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21 de Jan de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La extrapolación

P odríamos aplicar los criterios conocidos mediante la lógica y suponer con un habitual pronóstico el curso de los acontecimientos sobre...

P odríamos aplicar los criterios conocidos mediante la lógica y suponer con un habitual pronóstico el curso de los acontecimientos sobre lo que ocurre en nuestro medio. Hay tantas cosas que decir al respecto al tratar de cuidar asuntos como la honra mediante la estimación y el respeto propio de la dignidad, al actuar con decoro para alcanzar el respeto. Pero es que esto se logra con la disposición y aplicación de los valores morales que se agencian con la educación y que todos podemos lograr, claro que dentro de conductas adecuadas con la forma de ser y hacer, hasta alcanzar la excelencia la que a su vez, debe ser medida por el resto de los asociados.

Por supuesto que debemos excluir a los psicópatas e inimputables. Buscar de esta manera la forma de combatir semejante mal que nos socava el alma y que nos destruye en todo el sentido de la palabra. Qué agradable es a lo inverso, cuando los demás expresan lo bueno de los demás, al reconocer las virtudes. Qué maravilla al lograr ese peldaño de reconocimiento público.

Todos evolucionamos en este mundo lleno de tentaciones que se divide entre lo bueno y malo, lo propio y aquello impropio, en donde sobre lo primero se fragua la honradez que a veces es mucho pedir, al proceder con rectitud de ánimo, con integridad y respeto a normas que se consideran adecuadas para alcanzar con su estimación y respeto, la honra y accesar a la dignidad propia.

Todo esto se disemina en el medio sobre la tradicional moral del hombre de bien; sobre esa proyección de la familia; con el pudor de la mujer envuelta en su recato, con la demostración del aprecio por la honra profesional; con la veneración por los difuntos que se pauta con solemnes oficios, al resaltar en la opinión pública sobre una destacada trayectoria y el alcance de una reputación apuntalada con el prestigio y la popularidad.

Por supuesto que en esta dualidad tenemos a los fariseos, que, como aquellos miembros de la antigua secta judía, aparentaban austeridad sin sentir ni cumplir con los efectos religiosos y por ello la denominación de falsos. ¿Cómo se puede actuar con hipocresía para producir un daño moral con un torrente de desprestigio mientras se busca el poder, se alcanza riqueza mal habida, se acaba con la dignidad de los demás o se demuestra esa ambición enfermiza atalayada en la difamación? ¿Cuánto daño se puede hacer a la reputación de una persona al publicar por los medios masivos de comunicación lo que le perjudica la fama o por medio de la maldad el desprestigio?

Otra forma es a través del cotilleo con chismes y diretes intrascendentes, pero que carcomen a los enfermos de envidia. Nada es peor que estos agravios por medio de las ofensas difamatorias. El vilipendio público es común y parece hasta normal en nuestro medio. Los ataques son diarios, dicen que bajo el auspicio del libertinaje, porque la honra está supuestamente protegida por la Ley, como lo enuncia el artículo 17 de la Constitución Nacional, que le ordena a las instauradas autoridades de la República proteger en su vida, honra y bienes a los nacionales, donde se encuentren y a los extranjeros que estén bajo su jurisdicción.

Tienen que ver la importancia de este bien moral en medio de la vida y de los bienes de cada ciudadano, pero parece más retórico que coercitivo u obligatorio. Nos llevan en la discusión por el camino del calvario, mientras socialmente nos despedazamos. La permanente lucha entre lo moral e inmoral, si vivimos entorchados en una mezcla hipócrita sobre todo lo que conviene o produce.

Necesitamos siglos de daño para prohibir el tabaco o permitimos el alcohol embriagante, a pesar del daño creciente y la destrucción de esos dos edecanes vida y bienes empotrados en el artículo 17 de la Carta Magna. Tal vez se haga un estudio que diga cuánto daño produce la ingesta de las bebidas embriagantes en la familia, en los accidentes, en las lesiones o muertes por dicha costumbre ancestral. Tenemos la lucha por el medio ambiente y la inconciencia ciudadana, que no practican los animales irracionales, porque los desechos mal tratados nos causan un daño a la ecología irreparable, sin tocar a los residuos radioactivos que produce la energía atómica, pero más simple podemos observar los límites de velocidad frente a vehículos diseñados para propasarlos en grado geométrico.

Nada es nada, si no contamos con esa voluntad comunal para enderezar los entuertos en los que estamos enfrascados. Si pudiéramos ser como las abejas que vuelan alrededor del panal sin semáforos o a las arrieras que elaboran sin el Código de Trabajo y sin reclamos, pero todo debido a la venerada licencia del libre albedrío.

*ABOGADO Y PROFESOR.