07 de Dic de 2021

Opinión

ABC

¿A usted le gustaría que su hija, la niña de sus ojos, o su nieto, el príncipe de la abuela, crecieran teniendo que firmar los contratos poniendo la huella digital donde el licenciado les diga?

¿Cómo? ¿Que aún no están abiertas las escuelas públicas? ¿Que la vida ya ha vuelto a su redil y las escuelas aun andan triscando en los campos digitales de mariposillas y unicornios en los cuales los niños aprenden a leer y a escribir por obra y gracia de los electroduendes? Me pinchas y no sangro. Pero no te creas que el asombro viene dado por el comprobar que, efectivamente los gremios magisteriales, haciendo uso de su músculo sindical, han decidido seguir chupando de la teta estatal sin tener que gastar zapatos, sino que me asombra que aún nos asombremos.

A estas alturas los vagos redomados del MEDUCA ya avisaron que se reunirán una vez terminado este año escolar, para evaluar, según el avance de la pandemia y las recomendaciones del MINSA, y según el ánimo con el que se levanten los dirigentes ese día, (si la mujer se lo dio la noche anterior o si el marido accedió a comprarle una estufa nueva), si en el 2022 se retoma la presencialidad.

No, en serio, dejen de reírse, esta columna es muy seria, mucho. Muchísimo. Los niños llevan sin ir a clase desde marzo del 2020. Un año y siete meses. Diecinueve meses en los cuales los niños y las niñas que asisten a nuestro sistema de educación pública han visto disminuir exponencialmente sus oportunidades. Porque, por si acaso ustedes no lo saben, hoy en día, en Panamá, es más, ¡en la ciudad capital!, hay niños de diez años que no saben ni leer ni escribir. No, no es que lean a trancas y barrancas o que escriban como elefante con la trompa, es que no saben. No entienden los grafismos, no saben que la p con la a se dice pa. Ya no vayamos a pensar que sepan sumar, restar o dividir. Imagínense ahora cuando tengan que leer la letra pequeña de un contrato o calcular los intereses que les van a cobrar por el préstamo de sus casas.

¿Qué la salud es lo primero y que muchas generaciones de buenas personas no pudieron alfabetizarse y aun así fueron productivos? Pues sí, claro que sí. Pero, a ver, usted que está leyendo estas líneas, ¿a usted le gustaría que su hija, la niña de sus ojos, o su nieto, el príncipe de la abuela, crecieran teniendo que firmar los contratos poniendo la huella digital donde el licenciado les diga?

Que esto no es broma, que con la excusa de la pandemia la panda de golfos apandadores que nos desgobiernan se habrán encargado de tener a cientos de miles de ciudadanos analfabetos, sin capacidad de pensamiento ni debate, ciudadanos cuyo voto, estimado lector, vale en las elecciones exactamente igual que el suyo. Y luego nos asombraremos de por qué siguen y seguirán ganando siempre los mismos: los que sí que ven las oportunidades en las desgracias ajenas. Los que han visto en la pandemia una manera de lucrarse, los que se han pasado las muertes y las lágrimas por el orto mientras disfrutaban prebendas y exigían carros nuevos. Esos son los que, en connivencia con los sinvergüenzas de los dirigentes magisteriales, siguen manteniendo en la inopia a nuestras nuevas generaciones. Y así nos irá, con una nueva generación de madres a los quince, de niños nacidos sin oportunidades y de graduados sin tener las mínimas garantías de saber leer, escribir o contar.

Pero me asombra todavía más pensar que nos asombraremos de nuevo cuando el año que viene, (¿querrán ya ir a trabajar en 2022 o todavía no?), los planteles estén venidos abajo por falta de mantenimiento. Mejor lo dejamos para 2023.