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27 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

China y Taiwán vs. Japón

S ólo como producto de la improvisación, y de falta de la debida asesoría, puede entenderse la reciente y poco afortunada declaración de...

S ólo como producto de la improvisación, y de falta de la debida asesoría, puede entenderse la reciente y poco afortunada declaración de apoyo al Japón del presidente Martinelli, durante su visita a ese país, en la disputa sobre la soberanía de las islas Daioyu o Sensaku o Pinnacle. Por esos tres nombres se conoce al grupúsculo de pequeñas islas e islotes, con una superficie total de unos siete kilómetros cuadrados, o sea, la mitad de nuestra isla de Taboga, ubicados a mitad de camino entre la isla de Taiwán y la isla de Okinawa, al sur del Japón.

Tan atrás, como a mediados del siglo XVI, el conjunto de las islas perteneció al imperio de la China, del que también era parte la isla de Taiwán o Formosa. De ellas se apropió Japón durante la guerra chino-japonesa de finales del siglo XIX, al igual que hizo con casi la mitad del Pacífico, durante la segunda guerra mundial, cuando, en su expansión belicista ocupó territorio continental de China, Korea y de varios países del sudeste de Asia.

En el período que medió entre la guerra chino-japonesa, desde 1895 hasta 1945, el Japón tuvo el control absoluto del pequeño conjunto de islas; pero a raíz de su derrota se le impuso, entre otras obligaciones, la de devolver las islas que había tomado por la fuerza, entre ellas, las ahora en disputa y sobre las que asumió control los Estados Unidos. Pero en 1972, por un tratado, norteamericanos y japoneses, convinieron en devolver al Japón el pequeño archipiélago. China y Taiwán, que en este asunto tienen la misma posición, nunca han aceptado la devolución hecha al Japón, pues sostienen que sus legítimos soberanos son los chinos y, más específicamente, que las islas son parte del territorio de Taiwán.

El diferendo, por consiguiente, no es una disputa territorial bilateral entre China y Japón; también incluye a Taiwán. Ese aspecto, como producto de la improvisación, fue ignorado; y dudo que se haya pensado en las consecuencias que llevaba aparejadas. Panamá no tiene relaciones diplomáticas con la China Popular; pero nuestras relaciones comerciales son de vital importancia, pues es el principal proveedor de la Zona Libre de Colón y el segundo usuario del Canal, y más pronto que tarde, se afectarán si no se produce una rectificación. Tampoco hemos quedado bien con Taiwán, nuestros aliados por muchos conceptos, y que nos han aportado ayudas directas de cuantificable importancia económica.

¿Qué necesidad tenía nuestro presidente en tomar partido a favor del Japón en un asunto de tanta sensibilidad para chinos y taiwaneses? ¿Qué necesidad hubo, en otro momento desafortunado, de que el presidente reconociera o declarara que Israel era el guardián de Jerusalén? Israel no reclama ese papel y todas las religiones que consideran a esa ciudad como propia conviven en ella mediante entendimientos de vieja data y en armonía que debían ser conocidos por nuestras autoridades.

Por disposición constitucional (Artículo 184) es atribución del presidente de la República dirigir las relaciones exteriores, con la colaboración del Ministerio de Relaciones Exteriores. Y este, por elemental sentido común, debe alimentarlo con información adecuada y actualizada para que le sirva cuando viaja representando a la Nación, y no improvise. Una de tres: o esa función no la cumplió la Cancillería o el presidente no se tomó el trabajo de revisar el ‘dossier’ que debieron haberle entregado o el ministro tampoco sabía por dónde iba tabla. Cualquiera fuera el caso, el saldo es que hemos vuelto a hacer un ridículo internacional y a complicar, innecesariamente y como producto de la improvisación, nuestras relaciones con dos países de suma importancia para Panamá.

ABOGADO, POLÍTICO INDEPENDIENTE.