Temas Especiales

26 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Entre héroes y verdugos

P anamá recibió la semana pasada como un triunfo colectivo la hazaña de César Barría de cruzar a nado los 20 kilómetros del canal califo...

P anamá recibió la semana pasada como un triunfo colectivo la hazaña de César Barría de cruzar a nado los 20 kilómetros del canal californiano de Santa Bárbara. Barría demostró que hay panameños para quienes el empeñoso esfuerzo y la tenaz perseverancia son instrumentos invalorables para conquistar sus metas. Esos panameños rechazan como modelo el dinero fácil, las ganancias deshonestas y la corrupción.

El país también se regocijó la semana pasada con el reconocimiento a seis de los más excelsos maestros de la literatura nacional. Sydia Candanedo de Zúñiga, Guillermo Sánchez Borbón, Álvaro Menéndez Franco, Carlos Francisco Changmarín, José Franco y José Guillermo Ríos Zanet, son parte integral del patrimonio cultural panameño.

Resultó elogioso lo actuado por la Fundación Menéndez y la Alcaldía de Panamá al honrar a estos creadores de humanidad. Desde sus distintas vertientes, y con diferente acento, cada uno de ellos ha contribuido a dignificar el alma nacional, al dedicar sus vidas al solitario arte de la literatura. Pero no cualquier literatura. Aquella que —lejos de cultivar la frivolidad y el espectáculo como parte del modelo de comercio y servicio en que está construida la economía— dignifica la naturaleza humana y adecenta su genuino espíritu.

Estos representantes de la identidad nacional han hablado en nombre de innumerables generaciones de panameños orgullosos de ser parte activa de esta tierra. Por el respeto que se tienen a sí mismos no han claudicado sobre sus valores, ni han arriado la bandera de la convivencia, de la libertad y de la paz y han mantenido en alto sus antorchas luminosas para alumbrar la conciencia y la razón ante tanta desvergüenza y sinrazón.

Esas voces son parte del coro mayor que debe encontrar eco en el creciente clamor ciudadano hasta convertirse, desde distintos ámbitos, en una resistencia patriótica al grupo faccioso que interpretó a su conveniencia el voto popular que los encaramó en el poder y que está destrozando las bases institucionales sobre las que se constituyó la Nación.

Porque en una democracia el principal ejemplo de convivencia debe darlo el primer mandatario. Pero, por el contrario, Ricardo Martinelli, al rechazar el diálogo y el consenso, ha declarado la guerra a la sociedad panameña. Enfocado en los comicios del 2014, está inmerso en una batalla permanente por imponer el continuismo, en contravía con las demandas de pluralidad por parte de la mayoría ciudadana.

Así como advirtió de manera irrespetuosa a Gerardo Solís que al terminar su gestión en el Tribunal Electoral debe irse para su casa, debe entender que los panameños anhelan superar en el 2014 la pesadilla que representa su gobierno.

Como los $70 millones que derrocha anualmente para bombardear a la población con propaganda oficial no han dado resultado, anunció la creación de un grupo ofensivo denominado gladiadores.

Es posible que el anuncio solo esté dirigido a generar mayor crispación, pero su concepción es la expresión de una óptica violenta, de la visión que tiene este gobierno sobre cómo relacionarse con el resto del país. Porque la ciudadanía le ha perdido el miedo, ahora busca construir nuevos miedos con la amenaza de una fuerza capaz de generar mayor violencia y sembrar el terror.

Martinelli es un gobernante lleno de prejuicios y de ideas conspirativas. Por eso acompaña la violencia verbal y gestual, con avances contra la libertad y la propiedad, contra la dignidad y el respeto, sumados a la propaganda calumniosa en los medios oficiales, insultos, obscenidades y odios reconcentrados.

Ante lo arrasador de las imposiciones y el absolutismo de Martinelli, la ciudadanía no debe sumirse en la impotencia y el abatimiento. Tiene como ejemplo a los maestros de la literatura que apuntalaron lo más genuino y vigoroso de esta Nación. Esos que impidieron que entrara en la curva del decaimiento de los espíritus y la empujaron a enfrentar los más implacables métodos de dominación y de empecinamiento por controlar el poder de modo indefinido.

Cuando el aire enrarecido por el autoritarismo se hacía irrespirable para la Nación, la voluntad transformadora los alentó a echar mano de todos los resortes disponibles de la literatura. Ellos han demostrado que vale mucho más poseer estrellas en la frente, que armas de intimidación en las manos.

PERIODISTA