18 de Ago de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Cultura de condominio

Las colectividades humanas siempre han tendido a organizar la vida en común, con la finalidad de satisfacer sus requerimientos en mejore...

Las colectividades humanas siempre han tendido a organizar la vida en común, con la finalidad de satisfacer sus requerimientos en mejores condiciones, desde la perspectiva gregaria y como forma de hacer más llevadera la existencia para alcanzar con mayor éxito estas gestiones fundamentales.

El siglo XX fue escenario de esquemas novedosos para beneficiar a las comunidades. Así, arquitectos, planificadores y sociólogos expusieron conceptos para organizar la sociedad. Hay, por ejemplo, las teorías del afamado arquitecto suizo Le Corbusier, quien postuló que el ser humano para un correcto desarrollo en un lugar necesita de tres ‘felicidades’ básicas: la luz, el espacio y lo verde.

En América Latina surgieron por los años cuarenta las opciones de los ‘multifamiliares’, forma de vivir en una sola unidad de vivienda, muchos apartamentos, organizados de manera armónica y, por lo general, ubicados muy cerca de locales comerciales para dar solución a los problemas cotidianos de la comunidad.

El concepto de condominio surgió con posterioridad, como un enfoque de mayor categoría a los edificios de alta densidad, sobre todo, para que los ocupantes del inmueble, tuvieran una noción de pertenencia, a diferencia de los otros casos, cuya gestión o posesión era de una agencia estatal, el Seguro Social o un Instituto de Fomento.

Esta novedad habitacional es en definición una propiedad compartida, más que la idea de una propiedad a ‘secas’. Esto quiere decir, que quien escoge esta forma de vivienda, aunque se denomine ‘propiedad horizontal’ o PH, debe ser consciente de que su vida en el edificio o la unidad donde habite con su familia, es un haber que tiene varios dueños y con derechos semejantes.

De allí que cuando los multifamiliares pasaron a ser usufructo de sus inquilinos, se convirtieron en condominios; es decir, lugares donde la pluralidad de sujetos comparte la tenencia y no ‘con dominio’, como pareciera significar la palabra.

En muchos casos, hubo este desarrollo o modernización de la forma de convivencia y sectores populares se vieron ante una nueva realidad, que superaba un pasado de cohabitación en condiciones insanas, insalubres y donde el ‘patio limoso’, quedaba atrás. Pero para alcanzar un nuevo escalón sociocultural, es necesario un proceso de capacitación hacia esas nuevas experiencias habitacionales.

El patio y pasillo común, apartamentos con rejillas y puertas siempre abiertos, el jolgorio de las festividades comunitarias, quedaron en el olvido y ahora, hay una nueva realidad de puertas cerradas de silencios compartidos y una administración que es el punto en común para colectar las cuotas para pagar los gastos externos del nuevo edificio y ponerse de acuerdo para que todo el mundo coopere.

La vecindad aquí implica dominar nociones de respeto, tolerancia y colaboración para así alcanzar un sentido de cooperación y mayor tranquilidad para los ‘condominios’; supone esto, un estilo de vida diferente. Es así en el mejor de los casos, pero ¿estamos preparados para vivir de esta forma?

Aunque la ley de condominios no es enfática sobre el tema de las mascotas, algunos consideran que a todos debe satisfacer su pequeño o gran ejemplar; sobre todo de canes, cuyas necesidades deben hacerse fuera de los linderos de la construcción y, por tal razón, salen en las mañanas, tardes o noches a dar el paseo con el animal.

Si existe ascensor, las bestias salen asustadas y tienden a saltar sobre quien espera fuera. Luego en el recorrido, no se lleva ni bolsas, ni nada que posibilite recuperar los desechos de la mascota y el sendero, calle o boulevard mantiene las ‘muestras’ del paseo de los animalillos para insatisfacción de otros transeúntes.

El ruido es otro de los elementos que ocasionan disputas. El volumen de los aparatos es un factor que se comparte. Cada fiesta o celebración de una unidad habitacional, es percibida en el resto, incluso de vecinos de otros edificios. Es una costumbre que en el país no se supera. Tanto con las celebraciones, reparaciones y con los vehículos como autos modificados y motocicletas rugidoras.

La vida cotidiana de estos complejos es agradable o no, según la consideración y respeto de los cohabitantes hasta con la disposición de los desechos. Este es un aspecto que requiere de una formación paulatina. Se llega a compartir en estos hogares, gracias a un aprendizaje de modelos de convivencia, de derecho mutuo y mucha tolerancia.

Cada edificio de esta clase debería elaborar un reglamento interno que se cumpla para uso de los ‘propietarios’ y contar con un letrero público visible que parafrasee a Benito Juárez ‘El derecho de cada uno termina donde comienza el del vecino’.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.