – diario de un trovador.

¿Es igual fotografiar a un novelista que a un cantautor?

Es igual. Tal vez con los músicos es un poquito más sencillo porque están más relacionados al mundo del espectáculo. En mis travesuras visuales procuro sacarlos de las poses acartonadas. En mis fotos no hay libros, ni bibliotecas, tampoco instrumentos musicales.

¿Cuál fue tu bautismo fotografiando a un escritor?

El primero fue el poeta Jorge Luis Borges. Sucedió en Buenos Aires, yo tenía 18 años, los mismos que Borges había dirigido la Biblioteca Nacional. Y fue ahí donde lo retraté. Como era mi primer día de trabajo, le pedí a mi papá que me prestara su cámara, que sólo me daba en ocasiones importantes y esa era una. Me acerqué a Borges, me presenté, le pregunté si le podía hacer unas fotos y me dijo tres cosas. La primera, gracias por presentarte. La segunda, gracias por no tutearme. La tercera, porqué me quiere retratar, jovencito. Y pensé: ‘hice dos cosas bien’. Fui sincero, le dije porque había leído algunos cuentos suyos, me gustaban y quería llevarme un retrato.

Silvio Rodríguez -en La Habana- es el autor temas clásicos como Ojalá, Unicornio y Sueño con serpientes.

¿El primer músico?

Muy poquitos meses después de que retratara Borges, tuve que dejar mi país por la dictadura militar y llegué a París. Hice lo que hacíamos todos: llamaba a un amigo que conocía a otro amigo y a través de esa red de solidaridad me encontré con Mercedes Sosa. Ella no necesitaba fotógrafos. Lo que necesitaba era alguien que la escuchara. Y yo siempre supe escuchar a la gente. Mi tarea era acompañarla en las giras como un psicoanalista, escuchar sus historias de amores y desamores. Y tenía otra actividad muy importante. En Argentina existían unos caramelos de anís llamados ‘Media Hora’, porque duraban media hora en la boca. Y entonces mi tarea profesional era abrirle cada tanto una media hora para cuidarle la voz.

Desde la adolescencia trabajas en un sueño, cuando Silvio Rodríguez era tu banda sonora.

Lo primero que me planteo cuando empiezo un libro es: ¿qué quiero contar? Silvio no es de malecón, no es de mar. Como uno de sus primeros temas dice: ‘yo soy de donde hay un río’. Le dije: ‘quiero que me muestres dónde es tu río’. Y en septiembre de 2025 viajé a La Habana, donde retraté varias veces a Silvio en su casa, con sus mascotas, con su familia. Pero me faltaba ir a San Antonio de los Baños, donde nació hace 78 años.

¿Cómo es tu encuentro con sus canciones?

Llego a Silvio por la poesía, porque este gran trovador es un gran poeta. Es en París, en la casa de un amigo dominicano, Eric, arquitecto, donde lo escuchaba todo el tiempo como disco rayado. Muchos años después, curiosamente, en República Dominicana es donde lo conozco. Me encanta cuando la rueda del tiempo y de la vida nos hace estas causalidades.

Dos titanes de la cultura latinoamericana en una misma imagen.

¿Cómo fue el acercamiento?

En una feria de libros en Santo Domingo. Me habían dicho que no se podía ir a su camerino, que él era muy riguroso con su concentración y su intimidad antes de los conciertos. Luego aprendí que es así antes, durante y después. Y bueno, eso hasta que me conoció a mí (ríe). Lo saludé: ‘Silvio, me encantaría fotografiarte’. Me dice: ‘muchas gracias, Daniel, pero no. Tal vez en otra oportunidad’. Se me estaba escapando.

¿Qué hiciste?

Cuando estás muy acostumbrado a fotografiar a gente reconocida, los primeros segundos del intercambio son fundamentales. Al mismo tiempo tenés que ser extremadamente humilde, porque si hay alguien vanidoso es el artista. Y encontrar palabras justas, pocas, contundentes para hacerle sentir que las fotos que le propones son distintas a las que le hicieron. Sin decirlo porque si no quedas como vanidoso. A veces el humor es importante. Y le dije: ‘Silvio, soy 50% argentino, 50% francés, pero 100% cubano’. Me mira, me da un golpecito en el hombro y me dice: ‘hagamos esa foto’.

¿Cómo llega el libro Silvio Rodríguez – diario de un trovador?

Pasaron 14 años de encuentros. Lo acompañé a muchas giras. Y surgió del cariño. Silvio es muy generoso, pero es riguroso con su intimidad, pero también porque es muy tímido. Habrás notado que hay artistas que por extrema timidez pasan por antipáticos, algo similar pasa con Silvio.

¿Le mandaste un esbozo del libro?

Construí una primera propuesta y se la mandé. Silvio responde siempre al toque. No tiene WhatsApp, pero los mails los responde inmediatamente. Y no contestó. Y pasó un día, pasaron dos, pasaron tres y el argentinito psicoanalizado empezó: ‘¿qué foto no le gustó?’ Y, finalmente llega el correo, muy hermoso, conmovedor: ‘me gustó tanto que me gustaría escribir textos para el libro’. Me enteré, no lo sabía, de que Silvio lleva un diario personal desde hace años. Escribió textos especialmente para el libro, pero también cedió una cantidad importante de entradas de su diario que tienen relación con esas fotografías.

¿Alguna anécdota divertida?

Silvio se viste de negro y tiene una cámara fotográfica siempre con él. En cada concierto hace fotos. Durante las giras nos confundían: ambos vestidos de negro, con cámaras y gorrito. Un mediodía, antes de un ensayo, fuimos a comer. En la mesa de al lado nos miraban. Se levanta una persona con una servilleta para pedir un autógrafo, pero me lo pide a mí. Entonces miro a Silvio y él me dice: ‘firme’.

¿Y qué se siente ser Silvio?

Que prefiero hacer fotos afinadas que cantar.

Hay fotos de ti tomadas por Silvio.

En uno de nuestros encuentros en París, donde viví 42 años, Silvio vino a casa, comió empanadas, salimos a tomar un helado y me preguntó: ‘¿te puedo hacer unos retratos?’ Y le dije: ‘por supuesto que no’ (ríe). Le dije sí. Entonces me hizo fotos y me gustaron mucho. Una de esas fotos la uso para la solapa de mis libros.

Hay otro libro reciente tuyo, Vargas Llosa: el escribidor y la vida.

He tenido la fortuna de ser amigo de Mario a lo largo de 34 años. Y me propusieron, cuando falleció, hacer un libro que recorriera los encuentros que tuve con Mario a lo largo de esas décadas. Y publicar fotografías inéditas. Por ejemplo, cuando ganó el premio Nobel de Literatura, me invitó a Estocolmo y estábamos en el hotel donde albergan a todos los galardonados. Y tenía que hacer fotos como robadas, porque no se podía. En un momento veo que una persona se acerca a Patricia (su esposa), pongo la oreja: era el sastre de la Fundación Nobel que al otro día iba a probarle el frac a Mario. Imagínate: ‘yo dije: foto’. Y le digo a Patricia: ‘de casualidad escuché’ y responde: ‘háblalo con Mario’.

¿Qué ocurrió?

Mario nunca me dijo que no a una foto, pero le tenía un horror al ridículo. Cuando tienes humor, la frontera entre el humor y el ridículo es muy fina. Él sabía que nunca lo traicionaría y a pesar de eso me dijo por primera vez que no. Me dice: ‘Daniel, ¿me querés hacer fotos en calzoncillos?’ Mi hemisferio izquierdo iba a decir sí, y mi hemisferio derecho le respondió: ‘como un torero, Mario, a ti qué te gusta tanto la tauromaquia’. Me mira y dice: ‘mañana a las diez’. Esas fotos las publiqué por primera vez en el libro.

Lo Nuevo