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15 de Nov de 2019

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La pollera del congo

Las comunidades de ascendencia africana que se establecieron en el territorio panameño durante la colonia, enfrentaron a los españoles —...

Las comunidades de ascendencia africana que se establecieron en el territorio panameño durante la colonia, enfrentaron a los españoles —que las habían traído como esclavas— con diferentes actitudes. Unos con sumisión, ubicados en los arrabales de extramuros de la ciudad y otros, con rencor y rebeldía, se replegaron a los campos en parajes selváticos o cercanos a las costas del Caribe.

Ambos, crearon una cultura con una cosmogonía, donde articularon sus valores ancestrales y los unieron a la situación del momento. De este sincretismo salieron las creencias y los signos que concretaron una forma de ser y de interpretar la realidad.

El espíritu de insurgencia, que en su mayoría guardaban bajo la epidermis, creó un tipo específico de manifestaciones, que se llamó ‘congo’ y ella se caracterizó por utilizar, como códigos, todas aquellas formas de comunicación que reflejaban el enfrentamiento tradicional con la metrópoli, las figuras de la monarquía ibérica, la aristocracia y el clero.

Hablar en revesina, la utilización de retruécanos, la deformación silábica, la metáfora y la hipérbole, son algunas herramientas o estrategias populares que le dan sentido a la recreación de un mundo que los hombres y mujeres de estas colectividades representaban en sus fiestas populares. La danza, recogía también esta oposición y agregaba la exagerada sensualidad que daba forma y ritmo a sus cuerpos.

En una composición musical de los grupos congos hay todo eso. Las almas que son disputadas como botín por ángeles y demonios; el hombre común que se burla de la formalidad cortesana; los pájaros, peces y animales que interactúan con la vida cotidiana de la gente y una interlocución comprensible solo en el espectáculo teatral que ameniza sus noches.

En Portobelo hubo una fiesta dedicada a la pollera de los congos. Esa prenda de vestir que cubría el cuerpo de las féminas y protegía del sol, el viento y la humedad, la piel de ébano de quien trabajaba en las labores cotidianas. Ahora esa forma de vestimenta es un símbolo propio de las celebraciones y característica de una inflexión del diálogo al son de los tambores.

Se asemeja a la pollera de los pueblos del Pacífico, pero ella adquiere características propias, por influencias de los ‘madras’ antillanos y sus tonos estampados, difieren de las labores de bordado, talco en sombra o calado de las campesinas.

La fiesta de los congos sacó a relucir curiosidades como los colores utilizados por cada pueblo para identificarse; Portobelo, María Chiquita, Cacique, Cuango, Colón, entre otros.

Este año no fueron diablitos y monstruos en rojinegro que corrieron por las calles y ruinas del poblado de las ferias coloniales. Desde que empezó la tarde, grupos de empolleradas exhibieron su ropaje y se contonearon a pie o navegaron en procesión de embarcaciones por la bahía y el repicar de los cueros dejó escuchar las melodías propias o arreglos que tomaban prestada la letra y el ritmo para celebrar.

La casa de Sandra Eleta se llenó poco a poco de visitantes. En el edificio de la Aduana hubo ceremonias protocolares y exposiciones. Afuera, la comida criolla y el aroma de mariscos daba la atmósfera para esperar con paciencia que las comparsas llegaran a la plaza.

Se armó la fiesta con los personajes típicos y las mujeres que hacían el quite a los faunos, diablos, ‘pajaritos’ y truhanes, que, con ritmo y brincos, buscaban los labios, un abrazo, un brillo coqueto de ojos que esconden en su picardía, una contradicción guardada por la posteridad y que ahora se desdobla entre pitos, gestos, palmas y el fraseo de las cantalantes.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.