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31 de Mar de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Lo que está en juego

En la campaña electoral de 1984 un grupo de consultores extranjeros realizaron una serie de Focus Groups para recoger información sobre ...

En la campaña electoral de 1984 un grupo de consultores extranjeros realizaron una serie de Focus Groups para recoger información sobre el pensamiento político de los panameños. Las encuestas demostraron que consideraban a todos los políticos como corruptos. Y que solo aspiraban a que robasen menos y trabajaran más a favor del pueblo. Parece que eso no ha cambiado mucho hasta nuestros días.

Cuando las obras se hacen sin pensar en el pueblo, los que gobiernan olvidan que la ciudadanía realmente a lo que aspira es a mejores condiciones de vida en democracia. Hay una serie de factores concatenados, como la legitimidad gubernamental que otorgan la integridad, la honradez, la dignidad y la justicia, que en conjunto contribuyen a forjar la sensación de bienestar y progreso en los ciudadanos.

Hay gobernantes que piensan que la realización de grandes obras de infraestructuras y macroproyectos es una garantía de reelección o permanencia en el poder. Tal vez antes eso fue así en algunos países. No obstante, esa no ha sido la tónica en Panamá.

Todos los gobiernos invierten grandes recursos en obras de mucho concreto. Y hay que reconocerlo y felicitarlos por ello. No obstante, cuando la construcción de este tipo de obras se hace de manera no planificada, el impacto directo incide de manera negativa en la calidad de vida de la población. Sería un error creer que ‘las molestias pasan, las obras quedan’ frenará la ola de malestar en los que vivieron los inconvenientes de las construcciones. Experiencias previas lo confirman.

En Panamá existen grandes desigualdades sociales y económicas. A pesar del boom de la construcción de grandes estructuras en la ciudad capital, ellas están rodeadas por cinturones de pobreza y problemas sociales que se evidencian a simple vista. Igual sucede en el interior del país, donde la población siente que los beneficios del progreso no les llegan de manera directa. Los que menos tienen se preguntan cómo es posible que en el segundo país más rico de Latinoamérica la distribución de la riqueza no se vea reflejada de manera equitativa en las áreas rurales.

Cuando se dejan de lado las propuestas integrales para solucionar esos problemas más sentidos por los panameños, hablar de millonarias construcciones tiene muy poco sentido para esa población necesitada. Esos problemas fundamentales incluyen, por ejemplo, el precio de la canasta básica; la inseguridad ciudadana; la falta de agua potable, transporte deficiente y la basura sin recoger, que siguen sin resolverse en muchas regiones del país y que en otras se han agravado.

La gente habla de sobrecostos y corrupción. Algunos dicen que todos los gobiernos son corruptos y roban. Generalizar de esa manera sería injusto para todos. Habría que discernir si la población realmente acepta la idea de que roben, pero que construyan grandes obras y ‘se bañen con regadera’. Esa es la interrogante, cuando se habla de lo que es correcto y lo que no lo es. Porque el verdadero cambio político en el país es que los gobernantes inviertan en el desarrollo social, y que los beneficios lleguen a la mayor cantidad de panameños, sin sobrecostos ni coimas en las contrataciones públicas.

También hay quienes dicen que los subsidios estatales son buenos, pues mitigan algunas necesidades básicas de la población beneficiada. No obstante, muchas veces están orientados hacia el paternalismo gubernamental excesivo y poco productivo. No se me malinterprete: estos programas merecen nuestro respaldo, son loables y dignos de felicitar. Pero con ellos se fomenta una dependencia poco sana y al final son insostenibles.

Los votantes deberían favorecer a los presidenciables con propuestas de progreso con metas alcanzables y que asienten las bases de políticas de Estado que garanticen y fortalezcan la institucionalidad del Estado y de las organizaciones sociales. Es bueno concebir y construir obras de infraestructura física. Todos los gobiernos hacen algunas. No obstante, su realización no asegura la vivencia de una democracia participativa plena y calidad de vida a la población, objetivo fundamental del desarrollo humano.

En el 2014 los panameños recordarán todos los inconvenientes sufridos: los tranques y el caos de tránsito en la ciudad; el alto costo de la canasta básica alimenticia; la inseguridad ciudadana; la insuficiente agua potable; las amanecidas y las demoras del servicio del transporte y el costo del combustible, amén de las denuncias de sobrecostos.

Se hace necesaria la búsqueda de alternativas y soluciones a los problemas. Se requiere el surgimiento de nuevos pactos y alianzas políticas y sociales, basadas en el consenso democrático, la erradicación de pobreza, el crecimiento como ciudadanos adaptándose a su ambiente natural, y la lucha por la diversidad en todas sus dimensiones.

El desarrollo sustentable involucra programas que les asegure su propia necesidad de consumo, la conciencia del impacto de las demandas en la sociedad y el ambiente, la relación de la gente que planifica la producción y la que determina los niveles de consumo. Incluye la participación social directa en las estructuras de poder y participación activa en diseños del sistema de producción y crecimiento.

El próximo mandatario del país tendrá un gran desafío en sus manos: prolongar el desarrollo alcanzado en el país pero, a su vez, adquirir el beneficio justo que permita a los ciudadanos el logro de sus aspiraciones con más justicia social.

Las elecciones son la oportunidad de elegir a quienes deben gobernar con sabiduría, tolerancia y equidad a la nación panameña. Así sea.

ABOGADO.