20 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

El ‘síndrome Noriega’: la megalomanía...

ABOGADO Y MILITAR RETIRADO.. ‘ Derribó del Trono a los Poderosos y exaltó a los humildes’, (La Magnífica).

ABOGADO Y MILITAR RETIRADO.

‘ Derribó del Trono a los Poderosos y exaltó a los humildes’, (La Magnífica).

La vez primera que escuché la palabra ‘megalomanía’ fue en la Escuela de Oficiales en Lima, a un teniente instructor, siendo yo cadete. Nos decía en la formación: ‘Cuando estén frente a sus tropas y van a dar órdenes, siéntanse megalómanos’. El oficial de entonces, era apenas un teniente, Danilo Agramonte. Creo que lo decía en broma, a manera de señalar la fuerza del mando de tropas.

¿Por qué ha tenido Manuel Antonio Noriega que aprender tan duramente de sus errores, tan graves? El, igual que todos los humanos, nació por gracia de Dios de un óvulo de su madre y su unión con la esperma paterna. De bebé debió ser cuidado con las mismas precauciones que cualquier infante. Cuando lo vi en el Perú, de adolescentes ambos, él algo mayor, más bien me pareció un ser apocado, tímido, algo taciturno, como golpeado por muchos traumas de vida, con infancia sin duda muy difícil.

Ya de oficiales, unos años más tarde, tampoco le advertí ‘ese delirio o locura de grandeza’, que llegada de raíz griega, nos define la Megalomanía, esa manía de sentirse grande, omnipotente, como queriendo robarle a Dios su magnificencia, que Él utiliza para el amor, no para el crimen ni la persecución.

¿Se imaginan si Dios fuera vengativo con nuestros pecados y fallas? No en vano la mente del gran poeta peruano César Vallejo, señala en sus ‘Heraldos Negros’, ‘golpes como del odio de Dios, como si ante ellos la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma, yo no sé’.

Ya al asumir el mando militar, el 12 de agosto de 1983, aunque Noriega ya gozaba de cierta fama cruel, aun no parecía querer llevar su poder hasta el infinito, como lo intentó. Pero, como le ha ocurrido y le ocurrirán a todos los que pretendan sojuzgar indefinidamente a sus congéneres, al final, se encontrarán con la sentencia de Ghandi: ‘Cuando me desespero, recuerdo que a través de la historia, los caminos de la verdad y del amor siempre han triunfado. Ha habido tiranos, asesinos, y por un tiempo pueden parecer invencibles, pero al final, siempre caen’.

Cuando aun bajo el régimen del reo de París, escribía salido de la cárcel en Caracas mi primer libro, ‘Panamá, mucho más que Noriega’, esos primeros días de 1988 me llenaban de impaciencia. La frase del líder hindú me dio un alivio. Y cuando al llamar a Panamá a hermanos o amigos me bajaban la moral diciéndome que el dictador estaba más fuerte que nunca, Bapu me ofreció otra receta:

‘En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle’.

Hoy, las calles del mundo se atestan de gente diciendo ‘Basta Ya’; se les llama indignados, pero pueden recibir otros nombres.

Son varios los que no quisieron aprender a tiempo: Mubarak, Gadafi, Berlusconi, otros; en nuestro continente, Los Somoza, Fujimori, Noriega, otros varios.

La ola creciente de indignados, como un virus mortal y poderoso contra los megalómanos, llegará a donde tengan que llegar.

‘A los necesitados los llenó de bienes y a los ricos los dejó sin cosa alguna’, La Magnifica.

¿Y cuál es la fuerza más poderosa en manos de los buenos hombres? En este punto, Mahatma Gandhi, el hombre que liberó de la déspota colonia inglesa a un subcontinente, coincide totalmente con Jesús: ‘El Amor es la fuerza más humilde, pero la más poderosa de que dispone el ser humano’.

Manuel Antonio Noriega y muchos otros se olvidaron de esa lección.