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21 de Oct de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Adicción a la demagogia

De la teoría de la mente se desprende la posibilidad de predecir conductas, pensamientos, creencias y hasta las intenciones de las perso...

De la teoría de la mente se desprende la posibilidad de predecir conductas, pensamientos, creencias y hasta las intenciones de las personas. Así es posible concertar acciones en beneficio del colectivo social o utilizar estrategias para tratar de engañarlo.

La ausencia de juicios éticos deja al individuo a la deriva de sus impulsos primarios, sin disyuntiva frente a los dilemas morales. En lugar de la empatía, es dominado por la ira y los deseos de venganza. Pero puede cultivar también la habilidad de estar consciente de los sentimientos de los demás y establecer relaciones interpersonales e interactuar con el entorno para generar emociones positivas que sirven de motivadores sociales.

La interacción entre los códigos genéticos y el aprendizaje es lo que define la conducta y la personalidad. Hay una pugna permanente entre las habilidades conductuales de altruismo y amistad y las capacidades agresivas y confrontativas.

Existe un sistema cerebral que se activa para dar lugar a la agresión, pero esto no sucede automáticamente. Los estímulos son filtrados, seleccionados y modulados por el propio cerebro, y la conducta agresiva es una de las tantas expresiones de comportamiento disponibles para la acción. Quien no puede controlarla, es porque tiene una deficiencia funcional en las áreas cerebrales relacionadas con la agresividad. Está en el individuo promover la confrontación o la tolerancia.

Hace unos días Roberto Henríquez, caracterizó a Ricardo Martinelli como un caudillo del siglo XXI que ‘hace lo que su conciencia le dice que debe hacer’. Esto confirma que Martinelli está plenamente consciente del daño que está causando al colectivo social. Los resultados están a la vista y al país le costará mucho recuperarse del trauma causado a sus instituciones y a la psiquis social, sin enumerar el efecto del saqueo de los recursos del Estado y la corrupción desenfrenada.

Cada individuo tiene la dotación biológica, psicológica, conductual y cultural tanto para ser destructivo como para ser benevolente y solidario. Pero Martinelli no es un referente para la sociedad en cuanto a valores sociales y morales, porque su concepción es que el país se divide en gobernantes y súbditos.

Ha echado mano del marketing para manipular las emociones nacidas de la lucha por el poder, lo que deja al descubierto la demagogia que domina el cerebro de los líderes políticos inescrupulosos. Busca aletargar la sociedad en una suerte de adicción a la demagogia, a aceptar las mentiras y las falsas promesas. El objetivo es tener una clientela política cautiva en un escenario con mucho circo y poco pan, mientras desde el gobierno se actúa cada vez con mayor impunidad y desfachatez.

Pero el colectivo social no puede ser inducido a un constante estado de manipulación por falsos profetas. Poco a poco los ciudadanos han identificado los distintos caracteres de Martinelli y las diferentes representaciones de un personaje que encubrió sus propias motivaciones.

En campaña electoral vociferaba que no necesitaba nada, porque lo tenía todo. Pero le faltaba el poder político. Usó la política como una careta, para esconder su grotesco rostro de mercader. En una burla permanente, desde el primer día tiró a la basura las expectativas ciudadanas, con la consigna de que ‘me eligieron, ahora me aguantan’. Para corromper la mentalidad colectiva, está empeñado en envilecer la sociedad. Todo puede comprarse. Como producto de supermercado, toda persona tiene un precio.

Para neutralizar cualquier irritación social emplea la manipulación de los medios de comunicación y genera divisiones entre los liderazgos políticos, empresariales, sindicales y sociales mediante la corrupción o la persecución. Promoviendo los vicios desde el poder trata de impedir la toma de conciencia, la resistencia civil y la acción social directa.

Si bien las sociedades son estructuras supraindividuales con factores y dinámica propia —y las transformaciones sociales no parten de individuos, sino de grupos que luchan por el poder para desde allí producir las modificaciones— el cambio hacia una mayor justicia debe darse en el individuo o en núcleos pequeños, con la adquisición de una nueva forma de pensar y de convivir, de una nueva cultura social.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.