• 31/01/2016 01:00

Una prohibición necesaria y urgente

Salud pública vs intereses económicos

Permítanme la siguiente generalización: iniciativas para alimentar saludablemente a nuestros niños amenazan las ganancias de grandes fabricantes de alimentos que luchan por preservar la venta de sus productos en quioscos y cafeterías escolares. Y esto independiente de las enfermedades y el número desproporcionado de niños indefensos que crecen malnutridos y obesos.

Desde que Adam Smith publicó La Riqueza de las Naciones en 1776, sabemos que las empresas siempre buscan sus ganancias a expensas de los consumidores, incluso poniendo en peligro la salud de la población si fuese necesario. El problema ahora es que los políticos no dicen ni hacen nada, a pesar del cúmulo de pruebas existentes sobre los efectos nocivos de los alimentos no saludables.

Por tanto, es imperante que el Órgano Ejecutivo formalice el Decreto para regular la venta de comida saludable en quioscos y cafeterías de escuelas oficiales. Esto supone la prohibición inmediata de comida chatarra, alta en calorías, azúcar, sal y grasa, y la sustitución por frutas, verduras y comida menos procesadas.

Como es de esperar, a muchas empresas no les gusta esta medida y piden un poco de ‘flexibilidad', la flexibilidad para seguir vendiendo más comida chatarra. ¿Por qué alguien querría oponerse a la comida saludable en las escuelas? No me imagino a nadie oponiéndose a leyes que promuevan el aire limpio en las ciudades, aunque la lógica no es la mejor herramienta para entender a estos magnates que por años han sacrificado a millones de personas por el vil deseo de vender sus productos y ganar dinero.

No me sorprendería tampoco que los niños sean los segundos en quejarse porque no hay sodas, papas fritas, pizzas, ‘nuggets', salchichas o bolitas de queso. Aunque los niños deben ser escuchados, los niños también deben ser alimentados bien, y el Gobierno es la única institución lo suficientemente grande como para resistir oficialmente la embestida de los cabilderos de la industria. Claro que los niños van a protestar, pero la mayoría no iría a la escuela tampoco si no fuera obligatorio. Ellos no saben lo que es bueno para ellos ni tampoco los directores de escuela que han eliminado la educación física como asignatura obligatoria.

Igualmente, el Decreto haría desaparecer a los chicheros de las escuelas. No tengo nada contra los chicheros, pero no existe nadie que se beneficia de sus productos. No importa cuántas empanadas fíen, son vendedores de grasa, azúcar y sal, razón suficiente para excluirlos de la oferta escolar. ¿Quién estaría molesto por esto? Supongo que el sindicato de chicheros, pero pensemos que esto obligará a que la industria de la chicha se reconvierta para que muy pronto ofrezcan en sus menús jugos naturales, agua de pipa, ensaladas de frutas y envolturas de vegetales.

Pero los más afectados no son los chicheros, sino el conglomerado de industrias que se benefician de la fabricación y comercialización de las bebidas carbonatadas y azucaradas. Muchos hemos tratado en los últimos años de encontrar soluciones a este problema para que el Gobierno los incentive y estimule a producir y vender alimentos saludables. Pero lo que hemos visto es la insistencia de seguir con la misma ciencia y los mismos productos de siempre. Ya en otros países existen estas prohibiciones en escuelas, además de impuestos a las sodas, normas obligatorias de etiquetado de advertencia y reducción de tamaños de empaque. Todo con el interés de minimizar el consumo y evitar que más niños empiecen a tomar sodas en primer grado.

Estamos frente a una crisis de salud pública en gran parte provocada por el consumo de azúcar y carbohidratos hiperprocesados. Es imposible equipararse al poder de los miles de millones de dólares que gasta anualmente la industria de sodas en publicidad para animar el consumo de sus productos. El papel de las autoridades debe ser proteger a la población y consideramos que el Decreto para regular la venta de alimentos no saludables es una excelente iniciativa.

La soda, como hemos reiterado antes, es el cigarrillo del siglo 21. En cincuenta años todo esto será obvio. Las etiquetas de advertencia de las sodas entonces tendrán una calavera similar a los paquetes de tabaco de ahora. Los padres de familia reflexionarán con sus hijos sobre la coyuntura histórica, mientras los activistas presentan acciones de clase en los tribunales contra las grandes empresas por desarrollar, producir, vender y mercadear productos nocivos para la salud. ¡Deja vu!

*EMPRESARIO, CONSULTOR EN NUTRICIÓN Y ASESOR EN SALUD PÚBLICA.

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