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17 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Mandela y sus decisiones

Venimos con la certeza de la muerte. Lo demás es relativo. Las creencias de cielo e infierno son una cuestión de Fe. Aquí en la Tierra, ...

Venimos con la certeza de la muerte. Lo demás es relativo. Las creencias de cielo e infierno son una cuestión de Fe. Aquí en la Tierra, a lo largo de todos los tiempos, los retos, las penurias y las felicidades son el resultado de una compleja madeja de factores que nos va tendiendo la vida; y, ante todo, de las decisiones que tomamos para enfrentarlos. Eso, las decisiones, al final, hacen de nosotros las personas que somos.

Los demógrafos tienen diversas teorías para calcular cuánta gente ha andado estas tierras desde que el homo sapiens dio sus primeros pasos, hace aproximadamente 50 mil años; lo que representa el punto inicial de cualquier cálculo en esta materia.

El año pasado se estimó que la población mundial alcanzaba la cifra de siete mil millones de personas y cada año realizan cálculos para precisar cuánta gente ha vivido a lo largo de los tiempos. Pregunta difícil de resolver, tomando en cuenta las diversas variantes que hay que evaluar para resolver esta interrogante.

Una de las más arduas tiene que ver con que, como humanidad, apenas hemos comenzado a llevar estadísticas fiables. Dice el Buró de Referencia de Población en Washington que: ‘Desde alrededor de 1800, y hasta un poco antes de eso, es que los datos se hace mucho más exactas’. De la casi precisa cifra de siete mil millones de habitantes que se publicó el año pasado, los expertos demógrafos estimaron que en la historia de la humanidad, han vivido sobe la Tierra cerca de 107 mil millones de personas. De esta enorme cifra, los libros de historia solo reconocen una mínima parte del aporte de hombres y mujeres que han permitido que estemos aquí a inicios del siglo XXI. Aportes de individuos que sortearon las amenazas directas e indirectas del entorno; naturales o producidas por el propio hombre, para allanar el camino de la existencia; y, de cierto modo, alargarla. Algunos, quizás los más, aportaron y no han sido reconocidos. Eso queda en la incógnita.

La gran mayoría de esta población, millones y millones de miles de personas, pasaron del estado inicial que representó la maravilla de la presencia a la certeza de la muerte. Transitando el tiempo sin aportes mayores y sorteando las amenazas de la existencia. Superviviendo. Otros, mistificados por creencias determinadas por otros humanos más dominantes y por muchos embaucadores y embusteros.

En este tiempo que vivimos, y en estas células humanas en donde pasamos la mayoría de la existencia moderna, las conexiones sociales y políticas, el dinero, los autos, las mansiones, el estatus y el glamour son reconocidos como una condición de ser humano superior. Es más reconocido por la población un jugador de fútbol, que un científico que trabaja afanosamente por prolongar la existencia de la especie. Los sacrificios son diferentes; y, claro está, que uno de los dos tendrá más relevancia a largo plazo sobre la vida.

A la hora que envié este artículo para publicación, el mundo, literalmente, estaba al tanto de las condiciones de salud de Nelson Mandela. La certeza de la muerte, a esta hora, no sé si lo ha tocado, pero pareciera que muy pocas horas, o días, le quedan para estar entre nosotros.

Hace unos tres años se estrenó la película Invictus, del director estadounidense Clint Eastwood, con actuaciones de Morgan Freeman como Nelson Mandela y Matt Demon. Un intento semibiográfico sobre Mandela de la época Post Apartheid en Sur África. Una cosa quedó claro desde el principio, bien claro: Nelson Mandela no se pasó 27 años en la cárcel para luego llegar al poder y vengarse de sus oponentes; pasar la factura como diríamos aquí. No contempló castigar a los que atentaron contra su vida y contra la vida de millones de negros sudafricanos. Ni examinó la idea de perseguir a los que dentro del sistema del Apartheid abusaron sangrientamente del poder por mucho más de medio siglo; sistema bajo el cual desaparecieron o murieron miles de personas.

La conducta de perdón y reconciliación de Mandela fue producto de un profundo proceso de trascendencia íntimamente humana (algunos dirían que espiritual), inspirado en el poema ‘Invictus’, del poeta británico del siglo dieciocho William Ernest Henley; poema que mantuvo en su celda por muchos años.

Ya como presidente de su país, Mandela promovió tenazmente su visión de reconciliación. En 1995, en Sudáfrica, se firmó el Acta para la promoción de la Unidad y Reconciliación Nacional (Promotion of National Unity and Reconciliation Act). Esto dio lugar a la creación de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (Truth and Reconciliation Commission). Cuando la presidenta Moscoso promovió una Comisión de la Verdad durante su gobierno, no hablaba de reconciliación por ningún lado. La intención del TRC sudafricano era de ‘servir de testigo, documentar y, en algunos casos, rehabilitar y dar amnistía a los autores de crímenes relacionados a violación de los derechos humanos’. Tenía la autoridad de brindar indemnizaciones a las víctimas o sus familiares.

Mandela está por irse, partir al infinito del tiempo y del entendimiento humano sobre la vida, la razón de ser y, en pocos casos, sobre la trascendencia. Pero, sin lugar a dudas, sus decisiones como ser humano lo hacen uno de los grandes dentro de ese puñado de seres que contribuyeron con su sacrificio personal por permitir mejores condiciones de existencia para otros seres humanos.

COMUNICADOR SOCIAL.