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27 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Entierro de la sardina

Las palabras ‘poisson’ y ‘poison’ en francés son homófonas, la única diferencia es la forma como se pronuncian el sonido de la ‘s’ en un...

Las palabras ‘poisson’ y ‘poison’ en francés son homófonas, la única diferencia es la forma como se pronuncian el sonido de la ‘s’ en una y otra. Esa variante posibilita saber si nos referimos a ‘pescado’ o a ‘veneno’. En los restaurantes parisinos, hay que enfatizar y ser certeros en el pedido del fruto de mar, no sea que salgamos rumbo a las honras fúnebres.

Algo semejante sucede en el español con las palabras ‘pescado’ y ‘pecado’. Igual, la ‘s’ establece una diferencia notable del significado de los vocablos y conduce a una interpretación que remite del producto marino a una conducta de fuertes implicaciones.

El pescado está a menudo cercano a ideas muy diferentes, como sucede con las celebraciones carnestolendas, que luego del ajetreo dedicado a la carne (de allí el concepto de carnaval, del italiano carnevale, evolución del latín carnem levare, o quitar la carne), finaliza con una ceremonia de entierro de la sardina, al alba del miércoles, llamado de cenizas.

Las comunidades disfrutan cuatro días de festividades, por tradición ligadas a factores productivos o religiosos, donde abunda la música, el licor, los disfraces y formas mágicas que dan a estas fechas un aura mística, que culmina precisamente en ese espectáculo junto al mar o lejos de él, escenario para apaciguar los desaforados espíritus que se entrelazan con aquellos basados en la fe.

La inhumación de la sardina le pone punto final al jolgorio y abre la Cuaresma. En la cultura religiosa se inicia el periodo de reflexión que culmina en la Semana Santa. En el ciclo productivo, se cierra la fase de trabajo, de la cosecha y empieza un nuevo año o etapa de gestión, luego de la depuración social.

Aunque este epílogo de las celebraciones está ligado a las tradiciones cristianas, su origen no viene del comienzo de nuestra era, sino de ciertos acontecimientos imprecisos en la España del siglo XIX. Hay una versión de una costumbre de enterrar un costillar de cerdo, denominado sardina por su forma.

Algunos lo atribuyen a un grupo de estudiantes madrileños que despedían el carnaval con un cortejo fúnebre y al final, situaban una figura en forma de sardina. También se habla de una importación de mariscos que llegó a un poblado justo en la fecha de carnavales y se dañó por no atenderse a tiempo. Los ricos del lugar se tomaron la pérdida a broma y realizaron un desfile para enterrar el producto malogrado.

De todas maneras, siempre el objetivo fue la expiación, limpieza de la vida de desenfreno y sobre todo, del cuerpo y el alma. Es como la imagen de Leopoldo Alas (Clarín) en su cuento homónimo; ‘Cuando más se están divirtiendo llega la ceniza... y, adiós concupiscencia de bailes, máscaras, bromas y algazara. Viene la reacción del terror... triste, y todo se vuelve sermones, ayunos, vigilias, cuarenta horas, estaciones, rosarios...’.

El carnaval en sí, es muy antiguo y de origen desconocido, previo al cristianismo. Ya en el año 1100 antes de nuestra era, los griegos lo celebraban como una derivación de un culto de Isis, la diosa egipcia. Según Mónica Rector, además de relacionarse con dicha adoración, también se vinculaba a las bacanalias, las lupercalias y las saturnalias romanas.

Las primeras dedicadas a los dioses Baco y Dionisos, las segundas, alrededor del 15 de febrero al dios Pan (o fauno como lo llamaban los romanos) y las últimas, por el 17 de diciembre a Saturno, representado por un personaje como sátiro. Según algunos, se recibía así la primavera con danzas alegres, máscaras y libertinaje.

Se dice también, que los griegos hacían transitar por las principales calles de la ciudad un carruaje donde exhibían una imagen de Dionisos, que posteriormente fue llamado por los romanos como ‘carrus navalis’; de acuerdo a esta teoría, de allí proviene el concepto de carnaval.

En el Renacimiento, el Papa Paulo II introdujo la rutina de los bailes de disfraces y en el siglo XIX, adquirió una connotación artística con los carros alegóricos. Luego se tornó lúgubre, como perdura en algunas manifestaciones en Venecia, Niza y Munich.

Umberto Eco ha estudiado los signos presentes en el carnaval y resalta que durante esos días, lo importante es la ruptura de las reglas que se han guardado durante el año; solo así, ‘podemos cometer cualquier pecado y permanecer inocentes’.

Y allí está nuevamente la relación mencionada en un principio donde el entierro del pescado es para redimir el pecado. Tan solo un sonido cambia la perspectiva y nuestra noción de la realidad.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.