Temas Especiales

27 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Don Fernando Eleta

ABOGADO Y ESCRITOR. . H ay seres humanos cuyas acciones dejan huella permanente en la siempre accidentada historia de las naciones. El...

ABOGADO Y ESCRITOR.

H ay seres humanos cuyas acciones dejan huella permanente en la siempre accidentada historia de las naciones. El ingeniero Fernando Eleta Almarán fue uno de esos seres. Su hombría de bien, su prístina visión empresarial, su invariable inquietud intelectual, su profunda comprensión de los principales problemas que agobian a los panameños, su valentía y arrojo personal al momento de tomar decisiones trascendentales, le permitieron proyectarse con vocación de permanencia en muy diversos ámbitos del acontecer nacional. No es de extrañar, entonces, que con motivo de su fallecimiento, después de noventa años de una vida intensa y fructífera, todos los sectores del país que tocó en su trayectoria vital hayan exaltado los valores que Fernando Eleta cultivó a manos llenas y definieron su luminosa personalidad.

Es el momento de recordar que gran parte del mérito de los Tratados Torrijos—Carter se debe a la labor desarrollada por Fernando Eleta, como canciller de la República entre 1964 y 1968. Hasta entonces los reclamos panameños se habían fundado, más que nada, en un patriotismo emotivo y un arraigado sentido de justicia internacional. El joven canciller, que conocía muy bien el mundo norteamericano por haber estudiado en sus mejores universidades, fue más allá y antes de emprender su misión contrató empresas norteamericanas de irrefutable prestigio que estudiaron a fondo la cuestión del Canal y le demostraron a los negociadores del imperio, en su propio idioma, la infamia que se había venido cometiendo con Panamá desde 1903. Fueron los planteamientos razonados y muy bien fundamentados de Fernando Eleta, y los acuerdos por él negociados, aunque nunca concluidos, los que allanaron el camino a los negociadores del los tratados de 1977.

Yo tuve la enorme satisfacción de trabajar junto a don Fernando durante mis primeros años de ejercicio profesional y de participar con él posteriormente en algunas de las empresas que ayudó a fundar. Su influencia en mi quehacer cotidiano fue decisiva, y así como dejó una huella profunda y orientadora en el país que lo vio nacer, también dejó una impronta indeleble en la personalidad de aquéllos que tuvimos la oportunidad de tratarlo íntimamente.

Con Fernando Eleta aprendí que en las actividades mercantiles la ética está por encima de cualquier posible ganancia; que la caballerosidad y la gentileza, aún frente a quien puede aparecer como un acérrimo rival, son indispensables para hacer más llevadero el quehacer cotidiano; que se puede ser elegante sin herir susceptibilidades ni exacerbar complejos; que la cortesía es una cualidad innata del ser humano, capaz de abrir puertas que de otra manera se mantendrían cerradas y, sobre todo, que no hay nada en el mundo más importante que la familia y los amigos. Porque además de levantar una familia ejemplar, Fernando Eleta fue un gran amigo de sus amigos, sobre todo de aquéllos que por una razón u otra trabajaban con él o para él.

La fortuna acumulada a lo largo de su exitosa carrera empresarial jamás lo distanció de la gente humilde, a la que trataba con tanto o más respeto que a sus amigos más prósperos. Y es que detrás de esa gallardía innata, de esa ineludible imagen de patricio, resplandecía una generosidad y un sentido de la justicia con los que casi siempre sorprendía a quienes lo trataban por primera vez. Por todo ello, una amistad con Fernando Eleta era una amistad para toda la vida.

Tal vez una de las iniciativas de las que más orgulloso se sentía don Fernando era la de haber traído a Panamá el capítulo de ANCON, fundación internacional dedicada al cuidado de la naturaleza. Y es que Fernando Eleta amaba la tierra y los animales, amor que yo compartía y que motivaron entre nosotros diálogos interminables en torno a cómo proteger nuestro terruño de los abusos de los depredadores que, consciente o inconscientemente, insisten en destruir aquello que nos precedió en el tiempo y sirve de soporte permanente a nuestra existencia.

Y así, mientras en las honras fúnebres celebradas en capital se ha rendido merecido homenaje al patriota indiscutible y al empresario visionario y emprendedor, Fernando Eleta quiso que su última morada estuviera allá, en las faldas del volcán Barú, en la hacienda que con tanto empeño y amor construyó, frente a la majestuosa cumbre del Cerro Punta donde el cielo es más cielo y la tierra es más mullida y acogedora.