Temas Especiales

24 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

De segundas vueltas

BANQUERO Y EX DIPLOMÁTICO.. El comportamiento actual de nuestra Clase Política respalda mi tesis de que vivimos en un país surrealista....

BANQUERO Y EX DIPLOMÁTICO.

El comportamiento actual de nuestra Clase Política respalda mi tesis de que vivimos en un país surrealista. Mientras el mundo y otros gobiernos se preocupan por una posible nueva crisis financiera (¿continuación de la anterior?) y debaten sobre los posibles efectos negativos en sus economías, públicas y privadas, buscando maneras de paliar sus impacto; mientras los panameños sufrimos la última crisis o escándalo du jour y cuando los serios problemas que confrontamos: la pobreza, seguridad física, la inseguridad alimentaria y la educación, persisten sin perspectivas inmediatas de solución; nuestra Clase Política discute incansablemente su gran tema: si debemos o no adoptar la segunda vuelta electoral. Para la Clase Política, el tema es tan imperativo que inclusive busca fórmulas para su implantación en flagrante violación a nuestro régimen constitucional. ¿Es tan seria y necesaria la discusión sobre la segunda vuelta electoral en estos momentos? ¿Necesitamos los panameños una segunda vuelta electoral? ¿Qué beneficios significaría para la mayoría de los panameños?

Antes de exponer mis puntos de vista sobre estas preguntas, repasemos algunos conceptos sobre el tema de la segunda vuelta. ¿Cuál es el origen de la segunda vuelta electoral? ¿Cuál es su propósito? La segunda vuelta es un concepto europeo conocido como ‘ballotage’, del verbo francés ‘balloter’, ‘votar con bolitas’, pues así se votó la primera vez. Surge en Francia en 1852 y se extendió por otros países europeos y luego en Latinoamérica. Se utiliza en una elección cuando no surge un ganador con mayoría absoluta o sea la mitad más uno. Lo usual es realizar una segunda votación con los dos candidatos de mayor porcentaje. Se utiliza en elecciones presidenciales y legislativas. La tesis es generar en una segunda vuelta electoral una mayoría efectiva para quienes aspiran a puestos de elección que garantice la legitimidad del mandato electoral y permita una administración de más amplio consenso. Su aplicación se ha generalizado en Latinoamérica con variaciones, como norma se usa en elecciones presidenciales. En la actualidad solo Honduras, México, Paraguay, Venezuela y Panamá no la aplican.

Ahora bien, volviendo a las preguntas anteriores. ¿Es tan seria y necesaria la discusión sobre la segunda vuelta electoral en estos momentos? Para mí, obviamente que no. No hemos alcanzado siquiera la mitad del periodo presidencial actual y considero demasiado prematuro un tema que a todas luces está orientado a las elecciones del 2014. Sin duda, como anotado anteriormente, hay temas de mayor vigencia e importancia para los panameños para cuyas soluciones la Clase Política debiera ocuparse y orientar sus esfuerzos. La sociedad en general recibiría mayores beneficios que en la actual discusión, pueril, si bien se quiere, de que si debemos o no introducir la segunda vuelta en nuestro sistema electoral. Al orientar sus gestiones hacia la solución de los verdaderos temas críticos de interés social, la Clase Política demostraría un renovado sentido de responsabilidad social que mejoraría su imagen ante los electores. Seguir en el tema de una segunda vuelta a tres años de las elecciones, es evidencia de miopía política (ceguera, para algunos) y solo contribuye a acercar a la Clase Política a un suicido político.

¿Necesitamos los panameños una segunda vuelta electoral? Igual opino que no, me baso en consideraciones históricas. Primero consideremos el hecho que nuestro sistema político concentra extremo poder en la figura del presidente y que la ausencia de una mayoría absoluta en las elecciones no ha evitado a los presidentes electos ejercer dicho poder. Además, la historia política nuestra desde la época de la Patria Boba ha demostrado la poca duración de la alianzas políticas una vez en el poder. Fíjense cómo tambalea la actual a solo dos años de formación.

Estas realidades históricas desvirtúan la justificación de utilizar la segunda vuelta como medio de obtener un amplio consenso político al ampliar el respaldo electoral a una mayoría absoluta de electores. Históricamente, los consensos políticos preelectorales para alcanzar el poder se han logrado para romperlos luego del triunfo. La historia de nuestros partidos políticos se ha caracterizado por la relativa corta vida de sus alianzas electoreras. ¿Cambiaría una segunda vuelta este comportamiento? Francamente, lo dudo.

En mi opinión, una segunda vuelta electoral solo significaría un ejercicio en futilidad; las posibilidades de que la coalición ganadora en segunda vuelta se mantenga intacta es casi nula. Entonces, ¿qué beneficio tendría una segunda vuelta? ¿No es esta suficiente razón para evitar el gasto emocional y económico que significa una segunda vuelta? Quedémonos con el sistema actual y exijamos que la Clase Política se concentre en discutir temas más serios y de mayor beneficio social.