• 12/04/2015 02:00

Lo que la Cumbre se llevó

 Fue evidente en 2005, durante la IV Cumbre del Mar del Plata, que las regiones del Mercosur

La Séptima Cumbre de las Américas, reunida aquí en Panamá, dejó muchos acuerdos y resoluciones, pero omitió una vez más el compromiso ineludible de consolidar un Área de Libre Comercio de escala continental. Aquel modelo original, propuesto en la Primera Cumbre de Miami en 1994, luce desvanecido frente a las dificultades y discrepancias que existen entre los distintos bloques regionales del comercio hemisférico. Y, aunque poblado casi por completo de tratados y políticas económicas orientadas a la apertura y el libre mercado, gran parte del continente se encuentra sometido a una alta vulnerabilidad social y fiscal, producto entre otros factores del endeudamiento y de la falta de un modelo de desarrollo e inserción en la economía global sustentables para la mayoría de los países.

Durante las pasadas dos décadas, los procesos de integración regional se volcaron a buscar mecanismos rápidos para atenuar las considerables brechas de desigualdad y aprovechar las oportunidades respecto de inversiones externas, exportaciones e intercambios comerciales. Pero el principal obstáculo para crear el Área de Libre Comercio para las Américas fueron las diferencias en la forma de gestionar dichos procesos de integración regional, ya que cada nación prefirió mirar sus propias ventajas y perdió de vista el beneficio de participar en un mercado potencial de 900 millones de consumidores. Fue evidente en 2005, durante la IV Cumbre del Mar del Plata, que las regiones del Mercosur, Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), Mercado Común Centroamericano, Iniciativa para el Caribe y Nafta no lograrían consensos, debido al fuerte resentimiento entre los vecinos del norte y sus contrapartes del sur en torno a los temas de barreras no arancelarias, rubros sensitivos y tratos bilaterales privilegiados.

Y al igual que Cumbres anteriores, la de Panamá deja un ramillete de asignaturas pendientes en materia comercial. Por un lado, dos de nuestros principales problemas regionales quedaron sin resolver, al no coincidir con propósitos hemisféricos de mayor connotación. Así, las disputas comerciales con Colombia y Venezuela se mantienen en el limbo diplomático, y las cuentas morosas y el proteccionismo textil continúan. Y por otro lado, fue evidente el acercamiento que establecieron los países del Mercosur con los del Caribe con vistas a generar un polo de poder regional alternativo y al mismo tiempo la búsqueda de posiciones comunes entre Colombia y Estados Unidos con la mira puesta en consolidar y fortalecer el libre mercado en el Pacífico Sur.

En lo político, la Cumbre de Panamá cumplió parcialmente sus objetivos al afirmar la necesidad de mantener un ambiente de hospitalidad entre los mandatarios que permita el diálogo constructivo y la mediación de diferencias. Aunque se queda muy lejos de resolver en definitiva la crisis de Venezuela, hay que destacar la iniciativa de trabajar en una agenda común con miras a frenar el creciente deterioro de la situación política, social y económica de ese país. Al mismo tiempo, se aprovechó la participación de los 35 gobernantes del continente para impulsar un plan asistencial a Cuba en su eventual integración a la región. Con respecto al tema de desigualdad, el lema del encuentro panameño, ‘Prosperidad con equidad’, fue más un asunto de semántica que de sustancia; más se habló de equidad en el II Foro Empresarial y en el I Foro de Rectores que durante todas las intervenciones de los mandatarios.

Pero en el fondo la Cumbre sacó un propósito urgente, y fue el de insistir en el respeto por la voluntad de los pueblos y de consolidar el proceso de democratización en el continente, un mecanismo que sea más profundo que la simple convocatoria y celebración de elecciones y el mero conteo de votos. En ese sentido, la Cumbre sirvió de plataforma de lanzamiento para una serie de mensajes altos y claros a los Gobiernos autoritarios que quieren perpetuarse a costa de violaciones y abusos antidemocráticos.

En resumen, queda claro que bajo el paraguas de las Cumbres se esconde una realidad: las opciones de confrontación son cada vez memos frecuentes. Con lo cual la diplomacia tradicional debe aprovechar cada coyuntura para promover los intereses regionales. Por eso, es importante insistir en la línea de aquella primera Cumbre en Miami de crear un Área de Libre Comercio de escala continental que permita resolver todos nuestros problemas y potenciar nuestra proyección global.

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