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29 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Un par de pintas...

Las estadísticas de la Dirección de Aduanas no pueden ser más elocuentes. Se han importado 45 millones de litros de cerveza a este espum...

Las estadísticas de la Dirección de Aduanas no pueden ser más elocuentes. Se han importado 45 millones de litros de cerveza a este espumoso país. Esto quiere decir que, si se hace una relación con la producción panameña, cada uno de nosotros consume 13 litros de este fermento de cebada, aromatizado con lúpulo, que entra por la frontera.

Todavía hay que sumarle la porción local, que los ‘chupatines’ catan por cualquier razón; ya sea por celebraciones o lamentaciones. Esto, según la Contraloría General de la República es un total de 12 millones, 500 mil litros en el primer semestre de 2011, un incremento de 6.70% con relación a 2010.

La suma de ambos datos nos proyecta el consumo cervecero per capital nacional —consumo interno bruto, (CIB)—, una de las más importantes cifras del país, que, si comparamos con el resto de Centroamérica, quizás daría a los istmeños un nuevo sitial en los registros internacionales.

Pero este no es un escaño a donde hemos llegado recientemente. En 1939 había cuatro compañías que producían las marcas Atlas, Milwaukee Brew, HB, Balboa (Special y Pilsener). Además, se sumaron otros sellos como Barrilito, Guaymí, Tap y Champeil.

La cantidad de ese líquido rubio (o negro, según la marca), era tanta, que para ‘evitar una competencia desleal, se dieron pasos para fundar la Cervecería Nacional’, un monopolio que duró varios lustros.

La afición por esa bebida se impulsó en Panamá desde 1909 con la fundación de la primera fábrica. Eso quiere decir que ya tenemos 100 años de saborear ese néctar de cereal y ahora se buscan remedios para bajar la profusión de ‘parrilladas’, cantinas disimuladas que surgen por doquier en mayor cantidad que escuelas, centros de salud y cafés internets o infoplazas.

Dos anécdotas que ilustran el gusto panameño por ese caldo vegetal envejecido y añejado en toneles de robre o acero. Cuando Torrijos (el padre) deambulaba por Bocas del Toro con el cacique Mónico Cruz, recibió quejas, sobre todo, de las mujeres en torno a las ‘jumas de cholo’ de los maridos y debió prohibir el expendio de licor para poder impulsar proyectos de desarrollo en esa región.

Una vez visité el poblado de Punta Alegre en Darién y observé la escuela con techo y todo en el suelo. Más adelante encontré que casi la población masculina se repartía en dos de las cantinas del estrecho pueblo pesquero; sin que a nadie le interesara o se preocupara por el destino de la educación en esa comunidad. El disfrute de los parroquianos era el principal entretenimiento.

Esta bebida es tan antigua, que algunos afirman que su nombre está ligado a los dioses. Su etimología la lleva hasta el concepto latino cervesia y este, al de cerevisia, voces cuyo prefijo proviene de Ceres, la diosa de la Tierra y los cereales y ‘vis’, que quería decir fuerza.

Tomarse un ‘par de pintas’ es una de las mentiras nacionales (nunca queda en dos) y además, un estímulo al consumo y por tanto a la fuga de divisas. Incluso existe la paradoja de que una de las tradicionales marcas que nació en Panamá, ahora es importada desde México, no obstante su alusión a la soberanía.

El consumo del ‘pan líquido’ mantiene un ritmo ascendente y su destino es muy amplio. Cualquier medida que procure disminuir su ingesta, encontrará más contingencias que espumas en un vaso cervecero, como ya lo ha demostrado la historia en el país y en la actualidad, por los decretos hortalizas que surgen y que son burlados por sedientos parroquianos y elásticas autoridades.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.