La tierra tembló con una fuerza que pudo cambiar dramáticamente la historia de Panamá. Sin embargo, el país amaneció sin víctimas mortales, con heridos que no revisten gravedad y daños materiales menores frente a la magnitud del terremoto. Una fortuna inmensa, sobre todo cuando todavía permanecen frescas las imágenes de las tragedias que golpearon a Venezuela y Colombia. Pero haber salido bien librados no significa que todos hayan corrido la misma suerte. Más de 2.100 personas resultaron afectadas y 426 viviendas registraron daños. Detrás de esas cifras hay familias que necesitan atención, tranquilidad y respuestas. El Gobierno ha declarado el estado de emergencia. Corresponde ahora atender las afectaciones con diligencia, administrar los recursos con responsabilidad y revisar cuanto sea necesario para estar mejor preparados ante otro episodio semejante. Y en medio de todo, merece reconocimiento esa generosidad tan nuestra, la de los panameños que no esperan a que una desgracia alcance proporciones enormes para ofrecer ayuda. Una disposición que habla de la sensibilidad de un país y que debemos preservar mucho después de que desaparezca el temor. Porque la solidaridad también consiste en mirar hacia quienes, aun habiendo sufrido daños menores, necesitan recuperar la normalidad de sus vidas . Tenemos mucho que agradecer por el desenlace de este terremoto. Ahora nos corresponde estar cerca de la gente, acompañar a quienes lo necesitan y hacer de esa generosidad una responsabilidad compartida. Que el alivio por lo que pudo ocurrir no nos distraiga de lo que todavía debemos hacer.

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