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19 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Desigualdad social: las dos caras de Panamá

P anamá es un país con una gran diversidad étnica, social y cultural, debido a su posición geográfica e histórica. Pero ello también hac...

P anamá es un país con una gran diversidad étnica, social y cultural, debido a su posición geográfica e histórica. Pero ello también hace evidente las grandes diferencias políticas, sociales y económicas entre grupos, que derivan en trato desigual y discriminaciones. El ideólogo y estadístico italiano Corrado Gini, en su obra ‘Variabilidad y Mutabilidad’, desarrolló un método para medir la desigualdad de la distribución de riquezas, denominado Coeficiente de Gini. El mismo va de 0 (menor desigualdad) a 1 (mayor desigualdad). Quizás donde tiene su uso más característico es en el estudio de la desigualdad de los ingresos en Economía, conocido como Índice de Gini, expresado en porcentaje de 0 a 100%.

A pesar de su crecimiento económico y a megaproyectos en construcción, el nuestro es un país donde las desigualdades entre sus ciudadanos son muy marcadas. Conforme al documento de UNICEF para 2012 – 2015, Panamá se encuentra entre los quince países del mundo con mayor desigualdad económica y en Latinoamérica ocupa el tercer lugar, con 55%.

Existe un Panamá metropolitano y otro del resto del país. En la capital, los cinturones de pobreza que rodean a la riqueza no se pueden esconder. Hemos avanzado impresionantemente en la economía, pero también ha aumentado la diferencia entre ricos y los menos favorecidos de la bonanza y beneficios del desarrollo.

La desigualdad económica es un fenómeno histórico y cultural que ha existido hasta convertirse en un problema social para todas las naciones. Es la condición por la cual las personas tienen un acceso disímil a los recursos de todo tipo, a los servicios y a las posiciones que valora la sociedad. Este tipo de desigualdad está fuertemente relacionada al estrato social, al género, a la etnia, a la religión, entre otros.

Hace más de 250 años, el filósofo francés Juan Jacobo Rousseau se interesó por el tema y escribió su obra ‘Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres’. En ella, Rousseau sostiene que la desigualdad social y política no deviene de una voluntad divina y tampoco es consecuencia de la desigualdad natural entre los hombres. Por el contrario, señala que su origen es el resultado de la propiedad privada y de los abusos de aquéllos que se apropian para sí de la riqueza del mundo y de los beneficios privados que derivan de esa apropiación. Ya en esa época, buscar respuestas a la desigualdad social era un tema central para las ciencias sociales.

Las formas más extremas de la desigualdad social toman la característica de dominación en distintos aspectos. El individuo se ve oprimido de manera económica, política, religiosa y cultural. Este fenómeno afecta más a las minorías sociales, quienes son las que sufren la mayor parte de las carencias, o ven limitadas sus aspiraciones a una vida mejor.

En su reciente trabajo ‘Desigualdad: Un análisis de la infelicidad colectica’, Richard Wilkinson y Kate Pickett revelaron que los países con mayores índices de desigualdades económicas sufren mayores problemas sociales como la pobreza, desempleo, enfermedades mentales y drogas; menor esperanza de vida; peores rendimientos académicos y mayores índices de embarazos juveniles no deseados. Los grupos originarios muchas veces son los más afectados.

La mayor desigualdad también se ve reflejada en la educación, que a su vez es una manifestación de la discordancia de oportunidades, que se da cuando las condiciones para ocupar cualquier posición no están distribuidas de una forma igualitaria para todos de acuerdo a criterios competitivos, sino que intervienen en la selección el estatus social; los recursos económicos; las ideologías políticas y religiosas, los grupos étnicos y el género.

Ello es consecuencia de las diferencias entre quienes pueden pagar por recibir una exclusiva y prestigiosa educación y los que solo pueden acceder a la gratuita que da el Estado, muchas veces de carácter mediocre. A ello se suman las pugnas permanentes entre los gremios magisteriales y el Gobierno, lo que no facilita alcanzar las mejoras que el sistema requiere y brindar a los panameños la posibilidad de acceder a un sistema escolar público sinónimo de excelencia y éxito ciudadano.

La desigualdad se refleja también en los precios de la canasta básica, que afecta gravemente la calidad de vida de las personas con menores ingresos, en detrimento de su alimentación y salud, contrario a las clases sociales altas con mayor capacidad adquisitiva.

Y qué decir del problema del transporte, de quienes no cuentan con otra forma de movilización que no sea el público y que se ven inmersos en el caos diario de poder llegar a sus empleos a tiempo y poder regresar a sus hogares en un horario familiar decente.

La desigualdad en todas sus formas genera estrés, inconformidad, tensión y, a la larga, animadversión hacia la clase política. Ello se manifiesta con más intensidad en cada período electoral, donde la promesa de cambiar la vida de los electores carece de propuestas coherentes con las necesidades de los ciudadanos.

Este año previo a las elecciones, es el momento propicio para reflexionar sobre lo que queremos sea nuestro país, donde la democracia como sistema de gobierno garantice disminuir la brecha entre ricos y pobres, en vías de alcanzar las Metas del Milenio. Donde los ciudadanos puedan aspirar a condiciones de vida dignas y no existan distingos políticos, de raza, sexo o religión, para lograr el sueño de mejores días. Panamá lo merece. Panamá lo necesita.

ABOGADO.