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23 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Lo que representa la cruz

En la iconografía cristiana de los primeros siglos rara vez se encuentra algo como la cruz o el crucifijo moderno. Se simbolizaba a Jesú...

En la iconografía cristiana de los primeros siglos rara vez se encuentra algo como la cruz o el crucifijo moderno. Se simbolizaba a Jesús como un pez o un ancla, pero nunca con esa herramienta de tortura o muerte. Cuando Jesús murió en la cruz, ese instrumento se había convertido en símbolo de todo el mal que sobrevino al mundo como resultado del pecado de Adán y Eva y de sus descendientes. La Humanidad entera, pecadora, había quedado destituida de la relación con Dios iniciada en el jardín del Edén. El pecado se había convertido en un elemento hostil a la Creación divina y se reflejaba no solo en el ser humano sino en la misma naturaleza.

En las puertas del Edén se inició el gran conflicto entre el bien y el mal. Dios anunció que pondría enemistad entre los dos bandos y que esa guerra espiritual no sería eterna, porque la cabeza del enemigo, Satanás, sería finalmente aplastada. Por distintas vías, a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento, la Humanidad recibió una poderosa imagen del plan de salvación y de lo que cuesta la redención de la raza caída.

Los evangelios concluyen que por más milagrosos que hubieran sido su nacimiento y su ministerio, la gran misión de la vida de Jesús fue su muerte redentora. La concentración del relato está en la última semana de su vida. La muerte en la cruz fue el precio que tuvo que pagar por vencer el poder destructivo del pecado y seguir amando a los pecadores.

Es que el pecado separa al hombre de Dios, lo esconde de su Creador. Jesús sintió esa tragedia cuando cargó los pecados de la Humanidad. ‘Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’, fue su grito de desamparo. En medio de una intensa agonía mental y corporal, el Salvador temía que el peso del pecado fuese tan ofensivo para Dios que su separación resultara eterna. El sentido del pecado fue lo que hizo tan amargo el castigo que experimentó y que quebrantó su corazón. En ese clamor puede obtenerse una vislumbre de lo que Dios mismo estuvo dispuesto a soportar a fin de darle salvación a la Humanidad.

La misión de Jesús fue la de recomponer la relación de las criaturas con su Creador. Y Jesús era el único que podría resolver en forma definitiva la disonancia que había generado el pecado en el Universo.

La ley inamovible de Dios establecía que la paga del pecado es la muerte eterna y solo una divinidad que poseyera en su esencia los atributos de la eternidad podía saldar esa deuda. Jesús cargó sobre sí la culpa del pecado, para que los seres humanos no tuvieran que soportarla. Eso es en esencia el plan de salvación.

Esto es incomprensible para el pensamiento humano, que no ha sido impresionado por el Espíritu de Dios. El ser infinito, el santo Creador, se sacrificó en favor de sus enemigos declarados, tomando sobre sí mismo la penalidad de sus pecados. Dios perdona a los pecadores al pagar él mismo el precio del pecado y recibir la penalidad de ese pecado. En el Calvario reveló cuánto cuesta perdonar.

Por la familiaridad con el mal, el hombre se vuelve ciego ante lo terrible del dominio del pecado y son pocos los que buscan la ayuda divina para desligarse de su poder. No puede comprarse el perdón con limosnas, penitencias, sacrificios corporales, rituales religiosos y rezos. Nada sustituye el arrepentimiento genuino. Todas las obras buenas no pueden cruzar el abismo entre el ser humano pecador y un Dios santo. El único camino para salvarlo era que Jesús pagara el precio como sustituto y luego ofreciera su perfecta justicia al ser humano que la reclama y recibe con fe.

El plan de salvación de la raza humana es una realidad tan profunda que solo es posible captar algo de ella. Más allá, el pensamiento se detiene y al ser humano solo le queda adorar.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.