29 de Sep de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Los tambores en el Panamá Colonial

Se escogió noviembre para celebrar el cumpleaños a la Patria y todos los gritos de independencia en la República. Con charreteras dorada...

Se escogió noviembre para celebrar el cumpleaños a la Patria y todos los gritos de independencia en la República. Con charreteras doradas, batutas, quepis, sables, faldas ‘medio paso’ y uniformes polícromos nuestra gente desfila con tremendo ‘swing’ por la geografía nacional, como si el nuevo paso fuera enseñado por un solo maestro. Durante el mes, se organizan eventos folklóricos en cada provincia y es en esos actos cuando aparecen con fuerza arrolladora nuestros tambores, que eran cantados hace miles de años y transmitidos de generación en generación. Nuestra sangre latina bulle en nuestro ser al compás de los versos, el donaire, los tembleques, las cadenas chatas y el pelo cuscú de aquella Pancha Manchá de Korsi, cobra un protagonismo inusitado.

Y es allí, luego de ver las cadencias, los quites y desquites que hace de nuestro baile un poema, nos preguntamos ¡Cómo es que el tambor fue considerado, en el tiempo de la colonia ‘un baile prohibido, satánico, de muy baja estima’ y sentenciados por la curia y los ‘señoritos’ de esos tiempos, quienes castigaban a los negros por estar fuera de la ley.

Esos datos y penurias los que atravesaron los negros esclavos que fueron traídos hacia Panamá por los Españoles fueron los pilares de la economía de los señorones, quienes los usaban como mulas de carga, panaderos, buceadores, en los cañaverales, trapiches, la pesca, carpintería y todos los trabajos pesados que debían hacer con esmero, evitando así los castigos severos de la época. Los primeros buhoneros panameños fueron los negros, los mercanchifes fueron los españoles y los primeros debían tener permisos previos. La negras eran para el concubinato, las blancas para los matrimonios. Las negras cargaban en sus tamugas de ropa sucia a las ‘señoritas’ quienes iban a encontrarse con sus ‘novios’.

Muchos datos más pude encontrarlos en la obra del Dr. Mario Molina Castillo, quien en sus 313 páginas de su reciente producción literaria ‘La tragedia del color en Panamá Colonial, 1501-1821’, nos ofrece una gama de conocimientos, citas literarias y manuscritos que no dan paso a la duda. Sus viajes a los más grandes archivos de España, Perú, Costa Rica, Colombia y Panamá dan prueba fehaciente de que en Panamá, Veraguas y en Chiriquí, hubo esclavitud de la más cruel que se puede imaginar un ser humano. Hubo momentos en que me hirvió la sangre al saber las atrocidades que se cometieron contra una gente que fue desarraigada de sus pueblos natales y sólo por que la negritud de su piel era diferente, fueron tratados como inferiores. Luego de leer concienzudamente esta obra, comprendo mejor la tragedia del negro, la creación de los palenques, la bravura de Bayano, la figura poética del Chimbombó cantada por Demetrio Korsi en el ‘Incidente de Cumbia’.

Revisando el listado de amos y esclavos de la provincia de Chiriquí, nos tropezamos con apellidos tales como López, Yángüez, Pino, Hacera, Gallegos, Franceschi, Araúz, Pinzón y Ramírez. En Veraguas vimos un Alvarado, que no dudo sea un antepasado, más ahora, después de vieja que se me está encrespando el cabello. De verdad que al terminar la obra, no me arrepiento de haber cantado y bailado los tambores panameños, pues aunque fueron prohibidos en la colonia, gracias a Dios ya pasó la esclavitud. Mario, seguiremos. Bailando en el Barrio Bolívar cada 28 de noviembre ‘El canto de Alejandrina la ex reina congo’ abaja la batea, y trae pa’ve, tamales calientes pal inglés y abaja la batea y trae pa’ve.

*PERIODISTA